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Previsión del tiempo

jueves, 9 de enero de 2014

Gracias

Se retira el mechón de pelo que se empeña en cubrir su frente y quitar protagonismo a unos ojos de entusiasmo arrollador. Mueve las manos con gracia y las hace bailar al son de su sonrisa. Pasea de un lado a otro del escenario con la seguridad de los años y un talento innato que descubrió hace no tanto. Es María Galiana en la obra de teatro Conversaciones con mamá, que, con otro de los grandes de la escena española, Juan Echanove, dibuja todos los matices de una relación en la que es fácil reconocerse.
 
María es una madre, la mía o la tuya, la madre que se equivoca y la que acierta, la que da consejos y la que da órdenes, la que escucha y la que calla, la que habla, la que mira de reojo y la que mira de frente, la que es generosa y la que ese día no tiene fuerzas ni para serlo, la de los tobillos hinchados, la que no se sienta en la mesa aunque tenga la misma hambre que los demás, la que te sigue poniendo comida aunque le has dicho 20 veces que no quieres más, la que aunque cumplas años y décadas sigue usando contigo las mismas palabras de siempre. Es la madre que se asusta y la madre que no tiene miedo, la que te anima y la que te pone límites, la que sufre y la que disfruta, la que cuenta mil veces la misma anécdota, la que pone sobre la mesa un recuerdo mitificado y embellecido de sus hijos, la que olvida lo que pasó hace un rato pero recuerda detalles de su infancia y de la tuya como si fuera ayer.
 
Es la madre que no tuvo tus oportunidades, la madre que si hubiera podido estudiar y viajar nos daría un buen repaso a los que nos creemos muy listos, es la de la otra sabiduría que te da ese repaso igualmente, la que desengrasa, la que nunca asume las despedidas pero entona como un himno las bienvenidas. La madre del olor a hierbabuena, la que te dice que tienes razón y la que nunca te la da, la que te cuenta cosas para protegerte y la que te las oculta por la misma causa. La que nunca se rinde y la que ha empezado tantas veces de cero en una misma vida que ya tiene ganas de terminarla, la que te pide que te decidas y la que te pone el freno de mano, la que insiste en que te protejas de la lluvia cuando aparece pero te anima a que te mojes cuando hay que hacerlo. Es la madre presumida y la madre descuidada, la que da importancia a las pequeñas cosas y la que aborda con la misma fuerza los grandes asuntos de la vida.

Es la madre que te hace reír con sus cosas y la que ríe con tus tonterías. La que te pone en tu sitio y la que te descoloca. Es la de las canas y la de los tintes, la de las manos ajadas y la que se las cuida. Es María Galiana, que gracias a la magia del teatro (la dirección de Echanove y un texto delicioso de Santiago Carlos Oves) es la madre que te recuerda la importancia del abrazo a tiempo y la desgracia del llanto tardío. Es mi madre o la tuya. Una madre. Gracias, María. Gracias, Madre
 
Ana Pastor para el elperiodico.com

miércoles, 8 de enero de 2014

Restablecimiento de la asistencia sanitaria pública a emigrantes españoles

Querido Gobierno:
 
Me llamo Bárbara y soy española, aunque resido en Bolivia desde hace 6 meses. Soy una más de los tantos ciudadanos que nos hemos marchado del país en busca de una oportunidad. Esa oportunidad que ustedes no nos han dado.
 
Hoy he descubierto que, aprovechando las fiestas de Navidad (unas fechas entrañables durante las cuales pensamos en ser mejores personas), en el BOE del jueves 26 de diciembre de 2013 se incorporó “una nueva disposición adicional, la sexagésima quinta, al Texto Refundido de la Ley General de la Seguridad Social”. Este cambio nos deja sin Sanidad Pública a todos los españoles que nos hemos marchado, lo que implica que cuando vayamos a España no tendremos derecho a asistencia médica hasta que volvamos a ser residentes. Bueno, claro, siempre me quedará el sector privado y pagarme un seguro médico. Si puedo costeármelo.
 
Parece que ustedes ya no se conforman con vernos sin trabajo en España, sino que también nos quitan uno de los derechos que recoge nuestra Constitución (sí, esa que tanto defienden ustedes) y nos obligan a buscar asistencia sanitaria privada. Quizás no todo el mundo pueda pagarla, aunque eso, a estas alturas y viendo todas sus reformas, a ustedes qué más les da.
 
A través de esta carta quiero hacer constar mi impotencia y mi tristeza ante tal medida. Y no sólo yo me siento así porque, por desgracia, no soy la única en esta situación.
Primero fueron los inmigrantes ilegales. Ahora somos los emigrantes españoles. ¿Quiénes serán los próximos?
 
Atentamente,
Una joven aventurera

martes, 7 de enero de 2014

Carta de un padre gay a un Obispo homófobo

Casimiro López Llorente, obispo de Segorbe Castellón, ha comenzado el año 2014 no sólo atacando el matrimonio igualitario, sino que también criticando a los hijos de familias homoparentales. Mientras responsabiliza al primero de la destrucción de la familia, describe a los segundos como niños con graves perturbaciones en la personalidad, propensos a desarrollar conductas violentas.
Pedro Fuentes, casado con un hombre y padre de un niño de tres años, responde al obispo:
“Monseñor: en mi pueblo, para la gente que es baja, sea de clase o de conducta, se usa un término simple, persona mala, que es distinto de ser mala persona. Y lo digo en razón de una carta en la que usted ha denigrado a unos niños, justo cuando la palabra amor impregna cada una de las homilías que se escuchan en iglesias y catedrales.
 
Sus palabras, obispo, suenan como una bofetada en pleno rostro. Son palabras inaceptables, aunque al revestirlas de asertividad pretenda darles un lustre del que carecen.
 
Dice que el matrimonio entre personas del mismo sexo es la base “para la destrucción de la familia” y tiene entre sus efectos “el notable aumento de hijos con graves perturbaciones de su personalidad“.
 
Solo se me ocurren tres posibles razones para tales afirmaciones.
 
La primera es que se apoye en evidencias. Pero eso no es posible, no las hay. Le podría dar múltiples referencias de artículos publicados en revista médicas, bioéticas, psicológicas o psiquiátricas, (revista de gran factor de impacto, por si le interesase ese dato) que muestran que no hay diferencias entre los hijos de homosexuales y heterosexuales, entre hijos de una familia tradicional y de una familia no tradicional, que diría usted. No las hay, pero sí señalan los estudios una tendencia (no significativa, cierto es, pero tendencia) a un mayor compromiso de esos niños para con los Derechos Humanos y en la defensa del débil, hacia él cual muestran más empatía. Los investigadores concluyen que es debido a su crianza en un ambiente familiar que inculca esos valores, dado que todavía sus padres han de defender sus derechos, los DDHH, casi todos los días, como hoy hago yo. Lástima que a usted no se le educase en esos valores y esa defensa.
 
La segunda es que hable desde la propia experiencia. Deseo que no sea el motivo y, si lo fuese, lo lamento. Vivir en una familia que destroce a un niño debe ser horroroso y si, mas de 60 años después, las heridas siguen sangrando, es que fueron muy profundas. La violencia en la familia es nefasta. Pero los dolores propios no pueden servir de excusa para causar dolor a otros. Deben ser motivo para defender al hombre, no para criminalizar sin causa.
 
La tercera es la impudicia en la palabra. El hablar por hablar, para causar daño y dolor, para crear una base ideológica desde la que atacar a otro porque es diferente. Porque no vive como yo deseo. En esto hay que reconocer la existencia de una gran tradición. Baste recordar con que facilidad se pasó del“no juzguéis y no seréis juzgados” a la Santa Inquisición, que amén de juzgar, se encargó de saquear, torturar y matar a miles de personas. Pero, señor obispo, aunque lo desee, la Edad de Hierro del Papado no volverá, ni el esplendor del Poder Temporal, ni usted podrá llevar sus oropeles a pasear por sus tierras recibiendo la pleitesía de la plebe.
El respeto se gana, no lo otorga ni un anillo ni una mitra. La Iglesia ha ido olvidando las bases que la formaron y el episcopado se ha desnaturalizado tanto que ya nadie recuerda las palabras de la Primera Epístola a Timoteo: «Si alguno anhela obispado, buena obra desea. Pero es necesario que el obispo sea irreprochable, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar; que no sea dado al vino ni amigo de peleas; que no sea codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro; que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad; pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?”
 
Marido... prudente... amable... hijos... son verbos hermosos. Usted, que no ha formado una familia, (vivir en familia no es formarla), en vez de conjugarlos, se permite opinar y, con atrevimiento, dañar.
 
Defienda su modelo de familia o de sociedad, pero respete, como desea ser respetado, los otros modelos.
 
Y si quiere hablar de niños en riesgo, vuelva la vista a los cientos de ellos que en España pasan hambre todos los días, HAMBRE, obispo, mientras millones de euros vuelan a las manos de los ricos sin que resuene en los palacios episcopales el látigo con él que Jesús arrojó a los mercaderes del templo.
 
A nadie le voy a permitir que falte al respeto a mi hijo. Ni por cómo ha nacido ni por ser hijo de quiénes es. Con sus palabras, señor, le ha faltado al respeto a él y a miles de niños a los que ni conoce ni, obviamente, proyecta conocer. Ha faltado al respeto a miles de familias de las que no sabe nada porque ni las entiende ni tiene un alma limpia para acercarse a ellas. La concupiscencia, la lascivia en la palabra, es un gran pecado, sobre todo cuando hace daño a inocentes.
 
“De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis á uno de estos mis hermanos pequeñitos, á mí lo hicisteis “. (Mt. 25, 40)
 
Esa es mi esperanza: saber que, antes o después, Ilustrísima, usted comparecerá ante Él. Saber que Él le mirará a la cara. Saber que Él le arrojará a ella Su desprecio. Porque ser Obispo nunca puede significar hacer daño a uno de estos mis hermanos pequeños.
 
A mi marido y a mí, Dios nos ha dado un hijo. Que usted no haya entendido eso solo demuestra lo lejano que está de Él.


Pedro Fuentes

Leído a través de Facebook en: http://ovejarosa.com/carta-de-un-padre-gay-a-un-obispo-homofobo/

lunes, 6 de enero de 2014

Reflexión XIX: Es tu decisión

Cuenta el periodista Sidney Harris que un día acompañó a un amigo a buscar el periódico a su puesto habitual. Cuando llegó al puesto su amigo saludó amablemente al vendedor y le pidió el periódico.
 
El vendedor le contestó de manera brusca y desconsiderada y se lo dio despectivamente. Su amigo, no obstante, sonrió, le dio las gracias y le deseó un buen fin de semana.
 
Al marchar, Sidney le dijo a su amigo:
 
- Dime una cosa, ¿este vendedor es siempre tan maleducado?
- Si -respondió su amigo-, suele comportarse habitualmente así.
- Entonces, ¿por qué eres tan amable con una persona así?
- Muy sencillo, porque no quiero que sea él quien decida como me debo comportar yo.

domingo, 5 de enero de 2014

Cinema Paradiso: El cuento del soldado y la princesa

Alfredo: -Te contaré una historia. Sólo para ti, Toto. Sentémonos. Hubo una vez un rey que dio una fiesta. Las más hermosas princesas asistieron. Un soldado de la guardia real vio pasar a la hija de rey. Era la más adorable, e inmediatamente el soldado se enamoró. Pero, ¿qué era un simple soldado al lado de la hija de un rey? Un día el soldado se las arregló para verla y le dijo que ya no podía vivir sin ella. La princesa quedó tan impactada por la profundidad de sus sentimientos que le dijo: "Si puedes esperar por 100 días con sus noches bajo mi balcón yo seré tuya". Dicho esto, el soldado salió y esperó un día, dos... luego diez, veinte. Cada noche la princesa lo buscaba y allí estaba él, sin moverse. Siempre allí, lloviera o relampagueara. Las aves se posaban en su cabeza, las abejas lo aguijoneaban, pero él no se movía. Después de 90 noches, se veía seco y pálido. Brotaron lágrimas de sus ojos. No pudo detenerlas. No tuvo ni siquiera fuerzas para dormir. Y todo ese tiempo, la princesa lo observaba. Cuando la nonagésima novena noche llegó... el soldado se levantó, tomó su silla, y se marchó...
Toto: -¿Qué? ¿Justo al final?
Alfredo: -¡Justo al final, Toto! No me preguntes qué significa, no lo sé. Si logras descifrarlo, me lo dices.
Ayer, en clase de relatos, nos pusieron esta escena de la película de Giuseppe Tornatore que ganó el Óscar a la mejor película en lengua no inglesa de 1989 y un Globo de Oro Al acabar, el profe nos preguntó cómo interpretábamos la decisión del soldado de levantarse cuando sólo quedaba un día para finalizar la prueba y marcharse con viento fresco.
Éstas fueron las respuestas:
- Por despecho: Porque la princesa, que en ningún momento hizo gesto alguno para aliviarlo, en el fondo no merecía su amor.
 - Por temor: Porque durante esos noventa y nueve días había idealizado de tal manera la figura de la princesa que temió desilusionarse cuando conviviera con ella. Y prefirió vivir de la ilusión.
 - Por amor: Porque prefirió no obligar a la princesa a cumplir por la fuerza la promesa. Dejando la decisión a ella.
En la nueva versión de la película se da la siguiente explicación:
 
Toto:- ¿Recuerdas la historia del soldado y la princesa? Ahora entiendo por qué el soldado se fue justo al final. Una noche más y la princesa hubiera sido suya. Pero no había manera que ella pudiera mantener su promesa. Y eso hubiera sido demasiado cruel. Lo hubiera matado. De esta forma, al menos durante 99 noches, él vivía con la ilusión de que ella estaba allí, esperando por él.
¿Qué creéis? ¿Tenéis otra interpretación diferente?

sábado, 4 de enero de 2014

Como un nombre


Qué quedó de aquella noche
que en palabras se nos fue
solo un nombre que olvidé al amanecer,
pero ahora sueño con volver
a este amor que entonces fue
solo un nombre que olvidé al amanecer.
Quisiera recordarte como un nombre
sin darte más valor que el que te diera ayer,
quisiera recordarte como un nombre
pero qué puedo hacer si te quiero sin querer,
pero qué puedo hacer...
Pensar que estoy viviendo
del recuerdo del que fue
solo un nombre que olvidé al amanecer.
Quisiera recordarte como un nombre
sin darte más valor que el que te diera ayer,
quisiera recordarte como un nombre
pero que puedo hacer si te quiero sin querer,