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sábado, 21 de diciembre de 2013

La hostia


La electricidad lleva camino de convertirse en caviar. Cada vatio, una hueva, no sabemos si de beluga o de sevruga, tendríamos que preguntarle a Miguel Blesa. Un producto prohibitivo, en fin, para la mayoría. Nuestros representantes políticos, si queda alguno que merezca ese nombre, deberían explicarnos cómo hemos llegado a esta situación en la que un servicio esencial ha devenido en artículo de lujo. Sería interesante que alguien escribiera una historia de la luz, donde se nos contara cómo se privatizó este sector estratégico, en manos de quién se encuentra ahora, y cómo calmar su voracidad. No entendemos la trampa verbal del llamado “déficit tarifario” cuando Endesa, por ejemplo, obtuvo 2.212 millones de euros de beneficios netos en 2011. Ya me gustaría vivir con un déficit económico de esa naturaleza.
 
Las eléctricas son empresas reguladas, de modo que una parte de las subidas las decide el mercado y otra parte el Gobierno. El problema es que, en esto de las subidas, el ministro de Industria no solo obedece ciegamente al mercado, sino que ha decidido obedecerse a sí mismo tras una breve etapa de rebeldía en la que no acababa de ponerse de acuerdo con su conciencia. Ignoramos qué parte de él ganó a qué otra, lo cierto es que después de jurar que no lo haría, lo ha hecho. El resultado es que nos van a dar por los dos lados. Si hubiera tres, nos darían por los tres. Seguro que hay alguien trabajando en ello.
 
La oposición en bloque, en un acto de caridad, que no de justicia, ha propuesto en el Parlamento que no se cortara la luz, durante los días de frío, a las familias pobres. El PP, tras calificar la iniciativa de demagógica, ha votado que no. Quiere decirse que este invierno morirán helados bebés demagógicos y ancianos demagógicos y enfermos en general demagógicos. Todo esto empieza a ser la hostia.
Juan José Millás para El País

viernes, 20 de diciembre de 2013

Algunas reflexiones sobre las raíces del nacionalismo

Mucho se habla estos días en Europa sobre los procesos independentistas y los nacionalismos. En la prensa, debates y noticieros, se analizan las implicaciones políticas, legales y económicas de los potenciales nuevos estados; se elaboran preguntas para referéndums (reales e hipotéticos) y se llevan a cabo encuestas entre los ciudadanos. Los políticos de uno y otro bando se enfrentan y desgañitan. Algunos, incluso, se ven a sí mismos como héroes populares que pasarán a los anales de la eternidad de la mano de William Wallace.
 
Sin embargo, son escasos los análisis y estudios de calidad que nos brindan elementos de juicio sobre las raíces de este fenómeno que despierta pasiones en una sociedad cínica que, como la europea, parecía tan desligada del debate político. Desde el bando separatista la mayoría esgrime una serie de argumentos que justificarían la independencia, a saber: “nos vienen sojuzgando desde hace centurias”, “queremos administrar nuestros recursos” y “somos diferentes”.
 
Sobre el primer argumento se pueden verter ríos de tinta y creo que jamás se alcanzará un consenso. La historia es tan selectiva como la memoria humana: sólo se relatan —se recuerdan— determinados hechos en función de la interpretación del narrador —del individuo— y, casi siempre, con un objetivo predeterminado. Estos hechos nos llegan en la mayoría de los casos a través del prisma de los vencedores, y cuando lo hacen a través del de los vencidos, es probable que tampoco sean fieles del todo con lo que realmente aconteció. La versión de los ingleses difiere de la de los escoceses, de la misma manera que la versión de un amigo que ha tenido una trifulca con otro difiere radicalmente de la versión de este último. En cualquier caso, aunque la narración histórica de los hechos sea fidedigna, éstos no nos explican las verdaderas, secretas y oscuras causas que los motivaron. Dicho de otra forma, es mucho más sencillo saber que se libró una batalla y conocer sus detalles —número de soldados, tipo de armamento, número de bajas y de heridos, ciudades conquistadas…— que los verdaderos motivos y entresijos que la desencadenaron. Me temo que estos últimos descansarán para siempre en las arcas del misterio. Pero es que en el fondo último del asunto me cuesta comprender —y por tanto aceptar— que “por motivos históricos” se argumente y justifique la independencia y creación de un nuevo estado, sobre todo en el marco legal y político que nos brinda la actual Unión Europea. Porque no puede ser lo mismo esgrimir el argumento de la opresión histórica en la Europa actual, en la que más o menos todos han conquistado a todos en los últimos siglos, que en el caso de los Territorios Palestinos Ocupados, Tíbet o el Kurdistán. Y porque llevado a sus extremos, este argumento —basado en acontecimientos del pasado— nos conduciría a absurdos tales como pedir cuentas (indemnizaciones) al actual gobierno mongol por las tropelías cometidas en Europa por el Genghis Khan y sus hombres–caballo en el siglo XIII. Y viceversa.
 
Sobre el segundo argumento se puede igualmente discutir largo y tendido. Es significativo que los procesos separatistas se intensifiquen en épocas de crisis económica. Cuando esta última es boyante pocos son los que se atreven a blandir la espada del secesionismo. Cuesta creer que en el actual marco legal europeo no se puedan debatir y alcanzar consensos de cara a la gestión de los recursos (y de los impuestos) antes que llegar al extremo traumático de una secesión territorial. Quizá sería más honesto decir “queremos cambiar de manos determinados contratos multimillonarios”.
 
Pero es en el tercer argumento donde radica el aspecto más peligroso del asunto. Al margen de que el hecho diferenciador no se sostiene demasiado desde el punto de vista cultural, científico y étnico —que alguien me demuestre lo contrario si me equivoco—, no es un argumento intrínsecamente válido. Porque de la misma manera que se pueden esgrimir “elementos diferenciadores” (erróneamente considerados como “separadores”), se pueden identificar fácilmente los comunes. Un buen padre de familia camboyano quiere para sus hijos esencialmente lo mismo que uno belga, español o guatemalteco. El fondo del asunto no radica en la diferenciación–separación ambiciosa y mezquina, sino en la utilización conjunta, solidaria y sostenible de nuestros recursos planetarios. Lamentablemente es en este argumento, de tan fácil manipulación en épocas de crisis, donde se asientan —una vez más— los procesos nacionalistas más rancios, irracionales y de oscuras motivaciones. Desde la infancia nos bombardean con mensajes del tipo “primero tú, tu familia, tu tribu, tu región, tu país”. Esta mentalidad se basa en el desconocimiento de la realidad del otro, que pasa a convertirse en el demonio depositario de todos nuestros males, cuando, en realidad, a ese otro lo han bombardeado con el mismo mensaje pero en sentido inverso. El desconocimiento del vecino genera miedo, el miedo nos vuelve inseguros, la inseguridad es la madre de la agresividad defensiva, y de ahí a la confrontación directa nos separa un paso muy corto. Somos diferentes, ergo somos mejores. El caldo de cultivo para el nacionalismo ignorante, que tanto daño ha hecho a través de los siglos, está servido en bandeja.
 
Es una enorme pena que se pierdan tantos recursos en torno a este asunto —tiempo, dinero, capacidad creativa…—, de la misma manera que gastamos al año diez veces más en armamento que en programas de lucha contra la pobreza.
 
El sentimiento nacionalista basado en la diferenciación y la singularidad —y no en la auténtica libertad frente a una verdadera situación de opresión o esclavitud— es contrario a la condición humana. Cualquier proceso que implique una resta, una disminución en esa condición, implica un retroceso en nuestra evolución. El hombre será único, universal, humano, o seguirá humillándose eternamente.
 
© www.fernandocerutti.com

jueves, 19 de diciembre de 2013

Un nuevo parche contra los olores


Inventaron un parche que oculta el olor de las flatulencias, el Flatulence Deodorizer. Consiste en un parche que se pone bajo la ropa interior y absorbe el mal olor de las flatulencias transformándolo
Puede que te encante cenar alubias, pero que no te atrevas a hacerlo nunca porque temes que al día siguiente, en el trabajo, todos se enteren de una forma poco discreta: a través de un escape de gas en tu cuerpo. Si te sientes identificado con esto no te preocupes, porque tenemos una solución… ¡¡han inventado un parche que oculta el olor de las flatulencias (de los pedos, vaya)!!
[Voz de teletienda on] ¿Estás harto de sentirte nervioso en las reuniones de empresa por temor a que una flatulencia en el momento menos adecuado arruine tu negocio? ¿Te gustaría poder desprenderte de ese gas incómodo que inunda tu cuerpo pero temes que tu pareja no lo sepa entender? ¡Eso es porque no conoces Flatulence Deodorizer! Sí amigos, con Flatulence Deodorizer podrás soltarte todo lo que necesites independientemente de quién esté delante, sin temor a ser identificado. [Voz de teletienda off]
El invento consiste en un parche que se pone bajo la ropa interior y absorbe el mal olor de las flatulencias transformándolo (no sé hasta qué punto) en frescor. Supongo que la transformación no será muy acusada, porque imaginad que de repente empezara a oler a ambientador en la sala. Terminaríamos con el mismo resultado: “¿Huele a ambientador de repente, no?”, “Sí, es Pedro, que se ha tirado un cuesco, pero lleva el Flatulence Deodorizer” (que en España se conocería como absorbepedos, porque somos muy de ponerle nombres sencillos a las cosas.
Afortunadamente para nosotros, el precio es más que asequible. Por poco más de 11 euros tenéis un Flatulence Deodorizer reutilizable aunque, si no veis claro lo de poneros el mismo cacharro una y otra vez, os aconsejo que compréis diez Flat-D de usar y tirar, que cuestan unos 25 euros y se queda uno más tranquilo.
Supongo que se sobreentiende, pero por si acaso aclaro que el Flatulence Deodorizer oculta el olor, no el ruido. Si alguien esperaba que transformara sus flatulencias en un perfumado Call me maybe se llevará una decepción, de modo que, por si acaso, aseguraos de que vuestro crimen es silencioso.
En cuanto inventen el silenciador, voy a regalar el Kit completo a unos cuantos... 

miércoles, 18 de diciembre de 2013

El grito de Munch

 
En el macizo conocido actualmente como Cerro Ángulo, ubicado a la margen izquierda del río Utcubamba, en Amazonas, hace 130 años se empezó a escribir, o mejor dicho a pintar, una fascinante historia que tuvo como protagonistas a una momia y a un artista plástico por entonces desconocido. El día en el que ambos se conocieron nació “El grito”, una de las obras más importantes del arte moderno.
Los primeros episodios se remontan al año 1877, cuando el horticultor francés Pierre Vidal-Senèze descubrió un sitio arqueológico a unos 8 kilómetros de la capital de Amazonas y a unos 280 metros de altura, tomando como referencia el cauce del río.
Luego de cruzar un puente sobre el río Utcubamba, el horticultor llegó a un lugar donde descubrió una serie de sarcófagos antropomorfos de la etnia de los chillaos, una de las tribus de la cultura Chachapoyas. Los contextos eran peculiares porque tenían cabezas-trofeo estilizadas.
Encandilado por su rareza, decidió destruir cuatro sarcófagos para analizar su contenido. En ellas encontró igual número de momias en perfecto estado de conservación.
Con el tesoro en sus manos, Pierre Vidal-Senèze regresó a su país con un fardo que vendió al Ministerio de Educación Pública de Francia. Luego, en 1878, la momia se exhibió en el Museo Etnográfico de Trocadero, en París.
En el año 1967, el historiador de arte Wayne V. Andersen lanzó la hipótesis de que varias de las figuras plasmadas en las obras del famoso pintor Paul Gauguin –quien durante su infancia vivió en el Cercado de Lima– se inspiraron en una momia peruana.
En una búsqueda bibliográfica, el investigador alemán Stefan Ziemendorff encontró que en 1973 se logró confirmar la teoría de Andersen: en el Museo del Louvre se encontró un cuaderno de Gauguin con bosquejos de la momia. Así se corroboró que se trata del mismo fardo que Vidal-Senèze se llevó en 1877.
Una década después, el historiador de arte Robert Rosenblum estableció que la famosa pintura “El grito”, del noruego Edvard Munch, también se inspiró en la momia chachapoya.
Entre las fuentes que se consignan para esta conexión está el diario del propio Munch. En este detalla un paseo con dos amigos en el que tuvo una visión que lo dejó temblando y que le hizo sentir que un grito infinito atravesaba la naturaleza.
El artista trató de plasmar esa sensación en dos lienzos, pero no alcanzaba a sentir lo mismo que aquella tarde con sus amigos. Por eso eligió tomar como modelo una momia peruana que había visto en la exposición universal de París y pintó su primera versión de “El grito”, de la que hizo hasta cuatro versiones diferentes.
Una de las versiones fue adquirida en el 2012 por US$120’000.000, por el neoyorkino Leon Black. El ejemplar más famoso se exhibe en la Galería Nacional de Oslo, en Noruega.
¿QUIÉN ERA LA MOMIA?
En un documento dejado por el propio Vidal-Senèze, se describe que las momias que extrajo del cerro Piedra Grande tenían cabezas antropomorfas. Además, encima de estas, había trofeos con las mismas características.
De acuerdo a estudios recientes del arqueólogo alemán Klaus Koschmieder, las pequeñas cabezas encima de la testa representan cabezas-trofeo y, en conclusión, son tumbas de guerreros que tenían trepanaciones en el cráneo.
Ziemendorff confirmó que el Cerro Ángulo es el mismo sitio Piedra Grande del Utcubamba y el lugar de donde salió la momia, gracias a unas fotos que dejó Louis Langlois, quien visitó el sitio en 1933.
En la ladera de la montaña, se pudo identificar el sitio preciso de donde salió la momia, gracias a la descripción del recorrido de Vidal-Senèze y gracias a una pintura rupestre de un hacha de guerra, que señala la tumba del guerrero.

Leído en: http://elcomercio.pe/actualidad/1669747/noticia-momia-peruana-inspiro-grito-munch_1

 

martes, 17 de diciembre de 2013

Mario Benedetti: Táctica y estrategia


Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos

mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible

mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos

mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos

no haya telón
ni abismos mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple
 
mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.

Mario Benedetti

lunes, 16 de diciembre de 2013

Las palabras que peor pronunciamos

"Que no, abuela, que se dice cro-que-ta. Cro-que-ta. Cocreta no existe. Se lo repito despacio: cro-que-ta". ¿Quién no se ha visto en una igual? Mucho se ha dicho acerca de si la RAE iba a incluir o no dicha desviación lingüística –por el momento, no figura en el diccionario–, y el debate no es tontería, pues son muchas las palabras que pronunciamos mal. Si ese uso incorrecto se extendiera lo suficiente pasaría, sin duda, a ser correcto, como ha ocurrido numerosas veces a lo largo de la historia de la lengua.
 
Se dice con frecuencia que los españoles pronunciamos muy mal en inglés, y el comentario resulta irónico ya que lo que realmente pronunciamos mal es el español. Sea por razones fonéticas, fonológicas o de dialectología, varios vocablos se desvían del uso pertinente y se pronuncian con otras variantes que, si bien normalmente son reflejo de un estrato cultural más bajo, podrían llegar a implantarse como normativas de la lengua si su uso se fijase realmente.
 
Las palabras que peor pronunciamos
 
¿Cuáles son, pues, las palabras peor dichas en castellano? Según una encuesta que realizó la empresa SpinVox, son las siguientes:
 
1. Veniste
 
Los tiempos verbales son los que más padecen la mala pronunciación. La conjugación verbal española es compleja y presenta múltiples irregularidades, por lo que a menudo son objeto de confusión cuando el nivel cultural es bajo. Veniste en lugar de *viniste es uno de los errores más frecuentes en castellano aunque, dentro de los verbos, tampoco se quedan cortos *conducí en lugar de conduje y *andé en vez de anduve.
 
2. Transtorno
 
Es sencillo observar de dónde procede este error: se dice transporte, transatlántico, transformación. Sin embargo, se dice trastorno, sin n. La adición de la nasal en esta palabra es frecuentísima por analogía con todas aquellas que en castellano sí la presentan –que son muchas–.
 
3. Perjuicios
 
La palabra perjuicios, efectivamente, existe en español, el problema es que mucha gente la utiliza cuando quiere referirse a los prejuicios. No debemos confundirlas, pues son bien distintas: los perjuicios son los daños ocasionados, y los prejuicios, la opinión acelerada y sin fundamento que tenemos de algo o alguien.
 
4. Idiosincracia
 
En muchas zonas hispanohablantes, como en todo el sur de la Península Ibérica, se confunde el sonido de la ese con el de la zeta. Sin duda, éste debe ser el origen de la mala pronunciación de idiosincrasia, palabra ya de por sí enrevesada, y que además presenta la confusión entre esos dos sonidos.
 
5. Zarpullido
 
Lo mismo sucede con la mala pronunciación de sarpullido, a la que debemos añadir, quizá, una asociación semántica: es con la zarpa con la que nos rascamos cuando nos sale un sarpullido, de manera que la asociación de ambas, unida a la confusión fónica, da lugar a este frecuente error.
 
6. Inaptitud
 
La falta de aptitud o capacidad se llama en castellano ineptitud, y la *inaptitud, sin embargo, no existe.
 
7. Madrí
 
La última d de la capital española brilla por su ausencia, en una típica relajación de la pronunciación de las consonantes finales que no tienen apoyo en otra vocal: no seamos vagos, y pronunciemos Madrid, con todas sus letras.
 
8. Esparatrapo
 
De nuevo, se unen aquí razones fónicas y semánticas. Por un lado, la t y la d sólo se distinguen en un rasgo: una es sorda y la otra sonora. Por el otro, es obvia la relación con el trapo, pues ambos, el esparadrapo y el trapo, sirven para limpiar. De ahí la divertida confusión entre uno y otro.
 
9. Helicótero
 
Sucede aquí lo mismo que con *Madrí, y es que hay consonantes que carecen de apoyo en otra vocal y requieren un mayor esfuerzo en la pronunciación. Por eso nos comemos la p de helicóptero.
 
10. Tortículis
 
El famoso dolor de cuello se llama tortícolis, que no *tortículis. Tal vez porque la molestia se origina en esa parte del cuerpo, tendemos a pasar la sílaba –cu– de cuello al dolor que se expande por dicha zona. Pero un término tan técnico no deja lugar a dudas.