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Previsión del tiempo

domingo, 16 de junio de 2013

¿Nunca se debe dar un paso atrás?

Cuando se publiquen estas líneas no sé si Rita Barberá habrá sido finalmente imputada. La posibilidad existe. Porque el juez que instruye el caso Nóos ha solicitado a las Cortes Valencianas que certifiquen la condición de diputada de la alcaldesa de Valencia. No es que el juez -ni nadie- lo dude, pero el mundo funciona así: siempre debe haber un papel donde conste lo que todos sospechan. En cualquier caso, si la imputación se produjera Barberá no sería la única sospechosa. Su grupo parlamentario ya se encontraría, con los alcaldes de las tres provincias, en esta misma situación tan poco honorable.
 
Me parece que lo entiendo muy bien: si la alcaldesa de Valencia se hace inculpar es por un admirable sentimiento de solidaridad con sus colegas de cargo. Siempre ha sido una mujer con mucho empuje, y aunque se haya encontrado con esta fea situación de inculpada ha demostrado su valor: ha anunciado que se volverá a presentar como candidata a la alcaldía de Valencia. Es aquello tan desafiante de «¿no quieres caldo? Pues tres tazas».
 
No sé si, políticamente, Barberá se equivoca. Posiblemente tiene indicios que le permiten creer que esto de la imputación no irá adelante, y en el supuesto caso que sí vaya ella no abandonará la primera fila. Creo que una de las aptitudes más valiosas -no solo en el ámbito político- es saber retirarse. Y la alcaldesa valenciana ha tenido el desplante de proclamar en público: «Nunca he dado un paso atrás». Ante esta contundente declaración he sentido una especie de compasión, porque estoy convencido de que hay un arte político, social y ético de retirarse. Saber retirarse es una demostración de inteligencia. Retirarse no es perder, y a menudo es una prueba de lucidez. Es admitir que quizá ha pasado nuestro tiempo. Que aunque haya sido brillante quizá ya no lo es. Cuando persistir puede ser una terquedad, retirarse supone, a menudo, un gesto de colaboración positiva con la llegada inevitable del futuro.
 
Josep Maria Espinàs
Periodista y escritor

sábado, 15 de junio de 2013

Sin despensa

Tiene razón Emma cuando dice que el hambre de hoy no se adornará con un relato heroico. Al cabo de los años, quien sufrió el hambre como consecuencia de la guerra, poco o mucho, es capaz de redondear esa penuria cierta con una sintaxis que la experiencia ha convertido en histórica. Es decir, con perspectiva. La guerra termina y también la posguerra y vienen tiempos difíciles, de mucha pobreza y mucha miseria y mucho desconsuelo moral. Pero las generaciones avanzan y también los días y llega la paz y, al menos, un cierto bienestar. Desde esta atalaya (que solo es una posibilidad bajo las bombas, pero que con los años se vuelve real) se puede contemplar el pasado como aquel lugar donde sufrimos y donde sabíamos, al menos, que habría una salida.
 
Ahora, no. Ahora es una guerra mortecina en la que no se conjura un delirio colectivo, un afán de victoria o de resistencia, la homérica fijación ante el infortunio. Ahora vivimos una época de enormes hambrunas pequeñas, casi imperceptibles, de niños que no comerían si no fuera por la escuela, de niños que engordan (lacerante contradicción) porque comer bien es demasiado caro o demasiado elitista. Y, como ocurre en las guerras que generan poesías, ahora sí, igualmente, aquí hay heroicidades diarias, maestros y educadores que vigilan, que sufren, que actúan; que luchan contra las tardes lánguidas de un verano sin nevera, sin despensa. Para que los cuentos del hambre tengan, aunque sea temporal, un tibio final feliz.
 
J.M. Fonalleras
Escritor

viernes, 14 de junio de 2013

Cuentos de hambre

Muchos crecimos oyendo historias de miseria y estraperlo. De los días de pan negro, racionamiento, comedores sociales y almacenes asaltados por madres de hijos famélicos. Hoy, en nuestras calles europeas, cada día hay más niños que se acuestan con punzadas de hambre en el estómago. Este verano, tan pronto cierren las puertas de los colegios, los casals y esplais de Catalunya abrirán las suyas para ofrecer, además de juegos y risas, dos platos y un postre. Comidas envueltas en ilusión para combatir el hambre y su dramatismo. ¿Cómo recordarán esos niños los días en que la nevera se burlaba de ellos? ¿Lo vivirán como un episodio pasajero, sin consecuencias, o el recuerdo de esas tripas enfadadas les marcará para siempre el ánimo? Quizá han visto a sus padres comprar en los supermercados con vales de las oenegés o recoger la comida de un banco de alimentos o incluso revolver en los contenedores en busca de algo que después aparecerá en la mesa del comedor. ¿Cómo se mira al mundo cuando esas imágenes de impotencia, vergüenza y miseria han impregnado tus retinas?
Cuando estos niños cuenten a sus nietos los días de hambre, no adornarán su relato con el aullido de la sirena anunciando un bombardeo, ni hablarán de edificios derruidos ni de tropas desfilando por las calles ni del honor de la batalla. Sin el sinsentido de una guerra, aún será más difícil responder a la pregunta de cómo hemos llegado hasta aquí.
Emma Riverola
Escritora

jueves, 13 de junio de 2013

Dalai Lama

Un periodista le hizo una entrevista al Dalai Lama, al entrar en la habitación le preguntó: ¿Qué es lo que más le sorprende de la humanidad?
A lo que él respondió:
Que se aburren de ser niños y quieren crecer rápido, para después desear ser niños otra vez. Que desperdician la salud para hacer dinero y luego pierden el dinero para recuperar la salud. Que ansían el futuro y olvidan el presente y así no viven ni el presente ni el futuro. Que viven como si nunca fuesen a morir y mueren como si nunca hubieran vivido...
Quedé en silencio un rato y le dije: Pero, ¿cuáles son las lecciones de vida que debemos aprender?
Y con una sonrisa respondió:
Que no pueden hacer que nadie los ame, sino dejarse amar, que lo más valioso en la vida no es lo que tenemos, sino a quien tenemos, que una persona rica no es quien tiene más, sino quien necesita menos y que el dinero puede comprar todo menos la felicidad. Que el físico atrae pero la personalidad enamora. Que quien NO VALORA lo que tiene, algún día se lamentará por haberlo perdido, y que quien hace mal algún día recibirá su merecido. Si quieres ser feliz, haz feliz a alguien. Si quieres recibir, da un poco de ti, rodéate de buenas personas y sé una de ellas. Recuerda, ¡a veces a quien menos esperas es quien te hará vivir buenas experiencias! Nunca arruines tu presente por un pasado que no tiene futuro. Una persona fuerte sabe cómo mantener en orden su vida, aún con lágrimas en los ojos, se las arregla para decir con una sonrisa: "Estoy bien".

miércoles, 12 de junio de 2013

Mejor dar que recibir


David recibió un lujoso automóvil como regalo, de su hermano. Para estrenarlo salió de su oficina y se encontró con un niño que admiraba su coche nuevo.
 
- Señor, ¿Éste es su coche? preguntó el niño.
- Sí, es mío, mi hermano me lo regaló.
- ¿Quiere decir que su hermano se lo regaló y a usted no le costó nada? El niño se quedo soñando y pensando... y empezó a decir ¡Como me gustaría...!

David creía saber lo que el niño iba a decir, que le gustaría tener un hermano así, pero lo que el niño realmente dijo, estremeció a David…

- ¡Cómo me gustaría poder ser un hermano así!.

David miró al niño con asombro, y añadió:

- ¿Te gustaría dar una vuelta? ¡¡¡Ah sí, eso me encantaría!!!

Después de un corto paseo, el niño le miró con sus ojos chispeantes y le dijo:

- Señor... ¿No le importaría que pasáramos frente a mi casa?

David sonrió. Creía saber lo que el muchacho quería, enseñar a sus vecinos que podía llegar a su casa en un gran automóvil, pero de nuevo, David se equivocó.

- ¿Se puede detener donde están esos dos escalones?

Subió corriendo y al rato regresó, pero no venía solo, traía consigo a su hermanito lisiado.
Lo sentó en el primer escalón, mirando hacia el coche.

- ¿Lo ves Juan? allí está, tal como te lo dije, su hermano se lo regaló, a él no le costó ni un centavo. Algún día yo te voy a comprar uno igualito, entonces podrás ver por ti mismo todas las cosas bonitas que te he contado.

David, bajó del coche y subió a Juan en el asiento delantero. El hermano mayor, con sus ojos radiantes, se subió tras de él y los tres comenzaron un paseo memorable.


 

martes, 11 de junio de 2013

Ricos y pobres

Un estudiante universitario salió un día a dar un paseo con un profesor, a quien los alumnos consideraban su amigo debido a su bondad para quienes seguían sus instrucciones. Mientras caminaban, vieron en el camino un par de zapatos viejos y supusieron que pertenecían a un anciano que trabajaba en el campo de al lado y que estaba por terminar sus labores diarias. El alumno dijo al profesor: "Hagámosle una broma; escondamos los zapatos y ocultémonos detrás de esos arbustos para ver su cara cuando no los encuentre".
Mi querido amigo, le dijo el profesor, nunca tenemos que divertirnos a expensas de los pobres. Tú eres rico y puedes darle una alegría a este hombre. Coloca una moneda en cada zapato y luego nos ocultaremos para ver cómo reacciona cuando las encuentre. Eso hizo y ambos se ocultaron entre los arbustos cercanos. El hombre pobre, terminó sus tareas, y cruzó el terreno en busca de sus zapatos y su abrigo. Al ponerse el abrigo deslizó el pie en el zapato, pero al sentir algo adentro, se agachó para ver qué era y encontró la moneda. Pasmado, se preguntó qué podía haber pasado. Miró la moneda, le dio vuelta y la volvió a mirar. Luego miró a su alrededor, para todos lados, pero no se veía a nadie. La guardó en el bolsillo y se puso el otro zapato; su sorpresa fue doble al encontrar la otra moneda. Sus sentimientos lo sobrecogieron; cayó de rodillas y levantó la vista al cielo pronunciando un ferviente agradecimiento en voz alta, hablando de su esposa enferma y sin ayuda y de sus hijos que no tenían pan y que debido a una mano desconocida no morirían de hambre. El estudiante quedó profundamente afectado y se le llenaron los ojos de lágrimas. Ahora, dijo el profesor ¿no estás más complacido que si le hubieras hecho una broma?