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jueves, 27 de febrero de 2014

Las cuatro Leyes de la Espiritualidad

"En la INDIA se enseñan las "Cuatro Leyes de la Espiritualidad"

La primera dice:
"La persona que llega es la persona correcta", es decir que nadie llega a nues
tras vidas por casualidad, todas las personas que nos rodean, que interactúan con nosotros, están allí por algo, para hacernos aprender y avanzar en cada situación.

La segunda ley dice:
"Lo que sucede es la única cosa que podía haber sucedido". Nada, pero nada, absolutamente nada de lo que nos sucede en nuestras vidas podría haber sido de otra manera. Ni siquiera el detalle más insignificante. No existe el: "si hubiera hecho tal cosa hubiera sucedido tal otra..." No. Lo que pasó fue lo único que pudo haber pasado, y tuvo que haber sido así para que aprendamos esa lección y sigamos adelante. Todas y cada una de las situaciones que nos suceden en nuestras vidas son perfectas, aunque nuestra mente y nuestro ego se resistan y no quieran aceptarlo.

La tercera dice:
"En cualquier momento que comience es el momento correcto". Todo comienza en el momento indicado, ni antes, ni después. Cuando estamos preparados para que algo nuevo empiece en nuestras vidas, es allí cuando comenzará.

Y la cuarta y última:
"Cuando algo termina, termina". Simplemente así. Si algo terminó en nuestras vidas, es para nuestra evolución, por lo tanto es mejor dejarlo, seguir adelante y avanzar ya enriquecidos con esa experiencia.
 
Creo que no es casual que estén leyendo esto, si este texto llegó a nuestras vidas hoy; es porque estamos preparados para entender que ningún copo de nieve cae alguna vez en el lugar equivocado.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Julia Otero: Lírica democrática

Esta semana la mayoría parlamentaria del PP ha convertido el primer pleno del Congreso en el 2014 en una patada en la espinilla de varios derechos fundamentales. Los aplausos, risas y satisfacción con que sus señorías han dado pasos firmes para eliminar la justicia universal y la libertad de decidir de las mujeres serían de asombro si retuviésemos aún esa capacidad. Todo en una sentada: una mala semana para la lírica democrática.
 
Sin un solo apoyo, con el rechazo en bloque del resto de partidos, la Cámara aprobó una proposición de ley para que los jueces españoles dejen de fisgonear en delitos cometidos fuera del territorio nacional. Una especie de ley de punto final con la que España envía el mensaje internacional de que los derechos humanos no van a estropearnos los negocios. Hasta ahí podíamos llegar. «¿Qué les ha prometido China a cambio de esta faena?», preguntó la diputada Irene Lozano, de UPD. «España se convierte en cómplice de la impunidad de los crímenes de guerra», añadió Jordi Jané, de CiU. Pese a odiar el comunismo, el PP ha sucumbido al primer bufido diplomático del gigante asiático ante la orden de detención contra cinco de sus exdirigentes. Ha bastado una insinuación («esperamos que en España se tomen seriamente nuestra preocupación») para que el Gobierno se precipitase en la redacción de una ley que se llevará por delante decenas de causas abiertas en la Audiencia Nacional. El caso del Tíbet -el que pisó el callo de Pekín- estaba en el filo de la competencia, es cierto, pero la celeridad y la sobreactuación gubernamental en la redacción de la nueva ley crearán espacios de impunidad en crímenes como el tráfico de personas, el narcotráfico, el terrorismo islamista, las ablaciones… Lo que ocurra fuera de España nos va a importar jurídicamente un pimiento.
Es más, si ese narco o ese mafioso compran un piso aquí, les regalamos el permiso de residencia. Bussiness, ya saben. Ser fuerte con los débiles y débiles con los fuertes define determinada catadura moral.
 
Los orígenes de la justicia internacional aparecen tras la segunda guerra mundial con la creación del Tribunal de Núremberg. Desde la década de los 80 se extendió a causas relacionadas con los derechos humanos básicos y a la persecución de los criminales cuando salían de su territorio. Pero hoy Pinochet no pasaría por el trance de su arresto en Londres, hecho que nos colocó en la vanguardia de la justicia internacional.
 
Se acaba el espacio de esta columna y no les he hablado del otro gran regocijo del pleno del Congreso: el de Gallardón y su contrarreforma del aborto. En la disciplina de voto quedó demostrado que no es él, son todos, por más que Rajoy nunca esté en España cuando sale el tema. Muy curioso. En fin, volvemos a toda velocidad al lugar del que creímos haber escapado para siempre.
 
Al Contrataque de Julia Otero para El Periódico

martes, 25 de febrero de 2014

Historias sobre creencias


En cierta ocasión salió el diablo a pasear con un amigo. De pronto vieron ante ellos a un hombre que estaba inclinado sobre el suelo tratando de recoger algo.

“¿Qué busca ese hombre?”, le preguntó al diablo su amigo.

“Un trozo de Verdad”, respondió el diablo.

“¿Y eso no te inquieta?”, volvió a preguntar el amigo.

“Ni lo más mínimo”, respondió el diablo. “Le permitiré que haga de ello una creencia religiosa”.

Una creencia religiosa es como un poste indicador que señala el camino hacia la Verdad. Pero las personas que se obstinan en adherirse al indicador se ven impedidas de avanzar hacia la Verdad, porque tienen la falsa sensación de que ya la poseen.

AUTOR: Anthony de Mello.
LIBRO: El Canto del pájaro.

ooOoo

¿Qué es lo que enseña vuestro Maestro?” Preguntaba un visitante.

“Nada”, respondió el discípulo.

“Entonces, ¿Por qué  pronuncia discursos?”

“Lo único que hace es indicar el camino, pero no enseña nada”.

Al visitante, aquello le resultaba incomprensible, de modo que el discípulo se lo explicó: “Si el Maestro enseñara, nosotros convertiríamos sus enseñanzas en creencias. Pero al Maestro no le interesa lo que creemos, sino únicamente lo que vemos.

AUTOR: Anthony de Mello.
LIBRO: ¿Quién puede hacer que amanezca? 

ooOoo

Tommy acababa de regresar de la playa.

“¿Había más niños bañándose?», le preguntó su madre.

“Sí», respondió Tommy.

“¿Niños o niñas?»

“¿y cómo quieres que lo sepa? No llevaban ropa.»

Lo que los seres humanos ven no es lo que hay, sino lo que les han enseñado a ver.

AUTOR: Anthony de Mello.
LIBRO: La oración de la rana.

Leído en: http://habilidademocional.com/2012/03/21/el-poder-subconsciente-de-tus-creencias/

lunes, 24 de febrero de 2014

El retrete está mal diseñado

Defecar es una de nuestras necesidades fisiológicas básicas e ir al retrete una actividad íntima, de la que no se habla mucho, pero que todos realizamos a diario. Desde pequeños nos han enseñado a sentarnos en la taza del váter, y damos por hecho que sólo hay una manera aceptable de soltar lastre. Pero estamos equivocados. Muy equivocados.
 
Desde que se inventó el retrete moderno cambió la forma en que hacemos nuestras necesidades. Y cambió para mal. Todos estamos adoptando una postura para cagar (basta de eufemismos) que no es natural y conlleva serios problemas de salud.
 
Como saben todos los proctólogos, y han confirmado numerosos estudios, la forma correcta de hacer nuestras necesidades es aquella que utilizamos cuando no hay retretes: de cuclillas. Y no es una decisión casual.
 
El músculo puborrectal (A), permite, o no, la salida de excrementos.El músculo puborrectal (A), permite, o no, la salida de excrementos. Según explica uno de los fundadores de la gastroenterología moderna, el médico estadounidense Henry L Bockus, en el manual de referencia de la especialidad (cuya edición definitiva se publicó en 1974) “la postura ideal para defecar es la posición de cuclillas, con los mulsos flexionados sobre el abdomen. De esta manera disminuye la capacidad de la cavidad abdominal y aumenta la presión intra-abdominal, que favorece la expulsión”.
 
En este proceso juega un papel fundamental el músculo puborrectal, que es el encargado de contener las heces mientras no queremos expulsar estas, actuando como una especie de cabestrillo para el recto. Cuando nos sentamos en nuestros modernos inodoros, el recto se afloja, pero sólo parcialmente. Sólo la postura de cuclillas garantiza que el músculo puborrectal libere por completo el camino que han de recorrer nuestros excrementos.
 
En su libro El mejor medicamento eres tú (Aguilar) el doctor francés Frédéric Saldmann explica gráficamente el asunto: "Pensad en una manguera de riego llena de agua medio doblada: cuesta que el agua salga. Es exactamente lo que ocurre al estar sentado. Cuando el sujeto se pone de cuclillas el ángulo se abre, el pliegue desaparecer y el agua puede evacuarse con facilidad".
 
Basta con un taburete
 
Parece una idea extravagante que empecemos a hacer nuestras necesidades de cuclillas, pero no lo es. Muchas dolencias comunes como el estreñimiento, las hemorroides e, incluso, la apendicitis se han incrementado desde la aparición del retrete moderno. No dejamos de ver anuncios en los que se aconseja el consumo de fibra para aligerar nuestro vientre, cuando en realidad es mucho más efectivo cambiar la postura en la que defecamos.
 
Es cierto, sentarse en el retrete tal como nos sentamos en una silla es mucho más cómodo que ponerse de cuclillas, pero nos quita tiempo –bastante tiempo, dado que tardamos el triple en expulsar las heces– y puede traernos problemas con los que no contaríamos si hiciéramos nuestras necesidades del modo en que nuestro cuerpo está diseñado para hacerlo: de cuclillas. Problemas entre los que se incluyen las hemorroides (al defecar incorrectamente aumenta la presión en los vasos sanguíneos de la región anal) y los trastornos de erección, que en muchos casos están causados por la hinchazón de ciertos vasos próximos al recto que provocan a su vez una irritación de algunos nervios contiguos que intervienen en la erección. (Ver vídeo aquí)
 
Esto no quiere decir que tengamos que cambiar el retrete por el patio trasero de casa: la postura de cuclillas puede adaptarse fácilmente en nuestros inodoros. Hay incluso una empresa estadounidense, Squaty Potty, que comercializa una especie de peldaño diseñado para que sea más fácil ponerse de cuclillas en el váter. Pero no es necesario gastarse el dinero, en realidad basta con utilizar un pequeño taburete que nos permita mantener los pies en alto o, sencillamente, adoptar la posición encima de la taza. Nuestro cuerpo lo agradecerá. 

domingo, 23 de febrero de 2014

Julia Otero: Unos muertos de hambre

Una cifra como otra cualquiera, mezclada con porcentajes del PIB, letras del Tesoro colocadas o coches de segunda mano disponibles. En esa madeja de números con la que se escribe cada día la actualidad aparece una cantidad que se corresponde con la de cuerpos ahogados que la corriente marina ha ido arrojando a la playa de Ceuta. 15 cadáveres, como quien dice olas de 20 metros en Finisterre o 40 millones de Bárcenas en Suiza. A veces leemos datos que nos escandalizan un rato -corto-, otros dan para conversaciones en la máquina del café y luego está lo de los subsaharianos en Ceuta , que parece un bulto informativo que ni nos va ni nos viene. Esos 15 cadáveres eran personas vivas hace 10 días. Salieron un día de su casa, se despidieron de su madre, padre y hermanos, recorrieron kilómetros de desierto sin apenas comer ni beber, y se lanzaron al mar para recorrer el último tramo de su esperanza de futuro. Tendrían un nombre y un apellido, una historia personal, un puñado de recuerdos, una vida. El número 15, sin embargo, nos evita muchos engorros emocionales: nos aleja de lo humano a base de reducirlo a estadística.

Vivimos tiempos de enorme complejidad que nuestros gobernantes intentan reducir a simplificaciones que rozan el insulto. El presidente de Melilla, por ejemplo, hizo un análisis impropio de una persona alfabetizada: «Si la Guardia Civil no puede usar métodos antidisturbios, solo falta que pongamos azafatas para recibirles». La otra esquina dialéctica de su reflexión sería no andarse con tonterías, y ya que no cabe ni un inmigrante más, bombardeemos desde la frontera todo lo que se mueva al otro lado hasta que no quede ningún muerto de hambre con el que no estamos dispuestos a repartir nuestra miseria. Entre una y otra posición debiera estar la decencia moral y la convicción democrática, o sea, una forma de resolver el grave conflicto de la inmigración sin avergonzarnos. Al ministro del Interior le queda el recurso de rezar para pedir perdón por sus pecados. Dios es magnánimo -aunque se olvidó de África- y sabrá perdonarlo. Pero los que no tenemos a quien orar queremos vivir en un mundo que nos permita mirar a nuestros hijos a la cara y dormir en paz.

Cualquiera de esos jóvenes ahogados, a los que aguardaban en los últimos 15 metros con pelotas de goma, pudo ser el niño adoptado por una pareja del barrio, ese negrito amoroso que vemos por las calles de nuestra ciudad en brazos de una mamá blanca. Pero crecieron demasiado, y ya sabemos que para algunos en cuanto se pasa de la condición de embrión se carece del más mínimo interés divino o humano. Nuestra crisis alcanza también a valores como la humanidad y la compasión. Un conocido fascista me dijo el otro día en Twitter: «Llévate tú 20 negros a casa y aliméntalos». He ahí la reflexión de un bárbaro. El vómito de una alimaña
 
Al Contrataque de Julia Otero para El Periódico

sábado, 22 de febrero de 2014

Los amish: Modelo de negocio del siglo XVIII para triunfar en el XXI

Todos los días, a las seis de la mañana, un par de furgonetas aparcan junto al mercado municipal de Filadelfia, enclavado entre los rascacielos del centro de la ciudad. Del primero de los vehículos salen hombres con barbas hasta el pecho, tirantes y sombreros negros de fieltro. Del segundo, mujeres con pañuelos blancos en la cabeza y faldas largas de colores oscuros. Parecen actores caracterizados para una película de época, pero están lejos de ser una obra de ficción. Son amish y están ahí para hacer negocios. Detrás de su devoción religiosa y su estilo de vida espartano, representan a uno de los grupos de emprendedores que más éxito ha obtenido en Estados Unidos en los últimos años.
 
Los primeros inmigrantes amish cruzaron el charco a fines del siglo XVIII huyendo de la persecución religiosa en Holanda. El grupo original, de unas tres mil personas, creció y se multiplicó (tal y como les pide la Biblia) y hoy son más de 270.000, en comunidades repartidas por diversos estados americanos, aunque sobre todo en Pensilvania.
 
Sus creencias los han convertido en símbolos de resistencia a la modernidad. Están convencidos de que la tecnología los aparta de Dios y de las relaciones humanas y, por ello, se niegan a disfrutar de comodidades cotidianas como la electricidad doméstica, el teléfono móvil o la televisión. Las radios están permitidas, siempre que funcionen con pilas. Las neveras también, pero sólo las alimentadas con gas. Pueden montar en coche, pero no conducirlo. Y los únicos vehículos en los que pueden tomar las riendas, literalmente, son los carros de caballos. Para desplazarse por la ciudad alquilan furgones y chóferes, que los transportan en grupos hasta el mercado, donde son dueños del 30% de las tiendas.
Amós Miller es uno de los amish que salieron del primer furgón aparcado frente al mercado de Filadelfia. Su familia, como tantas otras en su comunidad, depende cada vez menos de la agricultura y cada vez más del comercio, la artesanía y los negocios. En la última década han fundado más de 10.000 empresas en sectores como la alimentación, el textil y los muebles. Miller, por ejemplo, convirtió uno de los terrenos familiares en una distribuidora de productos orgánicos que ya llega a 26 estados. Sus alimentos son vendidos también en el mercado central, donde tiene dos tiendas que coordina junto con su mujer.
 

Totalmente ajenos a la revolución tecnológica, los empresarios amish no han tocado nunca un iPhone ni sabrían qué hacer con un ordenador. Tampoco han pasado por una escuela de negocios, ya que otra de las limitaciones que impone su comunidad es recibir educación más allá de la primaria. Sin embargo, su tasa de éxito empresarial es sorprendente y sólo un 10% de sus actividades cierra antes de cinco años (en EEUU la mitad de las empresas creadas desaparece en ese plazo). ¿Cómo lo consiguen?
El interrogante se lleva tiempo planteando en  muchas universidades de EEUU. Uno de los estudios más importantes al respecto fue conducido por el americano Erik Wesner, que estudió a fondo sesenta negocios amish y llegó a una serie de conclusiones. En su opinión, son básicamente tres las razones por las que sus hábitos, propios del siglo XVIII, resultan tan eficaces en el mundo moderno.
 
La primera razón está en lo que venden. En un mundo entregado a la fabricación en cadena, los amish van en dirección contraria y producen de manera artesanal, imprimiendo en sus productos un aura de autenticidad y originalidad. En la tienda de Miller, ninguna de sus mermeladas, tartas o panes lleva conservantes. Además, las frutas usadas fueron cosechadas en haciendas de la comunidad, que no utiliza ni una gota de pesticidas. La idea encaja a la perfección con la ‘fiebre orgánica’ que se vive en muchas regiones de EEUU, donde cada vez más consumidores están dispuestos a pagar más por productos etiquetados con adjetivos saludables. Y algo parecido ocurre entre los amish que se dedican a la fabricación de muebles, donde ofrecen la originalidad y maestría del carpintero de toda la vida frente a modelos ‘de fábrica’ tipo Ikea.
Es cierto que, a la hora de hacer negocios, los amish son más flexibles que en sus vidas privadas. Por ejemplo, se puede pagar con tarjeta en sus tiendas, ya que los negocios sí disponen de electricidad. Son sus empleados, sin embargo, quienes se encargan de pasar las tarjetas para que ellos no se tengan que ‘manchar’ con la ‘suciedad’ de la vida moderna. “No me siento mal por no saber usar la tecnología. Nuestro negocio depende menos de tecnología y más de productos y personas”, dice Miller con un inglés de pronunciación cargada. Los amish hablan con un fuerte acento porque el inglés es su segunda lengua. Su idioma materno, aprendido y hablado en la casa, sigue siendo el mismo de sus antepasados: una especie de holandés antiguo.
 
El segundo vector del éxito amish tiene que ver con la manera en la que llevan sus negocios y relaciones laborales. Dentro de la tienda de Miller, por ejemplo, trabajan su mujer y dos de sus hijas. Sus otros cinco hijos (sus tasas de natalidad son altísimas porque los  contraceptivos también están prohibidos) se dedican a cultivar el campo y a envasar y preparar los productos. En definitiva, un negocio de enorme implicación familiar y con poquísima mano de obra externa. Además, sus empleados acaban también formando parte de una suerte de ‘familia’. “Los tratan con una mirada más humana. Esto tiene impacto dentro de la empresa, tanto en la productividad como en la fidelidad de los que trabajan para ellos”, dice a El Confidencial Erik Wesner.
 
El tercer secreto de su éxito está en el carácter conservador de sus decisiones financieras. Los amish no hacen inversiones en publicidad porque entienden que su cultura es ya un enorme reclamo por sí mismo. También son muy prevenidos en relación a los riesgos y nunca dan un paso adelante antes de calcular todos los escenarios, ni tampoco arriesgan su patrimonio en nuevas aventuras. ¿El motivo? Si una familia acaba en bancarrota tendría que explicarlo a toda la comunidad y asumir una enorme vergüenza pública.
La fórmula parece funcionar y todo indica que la nueva generación de emprendedores amish cosechará nuevos éxitos y dará de comer a un número creciente de personas. Se estima que doblarán su tamaño en diez años. No sólo tienen una tasa de natalidad elevadísima, sino también un reducido índice de abandono. A los 16 años, todos tienen la obligación de ‘degustar el mundo’ fuera del ‘universo amish’. Durante doce meses salen a vivir a las grandes ciudades, una fase conocida como rumspringa. Al acabar, pueden decidir si quieren seguir en su comunidad o si prefieren irse. El 93% de los jóvenes opta por lo primero. “Ser amish es más que seguir una religión, es un estilo de vida. El sentido de comunidad es muy fuerte y para ellos es muy difícil concebir la vida fuera de esta reserva”, indica a El Confidencial Donald Kraybill, de la Universidad de Elizabethtown.
 
Existe un último sostén de su prosperidad económica: el haber convertido sus particularidades religiosas y culturales en una gran atracción turística. En los alrededores de Filadelfia, los amish (que también son buenos albañiles) construyeron escenarios que recrean su estilo de vida y hacen tours guiados donde cuentan todo sobre su cultura, su quehacer cotidiano y las curiosidades de su religión. Al final de cada paseo, los turistas son conducidos a una tienda donde pueden adquirir sus productos y libros que glosan su historia.
El Confidencial