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jueves, 11 de julio de 2013

El supervolcán de Yellowstone que puede cambiar el clima de la tierra

Si el oso Yogui y su inseparable amigo Bubú existieran en la realidad, seguro que adorarían los bellos paisajes del parque nacional de Yellowstone, en Estados Unidos. Allí, además de comer la comida de los turistas, podrían disfrutar de los inmensos bosques y, sobre todo, de los cientos de calderas de agua caliente formadas por los innumerables géiseres que hay. Quizá si supieran cuál es la razón de que se pudieran bañar en estas saunas naturales cogerían un avión y se irían lo más lejos posible.
 
El motivo de que aproximadamente la mitad de géiseres del mundo se encuentren allí es el supervolcán que hay bajo la superficie. Aunque el término está muy extendido, no hay una definición concreta del mismo, si bien es cierto que se considera supervolcán a todo aquel volcán cuya erupción pueda ser extremadamente violenta y voluminosa y, por ende, afectar de manera notable a una gran zona de la Tierra o al planeta entero.
 
A día de hoy no se tiene constancia de cómo se puede producir una explosión tan grande, pero sí se sabe que este tipo de erupciones se han dado a lo largo de la historia y, por tanto, se han podido formular hipótesis más que probables sobre el proceso de las mismas.
 
En un primer momento, se forma lo que se denomina una pluma caliente. Es decir, que grandes cantidades de material proveniente del centro de la Tierra ascienden hasta fundir la roca que se haya justo por debajo de la corteza terrestre, formando una gran cámara en la que hay magma, roca y gases a presión. Esta cámara va aumentando su capacidad poco a poco, lo que hace que la superficie terrestre empiece a abovedarse y se formen grietas por las cuales puedan escapar los gases, que explosionan. Cuando esta cámara se vacía, la tierra que hay encima se derrumba expulsando a la atmósfera gran cantidad de rocas, cenizas y gases y formando una caldera gigante.
La última gran erupción en Yellowstone se produjo hace unos 640.000 años, cuando expulsó flujos piroplásticos a treinta kilómetros de altura que llegaron hasta el Golfo de México y que estaban tan calientes que fundieron el paisaje. Eso sí, la explosión más violenta de la que se tiene constancia de este supervolcán sucedió hace 2,1 millones de años. Entonces, la caldera resultante tras el hundimiento de la superficie era del tamaño de la isla de Mallorca.
 
El diámetro actual de la caldera podría ser de 72 kilómetros. La cámara de magma y gases se calcula que comienza a unos diez kilómetros bajo el suelo terrestre y tiene unos 50 kilómetros de ancho. La pluma asciende desde el centro de la tierra con unos sesenta grados de inclinación hacia el noroeste y se estima que su base podría estar a unos 650 kilómetros de la superficie.
 
Por ese canal subterráneo es por el que se bombea el magma y el calor hacia la cámara. Los pequeños terremotos permiten que la presión baje y, por tanto, la superficie terrestre vuelva a aplanarse. Sin embargo, desde 2004 algunos tramos de la caldera aumentan a un ritmo de ocho centímetros por año, algo por lo que muchos científicos consideran de bastante inestable este volcán.
 
Este tipo de explosiones son impredecibles y, aunque desde la segunda mitad del siglo pasado se lleva estudiando este supervolcán, lo cierto es que podría entrar en erupción en cualquier momento. En ese caso, podría arrasar el parque nacional bajo el que se encuentra y enviar a la atmósfera tal cantidad de material que diera lugar a lo que se conoce como un invierno volcánico, es decir, que se formara una espesa capa de cenizas y rocas que no dejaran pasar los rayos del sol provocando una bajada de las temperaturas.
 
Algunas teorías científicas señalan que el hombre sufrió uno de estos inviernos volcánicos hace unos 74.000 años por culpa de un volcán indonesio llamado Toba y que pudo haber reducido considerablemente el número de seres humanos.
 
Si a día de hoy se produjese una explosión de características similares las consecuencias serían impredecibles, aunque el supuesto caso del invierno volcánico afectaría a toda la vegetación del planeta y, por consiguiente, a todos los animales -tanto hervíboros como carnívoros- además de al propio hombre.
 
Leído en lainformacion.com

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