Seguidores del Blog:

Previsión del tiempo

lunes, 27 de mayo de 2013

Aznar, el tóxico; ¿vuelve o devuelve?

Sea cual sea el lugar que los historiadores reserven a José María Aznar como gobernante no cabe duda alguna de su histriónico desempeño como expresidente. Ya como jefe de la oposición, y desde luego en el ejercicio del poder, Aznar fue el político que más dividió y enfrentó a los españoles. Lo siguió haciendo tras abandonar La Moncloa, escupiendo frases y adoptando modales que si no fueran patéticos resultarían ridículos. Su extemporánea aparición en un canal de televisión el martes pasado para criticar al actual Ejecutivo, cuestionar la capacidad política del presidente Rajoy y situarse a sí mismo como epítome de un inveterado caudillismo que este país no necesita, fue todo un desafío al sentido común. La teatral declaración que sugiere su eventual regreso a la política activa —“cumpliré con mi responsabilidad, mi conciencia, mi partido y mi país”— hubiera merecido rubricarse con alguna apelación a Dios y a la historia, en la estela del integrismo ideológico que le caracteriza. Aunque ya dijo Montaigne que, por muy alto que sea el trono, nadie puede sentarse más alto que su culo.
 
Aznar fue capaz de dejar el poder cuando la economía crecía, se creaba empleo y se cumplían los criterios para integrarse en la moneda única europea. Pero una parte considerable de aquel auge se debió a una burbuja inmobiliaria cuyo estallido seguimos pagando desde hace cinco años en desempleo y destrucción de riqueza. Aquella euforia no fue consecuencia de una política que transformara el modelo productivo de nuestro país, sino el objetivo de un Gobierno decidido a recoger a corto plazo los beneficios políticos de la falsa sensación de riqueza que la burbuja que él mismo hinchaba produjo.
 
En política exterior su viraje atlantista sin matices, debilitando nuestras sólidas alianzas con Europa y América Latina, le permitió poner los pies sobre la mesa de George W. Bush, que le llamaba cariñosamente Ansar. A cambio, eso sí, de embarcar a nuestro país en la siniestra aventura bélica de Irak. Para justificar sus actos no le importó propagar la mentira de las armas de destrucción masiva, lo mismo que falseó más tarde la autoría de la matanza del 11-M, la peor tragedia provocada por el terrorismo en España, sin otro objetivo que buscar un rédito electoral, imposible de sustanciar una vez que se demostró su desprecio por la verdad.
 
Currículo tan oscuro no le impide pronunciarse como si fuera el propietario de una derecha cuyas peores características creíamos desaparecidas. Resulta inútil especular sobre los motivos últimos que le llevaron a la actuación del martes, impulsada a ojos vista por la insidia y el rencor. Pero sus apelaciones a la clase media y a la necesidad de bajar impuestos no podrán ocultar los verdaderos motivos de su irritada preocupación: la evidencia de que su mandato coincidió con la instalación de la mayor red de corrupción política de nuestro pasado reciente, articulada en torno a dirigentes del PP. Hablamos de la trama Gürtel, cuyo capo se hizo cargo de una sustancial parte de los gastos de la boda de su hija en 2002, según se acaba de conocer. Ha argumentado que se trataba del regalo de un amigo. Cada cual elige los suyos, pero este se trata de un episodio cuando menos indecente.

Al parecer Aznar no se siente defendido por los actuales líderes del PP y, como ya es habitual en él, en vez de pedir perdón por sus errores amenaza a quienes los desvelan. Así lo demuestran sus ataques a la empresa editora de este periódico, que ha publicado informaciones que le sitúan en el origen del sistema irregular de caja que durante años operaron los extesoreros del partido Álvaro Lapuerta y Luis Bárcenas.
 
Aznar tiene una idea profundamente extraviada de lo que supone la dignidad requerida a quien ejerció la jefatura del Gobierno. Retirado, según él, de la política, atacó con saña a Zapatero fuera y dentro de España, y ahora arrecia contra los suyos y especialmente contra Rajoy, en momentos en que su partido, del que aún es presidente de honor, y el Gobierno que sustenta más hubieran precisado de su solidaridad o, cuando menos, de su silencio. Todo un récord de deslealtades que obliga a medir bien las amenazas de una oferta tan tóxica como la que representa.
 
Editorial de El País
 
ooOoo

Sabemos por Groucho Marx que se puede salir de la nada y llegar, a base de trabajar y trabajar, a la más profunda de las miserias. Pero no tenemos ni idea de cómo se da el salto de referente a desreferente. A lo mejor no se da una vez, sino a plazos, como en las carreras de obstáculos. Empieza uno disfrazándose de Cid Campeador y acaba con los pies encima de la mesa, imitando a Bush en una escena digna de Zelig, la película de Woody Allen en la que el protagonista, un tipo inseguro, se transforma literalmente en la persona que tiene al lado para pasar inadvertido. Lo que parecía sin embargo una solución a su complejo de inferioridad, multiplica el problema, ya que, en vez de confundirse con el paisaje, acaba destacando en él más que una gota de semen en una sotana.
 
Significa que cuando Aznar se disfraza de Cid Campeador en medio de Castilla, dejas de ver Castilla, por mucho lugar que ocupe en la foto o en la historia, pues todas tus energías mentales se desvían hacia el camaleón. No puedes dejar de observar a ese Cid de mirada mezquina, que parece sacado de una tienda de chinos, como no puedes dejar de mirar, en un terrario, al saurópsido escamoso que cambia su color natural, si lo tiene, por el del ambiente en el que se encuentra.

¿Creen ustedes que alguien obligó a Aznar a colocarse el yelmo de Rodrigo Díaz, que le cae como a un Cristo dos pistolas? ¿Creen que recibió órdenes de poner los pies sobre la mesa con ese gesto de borrachín que en un exalcohólico yanqui, con las neuronas destrozadas, podría pasar como idiosincrásico, signifique lo que signifique idiosincrásico, pero que produce lástima en un dirigente de la vieja Europa? ¿Creen que alguien le puso una pistola en el pecho para aparecer en la fotografía de las Azores con ese rizo de superhéroe, cuando lo que se estaba fraguando era un asunto de villanos, una historia de criminales natos que ha provocado más de cien mil muertos entre la población civil de Irak?
¿Creen que alguien sugirió al expresidente que hiciera la peineta en la universidad de Oviedo para adaptarse al supuesto desenfado de una atmósfera estudiantil? ¿Creen que montó sin darse cuenta, por mero amor paterno-filial, esa boda esperpéntica, llena de gánsteres, sobre la que dentro de un siglo se continuarán escribiendo sainetes? ¿Creen que un asesor de imagen le aconsejó la utilización del acento tejano en aquella histórica rueda de prensa posterior a su reunión con Bush?

En absoluto, todo lo hizo voluntariamente, estimulado por un ardor colérico, para tapar ese agujero lleno de ruido y furia de su psique, el agujero donde en otros se halla la identidad. Si no soy capaz de ser Aznar, se dijo, seré el Cid Campeador, seré George W. Bush, incluso seré Berlusconi (lleva un tiempo intentándolo), cualquier cosa antes que soportar este vacío que ni el bigote primero, ni los abdominales después o los pectorales más tarde han logrado ocultar a los otros y a mí mismo. Un problema esto de no gustarse, se lo digo a ustedes por experiencia propia. Yo mismo daría cualquier cosa por ser otro, aunque no encuentro el interruptor del cambio. Quiere decirse que soy la primera desreferencia de mi vida al modo en que otros son alérgicos a la propia caca. Y perdón por esta incursión subjetiva, de orden personal, en un texto de carácter científico.

Referentes y desreferentes, decíamos. Desde lo de Aznar en Antena 3, donde, transformado miméticamente en su perro, cogió a Rajoy por el cuello y no lo soltó ya el resto la noche, muchos militantes del PP, no sabiendo qué opinar, por si Aznar vuelve, o qué desopinar, por si devuelve, se limitan a afirmar que el expresidente es una referencia.

— José María Aznar es una referencia en el partido.

La frase compromete poco. Se puede decir de cualquiera que haya salido tres o cuatro veces en la tele. Se puede decir de Bárcenas, de Blesa (que intenta ser el Zelig de Aznar, aunque no le llega), se puede decir hasta de Urdangarin, que hacía con su señora muchos chistes sobre el expresidente.

— Urdangarin es un referente.
— Referente de qué.
— Ahí es donde usted me ha pillado, solo pretendía ser amable.

Quiere decirse que cuando se afirma de alguien que es una referencia conviene añadir un complemento, de otro modo podría interpretarse como que en realidad se ha querido expresar lo contrario. En efecto, Urdangarin, de ser una referencia, sería de carácter negativo, en otras palabras, una desreferencia. Si lo único que son capaces de predicar de Aznar en el PP es que es una referencia, así, a secas, mal asunto. Significaría que, a lo largo de la carrera de obstáculos que ha constituido su vida, reflejada en un álbum de fotos que da vergüenza ver, ha devenido de referente en desreferente. Por no decir que, habiendo salido de la nada, ha llegado, a base de trabajar y trabajar, a la más profunda de las miserias.
 
Juan José Millás para El País