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lunes, 16 de abril de 2012

¿Y si no se hubiera caído?

El rey Juan Carlos ha perdido el contacto con la realidad. O al menos, eso parece. Solo una profunda desorientación y desconexión con la sociedad a la que debe servir, explicaría –y mal- que le parezca bien ir a cazar elefantes. El viaje es totalmente inadecuado, impropio e injustificado.

Inadecuado, porque España está en uno de los momentos más críticos de su reputación internacional. El viaje del monarca, para darse un capricho inoportuno, no contribuye a la imagen de moderación, esfuerzo y sacrificio que debemos dar en nuestra pelea reputacional con los mercados y las instituciones comunitarias.

Impropio, porque el monarca no puede, ni debe, ignorar que cazar elefantes por placer es obsceno y hiere, profundamente, millones de sensibilidades. Tiene todos los componentes para resultar despreciable. Además, la puesta en escena de una cacería preparada para el goce, alimenta todas las imágenes perversas de la opulencia y el poder.

Injustificado, porque no hay ninguna razón para hacer este viaje, a su edad, con sus condiciones físicas, para practicar la caza, y de elefantes. Ninguna explicación hace incomprensible tal cúmulo de errores imprudentes e innecesarios.

Pero la pregunta clave es: ¿Y si no se hubiera caído? Pues no lo sabríamos ya que la Casa Real no informa de las actividades privadas del rey. Es muy discutible que, en pleno siglo XXI, podamos considerar como privado un viaje de estas características, pero lo realmente alarmante es descubrir que nadie se lo impidió.

¿Cómo es posible que nadie viera el peligro físico, estético y ético de esta aventurilla? La Casa Real no está para satisfacer los caprichos de su inquilino, sino para servir al Jefe del Estado. Y actuar, siempre, en consecuencia con esta alta responsabilidad. Y ¿quién más lo sabía? ¿El Príncipe? ¿Nadie le desaconsejó tal despropósito? ¿En qué mundo viven?

La acumulación de errores de la monarquía en los últimos años es propia de una institución que ya no entiende su misión en la sociedad. Es difícil servir a una comunidad con la que ya no te identificas, no comprendes y no atiendes. La insensibilidad es el primer paso para la ruptura. No es que la sociedad española se aleje de la monarquía, es al revés. Además, cuando se pierde el pudor, como es el caso de esta cacería impúdica, ya no es posible la dignidad. Y el rubor no la restaura.

Antoni Gutiérrez-Rubí/elpais.com
Leído en: http://blogs.elpais.com/micropolitica/2012/04/y-si-no-se-hubiera-caido.html


Ahora se entiende por qué no visitó al otro cazador de la familia, su nieto Froilán. ¿Por qué no dijeron entonces que estaba fuera de España y cazando elefantes?, cuando se ocultan las cosas es cuando no se tiene la conciencia tranquila. Al final abuelo y nieto serán portada en "Jara y Sedal".

domingo, 15 de abril de 2012

Sexo con nevera

José Luis Alvite
A muchos hombres les atraen de manera muy especial las mujeres casadas y seguro que hay estudios científicos que lo explican con argumentos incontestables. A mí eso también me ha ocurrido unas cuantas veces y si no me he planteado nunca averiguar los motivos será porque esa atracción me parece algo tan elemental como que a uno le entren ganas de comer pasteles justo a raíz de haber cerrado sus puertas la confitería. A veces nos empeñamos en buscarle explicaciones a las cosas en vez de limitarnos a disfrutar de ellas. Nos educaron de tal manera que tenemos los remordimientos antes incluso de haber cometido las faltas. Lo cierto es que cada vez que razonamos sobre un deseo, por lo general tanta sensatez sólo nos sirve para privarnos de un placer.
A una mujer casada le confesé en una ocasión que si de verdad la deseaba era porque de vez en cuando necesitaba sentir la sensación de haber disfrutado de un placer al lado de alguien capaz de arrepentirse y gemir al mismo tiempo. Aquella mujer era pegadiza como un vicio y fascinante como un sueño. Y sobre todo, estaba casada y aburrida, así que era muy probable que ella misma necesitase cometer una traición para regresar a casa con el espíritu bendecido por ese arrepentimiento luminoso y momentáneo del que se liberaría tan pronto pusiese las zapatillas, conectase la lavadora y se cepillase el pelo.
Lo cierto es que en cuantas ocasiones he tenido relaciones con mujeres casadas, me acordé de lo que una noche me dijo la escritora Kate Sinclair: «Por culpa de lo mucho que enfría los impulsos, el matrimonio a veces sólo sirve para que, en presencia de una mujer casada, la nevera deje de ser el lugar más frío de la casa».

José Luis Alvite/larazon.es

Leído en: http://www.elperromorao.com/

sábado, 14 de abril de 2012

Dime cómo comes y te diré cómo viajas

Estoy en un restaurante cualquiera, de un país cualquiera. Cenando solo, como otra noche cualquiera.

La mesa de al lado la ocupa una pareja de mediana edad con un niño de unos 10 años. El padre pasa toda la cena trasteando su teléfono móvil, sin dirigirle apenas la palabra a la mujer y al niño. Incluso cuando le sirven el plato, él sigue comiendo y jugando con la pantallita. La mama mira ausente al techo mientras el niño se entretiene pintando en un cuaderno.
I

“No sé donde hay más soledad”, pienso. “Si en mi mesa o en la de ellos”. Y se me ocurre tomar mi cuaderno de notas para repasar situaciones típicas que se suelo ver en los restaurante. Me salen estas, pero seguro que vosotros sabéis más:
La pareja mayor que pasa toda la velada sin hablarse ni mirarse. A lo sumo un “Pásame la sal”. Supongo que una década de matrimonio hace mella... pero ¿qué desperdicio, no? Para estar así mejor quedarse en casa y ahorrar dinero.

El bar de carretera un mediodía cualquiera. Una treintena de comensales solitarios: camioneros, viajantes, hombre y mujeres de negocio, viajeros profesionales... todos en una mesa individual, mirando la tele, la mirada perdida en cualquier punto para no tener que cruzarla con otra mirada solitaria. A veces me dan ganas de levantarme y chilar: “¡Señores, señoras, juntemos las mesas y contemos algo, aunque sean chistes de Lepe; que tanta soledad no puede ser buena!

La comida de negocios. Señores (en menor medida, señoras) encorbatados en donde detectas enseguida al que quiere vender (es el que no para de hablar) y el posible comprador (el que aguanta estoico la perorata). En la mesa siempre hay jamón del bueno y gambón fresco; paga la empresa.

El grupo de veinte-treintañeros más pendiente cada uno de su teléfono móvil que de compartir conversación con los demás (a veces me pregunto si se pedirán la sal por Whatsapp). Suelen enterarse de qué han visto en el viaje repasando los Instagram y fotos colgadas en su muro de FB.

El maleducado que come atragantándose y con la boca abierta y que te obliga a cerrar el plano visual hacia aquella zona si no quieres que te amargue la cena.

-La pareja de enamorados que pasan la cena comiéndose con los ojos y con las caricias. Suelen pedir aperitivos, dos platos y postres (¡los estrógenos y los andrógenos dan mucha hambre!). Podría caerse el techo y ellos ni se inmutarían.

-El restaurante donde se comparte mesa. En España sería inaceptable, pero en muchos países es normal sentar a los comensales rellenando mesas ya ocupadas. La cara de póker que se nos suele quedar a los españolitos la primera vez que nos sientan en una pequeña mesa con desconocidos es de foto.

-El periodista de viajes, cenando solo langosta y vino francés, invitado en el mejor restaurante de la localidad, añorando una tortilla francesa en casa con la mujer que ama.

¿Se te ocurren más?

Paco Nadal/elpais.com
Leído en: http://blogs.elpais.com/paco-nadal/2012/04/dime-como-comes-y-te-dire-como-viajas.html

viernes, 13 de abril de 2012

¿Quién iba a generar confianza?

Hay gestos y actitudes que delatan enseguida. Las imágenes que hemos visto estos días del Presidente del Gobierno huyendo por el Senado de los periodistas, no solo son bochornosas si no que también demuestran un desprecio absoluto por la ciudadanía.
Tomar las decisiones que está tomando este Gobierno, pedir sacrificios a los ciudadanos, conceder a la patronal una reforma laboral infumable para los trabajadores, doblegarse ante el poder financiero, recortar todo lo que dijo que no iban a recortar, subir todos los impuestos que no iba a subir y salir a todo trapo por el garaje es de una indignidad solo concebible desde la condición de quien se sabe un incapaz absoluto para resolver los problemas que existen en este país. ¿Cómo no va a subir la prima de riesgo si este Gobierno no genera confianza en Europa? ¿Cómo va a generar confianza si no para de mentir? ¿Si miente a sus ciudadanos... quién le va a creer en Europa? Y esto es lo que criticaba a Zapatero, si ya lo dicen, no se pude escupir para arriba…

jueves, 12 de abril de 2012

El gran debate

Hace muchos años, allá por la Edad Media, los consejeros del Papa recomendaron a éste que desterrara a los judíos de Roma. Según ellos, resultaba indecoroso que aquellas personas vivieran tan ricamente en el corazón mismo del mundo católico. Así pues, se redactó y fue promulgado un edicto de expulsión para general consternación de los judíos, que sabían que, dondequiera que fuesen, no podían esperar un trato mejor que el que les obligaba a salir de Roma. De manera que suplicaron al Papa que reconsiderara su decisión. El Papa, que era un hombre ecuánime, les hizo una propuesta un tanto arriesgada: debían elegir a alguien para que discutiera el asunto con él mismo en público y, si salía victorioso del debate, los judíos podrían quedarse.

Los judíos se reunieron a considerar la propuesta. Rechazarla significaba la expulsión. Aceptarla significaba exponerse a una derrota segura, porque... ¿quién iba a vencer en un debate en el que el Papa era juez y parte a la vez? Sin embargo, no había más remedio que aceptar. Ahora bien, resultaba imposible encontrar a un voluntario dispuesto a debatir con el Papa: la responsabilidad de cargar sobre sus hombros con el destino de los judíos era más de lo que cualquier hombre podía soportar.

Pero, cuando el portero de la sinagoga se dio cuenta de lo que ocurría, se presentó ante el Gran Rabino y se ofreció como voluntario para representar a su pueblo en el debate.

- "¿El portero?", exclamaron los demás rabinos cuando lo supieron. "Imposible"

- "Está bien", dijo el Gran Rabino, "ninguno de nosotros está dispuesto a hacerlo; de manera que, o lo hace el portero o no hay debate". Y así, a falta de otra persona, se designó al portero para que celebrara el debate con el Papa.

Llegado el gran día, el Papa se sentó en un trono en la plaza de San Pedro, rodeado de sus cardenales y en presencia de una multitud de obispos, sacerdotes y fieles. Al poco tiempo, llegó la pequeña comitiva de delegados judíos, con sus negros ropajes y sus largas barbas, rodeando al portero de la sinagoga.

Quedaron el uno frente al otro, y el debate comenzó...

El Papa alzó solemnemente un dedo hacia el cielo y trazó un amplio arco en el aire. Inmediatamente, el portero señaló con énfasis hacia el suelo. El Papa pareció quedar desconcertado. Entonces volvió a alzar su dedo con mayor solemnidad aún y lo mantuvo firmemente ante el rostro del portero. Este, a su vez, alzó inmediatamente tres dedos y los mantuvo con la misma firmeza frente al Papa, el cual pareció asombrarse de aquel gesto. Entonces el Papa deslizó una de sus manos entre sus ropajes y extrajo una manzana. El portero, por su parte, sin pensarlo dos veces, introdujo su mano en una bolsa de papel que llevaba consigo y sacó de ella una delgada torta de pan.

Entonces el Papa exclamó con voz potente:

- "El representante judío ha ganado el debate! Queda revocado, pues, el edicto".

Los dirigentes judíos rodearon inmediatamente al portero y se lo llevaron, mientras los cardenales se apiñaban atónitos en torno al Papa.

- "¿Qué ha sucedido, Santidad?", le preguntaron.

- "Nos ha sido imposible seguir el rapidísimo toma y daca del debate"

El Papa se enjugó el sudor de su frente y dijo:

"Ese hombre es un brillante teólogo y un maestro del debate...

Yo comencé señalando con un gesto de mi mano la bóveda celeste, como dando a entender que el universo entero pertenece a Dios; y él señaló hacia abajo con su dedo, recordándome que hay un lugar llamado "infierno" donde el demonio es el único soberano. Entonces alcé yo un dedo para indicar que Dios es uno. ¡Imagínense mi sorpresa cuando le vi alzar a él tres dedos indicando que ese Dios uno se manifiesta por igual en tres personas, suscribiendo con ello nuestra propia doctrina sobre la Trinidad! Sabiendo que no podría vencer a ese genio de la teología, intenté, por último, desviar el debate hacia otro terreno, y para ello saqué una manzana, dando a entender que, según los más modernos descubrimientos, la tierra es redonda. Pero, al instante, él sacó una torta de pan ázimo para recordarme que, de acuerdo con la Biblia, la tierra es plana. De manera que no he tenido más remedio que reconocer su victoria"

Para entonces, los judíos habían llegado ya a su sinagoga.

- "¿Qué es lo que ha ocurrido?", le preguntaron perplejos al portero, el cual daba muestras de estar indignado.

"¡Todo ha sido un montón de tonterías!", respondió. "Veréis: primero, el Papa hizo un gesto con su mano como para indicar que todos los judíos teníamos que salir de Roma. De modo que yo señalé con el dedo hacia abajo para darle a entender con toda claridad que no pensábamos movernos. Entonces él me apunta amenazadoramente con un dedo como diciéndome: "¡No te me pongas chulo!" Y yo le señalo a él con tres dedos para decirle que él era tres veces mas chulo que nosotros, por haber ordenado arbitrariamente que saliéramos de Roma. Entonces veo que él saca su almuerzo, y yo saco el mío"

http://cuentosqueyocuento.blogspot.com.es/2007/10/un-gran-debate.html

miércoles, 11 de abril de 2012

La caza del gay

La noche del tres de marzo pasado, cuatro “neonazis” chilenos, encabezados por un matón apodado Pato Core, encontraron tumbado en las cercanías del Parque Borja, de Santiago, a Daniel Zamudio, un joven y activista homosexual de 24 años, que trabajaba como vendedor en una tienda de ropa.
Durante unas seis horas, mientras bebían y bromeaban, se dedicaron a pegar puñetazos y patadas al maricón, a golpearlo con piedras y a marcarle esvásticas en el pecho y la espalda con el gollete de una botella. Al amanecer, Daniel Zamudio fue llevado a un hospital, donde estuvo agonizando durante 25 días al cabo de los cuales falleció por traumatismos múltiples debidos a la feroz golpiza.
Este crimen, hijo de la homofobia, ha causado una viva impresión en la opinión pública no sólo chilena, sino sudamericana, y se han multiplicado las condenas a la discriminación y al odio a las minorías sexuales, tan profundamente arraigados en toda América Latina. El presidente de Chile, Sebastián Piñera, reclamó una sanción ejemplar y pidió que se activara la dación de un proyecto de ley contra la discriminación que, al parecer, desde hace unos siete años vegeta en el Parlamento chileno, retenido en comisiones por el temor de ciertos legisladores conservadores de que esta ley, si se aprueba, abra el camino al matrimonio homosexual.
Ojalá la inmolación de Daniel Zamudio sirva para sacar a la luz pública la trágica condición de los gays, lesbianas y transexuales en los países latinoamericanos, en los que, sin una sola excepción, son objeto de escarnio, represión, marginación, persecución y campañas de descrédito que, por lo general, cuentan con el apoyo desembozado y entusiasta del grueso de la opinión pública.
Lo más fácil y lo más hipócrita en este asunto es atribuir la muerte de Daniel Zamudio sólo a cuatro bellacos pobres diablos que se llaman neonazis sin probablemente saber siquiera qué es ni qué fue el nazismo. Ellos no son más que la avanzadilla más cruda y repelente de una cultura de antigua tradición que presenta al gay y a la lesbiana como enfermos o depravados que deben ser tenidos a una distancia preventiva de los seres normales porque corrompen al cuerpo social sano y lo inducen a pecar y a desintegrarse moral y físicamente en prácticas perversas y nefandas.
Esta idea del homosexualismo se enseña en las escuelas, se contagia en el seno de las familias, se predica en los púlpitos, se difunde en los medios de comunicación, aparece en los discursos de políticos, en los programas de radio y televisión y en las comedias teatrales donde el marica y la tortillera son siempre personajes grotescos, anómalos, ridículos y peligrosos, merecedores del desprecio y el rechazo de los seres decentes, normales y corrientes. El gay es, siempre, “el otro”, el que nos niega, asusta y fascina al mismo tiempo, como la mirada de la cobra mortífera al pajarillo inocente.
En semejante contexto, lo sorprendente no es que se cometan abominaciones como el sacrificio de Daniel Zamudio, sino que éstas sean tan poco frecuentes. Aunque, tal vez, sería más justo decir tan poco conocidas, porque los crímenes derivados de la homofobia que se hacen públicos son seguramente sólo una mínima parte de los que en verdad se cometen. Y, en muchos casos, las propias familias de las víctimas prefieren echar un velo de silencio sobre ellos, para evitar el deshonor y la vergüenza.
Aquí tengo bajo mis ojos, por ejemplo, un informe preparado por el Movimiento Homosexual de Lima, que me ha hecho llegar su presidente, Giovanny Romero Infante. Según esta investigación, entre los años 2006 y 2010 en el Perú fueron asesinadas 249 personas por su “orientación sexual e identidad de género”, es decir una cada semana. Entre los estremecedores casos que el informe señala, destaca el de Yefri Peña, a quien cinco “machos” le desfiguraron la cara y el cuerpo con un pico de botella, los policías se negaron a auxiliarla por ser un travesti y los médicos de un hospital a atenderla por considerarla “un foco infeccioso” que podía transmitirse al entorno.
Estos casos extremos son atroces, desde luego. Pero, seguramente, lo más terrible de ser lesbiana, gay o transexual en países como Perú o Chile no son esos casos más bien excepcionales, sino la vida cotidiana condenada a la inseguridad, al miedo, la conciencia permanente de ser considerado (y llegar a sentirse) un réprobo, un anormal, un monstruo. Tener que vivir en la disimulación, con el temor permanente de ser descubierto y estigmatizado, por los padres, los parientes, los amigos y todo un entorno social prejuiciado que se encarniza contra el gay como si fuera un apestado. ¿Cuántos jóvenes atormentados por esta censura social de que son víctimas los homosexuales han sido empujados al suicidio o a padecer de traumas que arruinaron sus vidas? Sólo en el círculo de mis conocidos yo tengo constancia de muchos casos de esta injusticia garrafal que, a diferencia de otras, como la explotación económica o el atropello político, no suele ser denunciada en la prensa ni aparecer en los programas sociales de quienes se consideran reformadores y progresistas.
Porque, en lo que se refiere a la homofobia, la izquierda y la derecha se confunden como una sola entidad devastada por el prejuicio y la estupidez. No sólo la Iglesia católica y las sectas evangélicas repudian al homosexual y se oponen con terca insistencia al matrimonio homosexual. Los dos movimientos subversivos que en los años ochenta iniciaron la rebelión armada para instalar el comunismo en el Perú, Sendero Luminoso y el MRTA (Movimiento Revolucionario Tupac Amaru), ejecutaban a los homosexuales de manera sistemática en los pueblos que tomaban para liberar a esa sociedad de semejante lacra (ni más ni menos que lo hizo la Inquisición a lo largo de toda su siniestra historia).
Liberar a América Latina de esa tara inveterada que son el machismo y la homofobia —las dos caras de una misma moneda— será largo, difícil y probablemente el camino hacia esa liberación quedará regado de muchas otras víctimas semejantes al desdichado Daniel Zamudio. El asunto no es político, sino religioso y cultural. Fuimos educados desde tiempos inmemoriales en la peregrina idea de que hay una ortodoxia sexual de la que sólo se apartan los pervertidos y los locos y enfermos, y hemos venido transmitiendo ese disparate aberrante a nuestros hijos, nietos y bisnietos, ayudados por los dogmas de la religión y los códigos morales y costumbres entronizados. Tenemos miedo al sexo y nos cuesta aceptar que en ese incierto dominio hay opciones diversas y variantes que deben ser aceptadas como manifestaciones de la rica diversidad humana. Y que en este aspecto de la condición de hombres y mujeres también la libertad debe reinar, permitiendo que, en la vida sexual, cada cual elija su conducta y vocación sin otra limitación que el respeto y la aquiescencia del prójimo.
Las minorías que comienzan por aceptar que una lesbiana o un gay son tan normales como un heterosexual, y que por lo tanto se les debe reconocer los mismos derechos que a aquél —como contraer matrimonio y adoptar niños, por ejemplo— son todavía reticentes a dar la batalla a favor de las minorías sexuales, porque saben que ganar esa contienda será como mover montañas, luchar contra un peso muerto que nace en ese primitivo rechazo del “otro”, del que es diferente, por el color de su piel, sus costumbres, su lengua y sus creencias y que es la fuente nutricia de las guerras, los genocidios y los holocaustos que llenan de sangre y cadáveres la historia de la humanidad.
Se ha avanzado mucho en la lucha contra el racismo, sin duda, aunque sin extirparlo del todo. Hoy, por lo menos, se sabe que no se debe discriminar al negro, al amarillo, al judío, al cholo, al indio, y, en todo caso, que es de muy mal gusto proclamarse racista.
No hay tal cosa aún cuando se trata de gays, lesbianas y transexuales, a ellos se los puede despreciar y maltratar impunemente. Ellos son la demostración más elocuente de lo lejos que está todavía buena parte del mundo de la verdadera civilización.

Mario Vargas Llosa/elpais.es

Leído en: http://www.elperromorao.com/2012/04/09/la-caza-del-gay/