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lunes, 8 de septiembre de 2014

Cara de cabrones

Según un estudio de la Universidad de Oxford, publicado en la revista “Plos Biology”, el “estatus social” cambia el cerebro de los primates. Con este axioma hacen referencia a conexiones neuronales fisiológicas específicas que determinan morfológicamente el desarrollo de determinadas áreas del cerebro, según en qué peldaño social se encuentre el simio.
 
Pero la verdad, es que el “descubrimiento” en sí se me antoja poco novedoso dada la historia evolutiva del ser humano. Se supone que nos hemos ido irguiendo a medida que hemos descendido de los árboles, y nuestras manos y dedos se han ido especializando con el desarrollo de las herramientas. No sabemos qué modificaciones genéticas vendrán de la mano del uso omnipresente de la tecnología y del desarrollo de la era digital que nos envuelve, pero la pinta que tiene la cosa anticipa un único dedo en cada mano para desplazarse por la pantalla táctil.
 
Ahora, lo que ante todo tengo claro es que si el estatus social cambia el cerebro en los primates, lo que cambia y determina de cuajo es el desarrollo de la vida de las personas. Y si no lo ven así, consulten toda la literatura política e histórica ligada a la lucha de clases, al continuo desequilibrio en que se sustenta la historia de la humanidad.
 
Está claro que si te nacen en el África subsahariana el modo de buscarse la vida no será para nada comparable a si te nacen en Londres, de la misma manera que no tendrá nada que ver nacer en el entorno de una familia desahuciada por el banco en Vallecas, que nacer en el palacio de la Zarzuela con toda la sopa boba por delante.
 
Y es que los nacidos en el entorno del poder, rara vez quieren soltarlo, y mucho menos compartirlo o democratizarlo. Eso no les cambia el cerebro, sino la cara: todos tienen cara de cabrones.
 
Jesús H. Cifuentes, cantante de Celtas Cortos

domingo, 7 de septiembre de 2014

¿Qué debe saber un niño de 4 años?

Hace poco, en un foro sobre la educación de los hijos, leí una entrada de una madre preocupada porque sus hijos, de cuatro años y año y medio, no sabían lo suficiente. "¿Qué debe saber un niño de cuatro años?", preguntaba.
 
respuestas que leí me llamaron mucho la atención. Una madre indicaba una lista de todas las cosas que sabía su hijo. Contar hasta 100, los planetas, escribir su nombre y apellido, y así sucesivamente. Otras presumían de que sus hijos sabían muchas más cosas, incluso los de tres años. Algunas incluían enlaces a páginas con listas de lo que debe saber un niño a cada edad. Solo unas pocas decían que cada niño se desarrolla a su propio ritmo y que no hay que preocuparse.
 
Pensé que probablemente la respuesta de esas mujeres a una madre angustiada fuera añadirle más preocupación. Somos una cultura tan competitiva que hasta nuestros niños en edad preescolar se han convertido en trofeos de los que presumir. Pero atención!!! La infancia no debe ser una carrera que arroja por resultado niños ganadores y niños perdedores.
 
Alicia Bayer, una mujer norteamericana que se interesa por los temas de infancia y educación, hace una lista de aquellas cosas importantes que debe saber un niño/a de 4 años. Me pareció hermosa y la comparto:
1.Debe saber que lo quieren por completo, incondicionalmente y en todo momento.
2. Debe saber que está a salvo y además cómo mantenerse a salvo en lugares públicos, con otra gente y en distintas situaciones. Debe saber que tiene que fiarse de su instinto cuando conozca a alguien y que nunca tiene que hacer algo que no le parezca apropiado, se lo pida quien se lo pida. Debe conocer sus derechos y que su familia siempre lo va a apoyar.
3. Debe saber reír y utilizar su imaginación. Debe saber que nunca pasa nada por pintar el cielo de color naranja o dibujar gatos con seis patas.
4. Debe saber lo que le gusta y tener la seguridad de que se le va a dejar dedicarse a ello. Si no le apetece nada aprender los números, sus padres tienen que darse cuenta de que ya los aprenderá, casi sin querer, y dejar que en cambio se dedique a las naves espaciales, los dinosaurios, a dibujar o a jugar en el barro.
5. Debe saber que el mundo es mágico y él también. Debe saber que es fantástico, listo, creativo, compasivo y maravilloso. Debe saber que pasar el día al aire libre haciendo collares de flores, pasteles de barro y casitas de cuentos de hadas es tan importante como aprender los números. Mejor dicho, mucho más.
 
PERO MÁS IMPORTANTE ES LO QUE DEBEN SABER LOS PADRES:
1.Que cada niño aprende a andar, hablar, leer y hacer cálculos a su propio ritmo, y que eso no influye en absoluto en cómo de bien ande, hable, lea o haga cálculos después.
2. Que el factor que más influye en el buen rendimiento académico y las buenas notas en el futuro no son los manuales, ni las guarderías elegantes, ni los juguetes caros, sino que mamá o papá dediquen un rato cada día o cada noche (o ambos) a compartir momentos de juego, lectura, dibujos y risas con sus hijos.
3. Que ser el niño más listo o más estudioso de la clase nunca ha significado ser el más feliz. Estamos tan obsesionados por tratar de dar a nuestros hijos todas las "ventajas" que lo que les estamos dando son unas vidas tan pluriempleadas y llenas de tensión como las nuestras. Una de las mejores cosas que podemos ofrecer a nuestros hijos es una niñez sencilla y despreocupada.
4. Que nuestros niños merecen vivir rodeados de libros, naturaleza, utensilios artísticos y, lo más importante, libertad para explorarlos. La mayoría de nosotros podríamos deshacernos del 90% de los juguetes de nuestros hijos y no los echarían de menos, pero algunos son importantes: juguetes creativos como los LEGO y los de encastre, una buena cantidad de témperas y plastilinas, los instrumentos musicales, los disfraces, y libros y más libros. Necesitan libertad para explorar con estas y otras cosas, amasar pan y ponerlo todo perdido, usar pintura, plastilina y purpurina en la mesa de la cocina mientras hacemos la cena aunque lo salpiquen todo, tener un rincón en el jardín en que puedan arrancar la hierba y hacer un cajón de barro.
5. Que nuestros hijos necesitan tenernos más. Hemos aprendido tan bien eso de que necesitamos cuidar de nosotros mismos que algunos lo usamos como excusa para que otros cuiden de nuestros hijos. Claro que todos necesitamos tiempo para un baño tranquilo, ver a los amigos, un rato para despejar la cabeza y, de vez en cuando, algo de vida aparte de los hijos. Pero vivimos en una época en la que las revistas para padres recomiendan que tratemos de dedicar 10 minutos diarios a cada hijo y prever un sábado al mes dedicado a la familia. ¡Qué horror! Nuestros hijos necesitan la Nintendo, los ordenadores, las actividades extraescolares, las clases de ballet, fútbol e inglés mucho menos de lo que nos necesitan a NOSOTROS. Necesitan a unos padres que se sienten a escuchar su relato de lo que han hecho durante el día, unas madres que se sienten a hacer manualidades con ellos, padres y madres que les lean cuentos y hagan tonterías con ellos. Necesitan que demos paseos con ellos en las noches de primavera sin importarnos que el pequeñajo vaya a 150 metros por hora. Tienen derecho a ayudarnos a hacer la cena aunque tardemos el doble y trabajemos el doble. Tienen derecho a saber que para nosotros son una prioridad y que nos encanta verdaderamente estar con ellos.
 

sábado, 6 de septiembre de 2014

¿Alcaldes elegidos por votación directa? Luces cortas

Se empieza rompiendo una costura y se acaba descosiendo el traje entero. Ese es el gran peligro de la reforma que pretende imponer el PP para que en los ayuntamientos gobierne el candidato de la lista más votada, una operación de luces cortas que, además –como ocurre con todas las medidas que se adoptan por intereses coyunturales– con el tiempo puede acabar volviéndose en contra del partido que la promueve.
 
El sistema vigente establecido por la Ley Orgánica de Régimen Local forma parte de un modelo electoral homogéneo y coherente: proporcional corregido, con elección del primer gobernante a través de las cámaras colectivas que son el Congreso de los Diputados, los Parlamentos regionales y los plenos municipales, identificados como las sedes de la soberanía popular. Si ni el presidente del Gobierno ni los presidentes autonómicos son elegidos por votación directa de los ciudadanos –lo que entrañaría pasar del modelo constitucional parlamentario a un modelo presidencialista, inviable en un régimen en el que la Jefatura del Estado corresponde al Rey–, ¿por qué han de serlo los alcaldes?
Ninguno de los argumentos esgrimidos a favor tiene peso suficiente frente a las contraindicaciones de un cambio de esta naturaleza y calado, no digamos a nueve meses de las elecciones en las que pretende aplicarse. No facilita el acercamiento entre gobernantes y gobernados porque estos demandan más participación y el ágora son los plenos municipales. No favorece la transparencia porque al aumentar su autoridad también diluye el control sobre la gestión de los alcaldes, pese a estar archiprobado que gran parte de la corrupción ha estado en gran medida asociada a las políticas urbanísticas municipales.
 
Tampoco facilita la gobernabilidad, sino que fomenta el caciquismo o caudillismo local. No contribuye a reforzar el ayuntamiento como “institución destinada a proporcionar servicios a los ciudadanos” porque la Ley de Racionalización y Sostenibilidad de la Administración Local ya les pasó la tijera. Y, a la vista de cómo el PP ejerce su mayoría absoluta parlamentaria –no muy distinta de la forma en que la aplicaron otros cuando la tuvieron–, sería un golpe mortal para un pluralismo político que no sea meramente formal.
 
Fragmentación ‘versus’ soledad
 
El PP presenta su iniciativa envuelta en el lazo de la exigencia ciudadana de más y mejor democracia, pero la democracia directa no es per se ni más ni mejor democracia que la representativa. Cuando Javier Arenas emplaza al PSOE a presentar una “propuesta más democrática”, sólo introduce confusión para ocultar un cálculo partidista: las diversas estimaciones publicadas varían algo en las cuentas, pero coinciden en que el PP sería, ahora, el gran beneficiado de esa reforma legal, asegurándose el gobierno de entre cuarenta y cincuenta grandes ciudades, y arrebatando al PSOE sus dos buques insignias: Vigo y Zaragoza. Y la realidad es que el 90% de las principales ciudades ya tienen como alcalde al candidato de la lista más votada.
La cultura de los pactos municipales, que ahora trata de romper el PP, se remonta a los primeros comicios locales, celebrados en 1979. Fueron la placenta para el crecimiento y consolidación del PSOE como alternativa de gobierno, lo que no puede extrañar si se repara en su tradición municipalista –una concejalía en el Ayuntamiento de Madrid fue el primer cargo público del partido–.
 
Si la izquierda española arrastra un problema de fragmentación, la derecha lo tiene de soledad. Al argumentario del PP le pasa lo que ocurre cuando la sábana no alcanza para cubrir los pies. Mire hacia donde mire, le quedan pocos con los que poder pactar, y esos pocos, como puede ser UPyD en ciudades como Madrid o Valencia, no le resultan de fiar. Pero la maniobra para perjudicar a su rival directo entraña un “daño colateral” –expresión jurídica de origen militar– al otorgar un plus a formaciones de corte radical con fuerte asentamiento territorial, como Bildu en el País Vasco y ERC en Cataluña.
 
Si el PP no planteara esta reforma con las luces cortas, repararía en que las minorías de ayer son las mayorías de hoy y las mayorías de hoy pueden ser las minorías de mañana. Y, además, tendría en cuenta que, por querer cortocircuitar los pactos municipales, puede alentar los acuerdos regionales en las elecciones autonómicas, que se celebrarán simultáneamente en la primavera del año próximo. Pero el PP sabe que, aunque los presidentes autonómicos actúen o quieran actuar como barones, el cimiento de los partidos españoles está en los municipios. Ahí es donde el PSOE empezó a hundirse en el pozo, en mayo de 2011, y ahí es donde el PP intenta que siga. Pero, a veces, la soga preparada para el al adversario se enreda ahorcando a quien la maneja.
 
Gonzalo López Alba para El Confidencial

viernes, 5 de septiembre de 2014

De playas, celulitis y gaznápiros

Me pregunto cuántas niñas, adolescentes, jóvenes y señoras habrá ahora mismo en una playa sufriendo por su cuerpo

Escribo este artículo en mitad de agosto. Desde la ventana del lugar donde tecleo, veo muy a lo lejos la línea amarilla de una playa que, aunque ahora resulta casi indistinguible, sé que está llena de gente. Y me pregunto cuántas niñas,...
adolescentes, jóvenes y señoras habrá ahora mismo en esa playa sufriendo de una manera u otra por su cuerpo; pensando que están gordas; que se les ven hoyos de celulitis en las nalgas; que les retiemblan demasiado los brazos; que la barriga les impide ponerse biquinis; que no tienen pecho suficiente; que tienen demasiado pecho; que sus rodillas son demasiado gruesas; que sus rodillas son demasiado picudas; que carecen de espaldas y parecen una pera; que sus espaldas son anchísimas y parecen un jugador de rugby; que su horrible cabello es tan fino y tieso que no pueden hacer nada con él; que su horrible cabello es tan grueso y rizado que no hay manera de sacarle partido. En fin, la lista de pequeños accidentes físicos, de supuestas catástrofes corporales con las que puede obsesionarse una mujer es infinita.

La mayoría cree que se preocupan tanto por los michelines a causa de los hombres, para gustar a los hombres, porque los hombres no van a quererlas si no son perfectas. Pero están equivocadísimas, porque, en general, los varones normales no tienen esa maniática fijación con las menudencias del cuerpo. Van más a la masa, a lo sustancial; a la suavidad de la piel, al calor y la química, como es natural en los animales que también somos. Vamos, que la inmensa mayoría de los hombres ni se han fijado en esos dos malditos hoyitos de celulitis que tienes y que te impiden estar a gusto en la playa. Por eso muchas mujeres no se ponen en traje de baño, o desarrollan unas estrategias complicadísimas de pareos, falditas, pañuelos, pantalones cortos, camisolas. Creo que algunas hasta serían felices bañándose con burka.

Somos nuestras mayores tiranas, y a menudo también las mayores tiranas de las demás mujeres. Porque no sólo nos contemplamos a nosotras mismas con ojos que, más que de rayos X, son de resonancia magnética con contraste, sino que también solemos aplicar esa mirada implacable, deformada, microscópica y patológica a las pobres prójimas con las que nos cruzamos, y siempre con afán comparativo: “Pues esa tiene las caderas más anchas que yo y mira los pantalones tan apretados que lleva… A esa, en cambio, se le ven unos brazos estupendos, es mayor que yo y los tiene más firmes”. Y así de loquinarias vamos todo el día, unas más y otras menos, pero todas cayendo alguna vez en la tontería. La mujer que no haya mirado de reojillo alguna vez la silueta de otra mujer comparándola con la propia que tire la primera piedra.

¿Y por qué nos sucede esta desgracia? Pues no porque seamos idiotas, desde luego (véase a esa maravillosa iraní de 37 años, Maryam Mirzakhani, que acaba de recibir la medalla Fields, que es como el Nobel de las matemáticas), sino porque, en efecto, existe una delirante y enferma convención social que impone un modelo de mujer imposible. Chicas anoréxicas y bellezas perfectas nacidas del Photoshop. Y lo peor de todo es que nosotras nos tomamos esos modelos como un mandato divino, mientras que los hombres, que desde luego contribuyen a crear la presión, luego no se toman tan en serio la existencia de estas ninfas. Me parece que no terminan de considerarlas reales (con razón: no lo son) e incluso he podido comprobar más de una vez que, cuando una mujer es muy bella, los hombres suelen asustarse.

De modo que, en la intimidad, creo que los varones nos aceptan más de lo que nos aceptamos nosotras mismas; pero lo malo es que, socialmente, los prejuicios sexistas siguen funcionando de manera feroz y todo el rato se nos mide por lo físico, como si fuéramos terneras en una feria de ganado. Y así, se habla de la apariencia y de la guapeza de las ministras (de los ministros, normalmente horrorosos, nunca se dice nada), o, de repente, llega un nuevo fichaje al Real Madrid, James Rodríguez, y en Twitter se dedican a meterse con su mujer, la colombiana Daniela Ospina, antigua jugadora de voleibol, atlética y divina, y a decir que es fea. Qué mísero, qué estúpido. Me gustaría ver a los energúmenos que escribieron esos mensajes: me gustaría ver sus tripas cerveceras, sus piernas torcidas, sus culos escurridos y sus espaldas peludas. Porque esa es otra: a la mayoría de los hombres parece importarles un pimiento su propia apariencia. A esos sí que los ves en la playa tan tranquilos, paticortos, culibajos y con unos barrigones que dan miedo, paseando tan orondos por la orilla. Chicas, menos obsesionarnos con nuestra celulitis y más exigirles a esos gaznápiros que hagan un poco de ejercicio.
 
Rosa Montero

jueves, 4 de septiembre de 2014

Así evitan en Islandia 'liarse' con un familiar


Enrollarse con un familiar sin tan siquiera saberlo. Puede parecer una locura pero no lo es, al menos en Islandia. En un país de unos 300.000 habitantes en el que la mitad de ellos vive en la capital, Reikiavik, no parece raro que al final todas las personas pertenezcan a unas cuantas familias.
 
Por eso los islandeses son muy cautos a la hora de estrechar relaciones. Antes de ligar con alguien conviene cerciorarse de que no sea un primo o un tío lejano. Además de la escasa población, hay que sumar la dificultad de que los isleños árticos no tienen un sistema de apellidos como el de la mayoría occidental y resulta complicado establecer una línea genealógica. Para entendernos; un niño nace y le ponen un nombre, por ejemplo Jón. En cuanto al apellido, no se hereda de los padres como ocurre en muchos países europeos; sino que se forma con el nombre del padre seguido de la palabra “hijo” (sson) o “hija” (dottir) detrás. Es decir, si Jón es hijo de Gustaf, el chico se llamará Jón Gustafsson, mientras que su hermana Ölof será Ölof Gustafdottir.
 
Para poder tener claro quién pertenece a una familia o a otra, estos habitantes cuentan con una herramienta única: el Íslendingabók. Se trata de una base de datos, sólo escrita en islandés, que contiene información genealógica de todos los ciudadanos y residentes legales que cuentan con la identificación del país, denominada ‘kennitala’. Este libro cuenta con informaciones que se remontan a los primeros asentamientos en la isla, hace aproximadamente 1.200 años.
El proyecto se creó con la colaboración de un laboratorio de investigación especializado en genética médica, deCODE; y el empresario informático islandés Friðrik Skúlason, y reúne todos los datos de registros que existen en el país: censos nacionales, datos de la Iglesia Nacional de Islandia, registros civiles de habitantes, libros históricos sobre las ocupaciones islandesas, listas nacionales de descendientes… entre otros.
 
Un trabajo muy laborioso que los gobiernos de la isla se empeñan en seguir manteniendo al servicio de los ciudadanos. La última iniciativa, muy bien acogida en la sociedad, ha sido una aplicación en Facebook para que los islandeses puedan acceder más fácilmente al libro y realizar una búsqueda más rápida de los datos que les interesen.
Según explica Margrét Hugadóttir, natural de Reikiavik y profesora de Ciencias Naturales en un instituto, esta base de datos “es única y tiene un gran valor para todos los islandeses” porque es la forma en la que muchos pueden encontrar sus raíces y ver de qué colonia procede su familia. Y es que muchas personas en Islandia tienen raíces extranjeras; como ella misma sin ir más lejos; y por su particular sistema de nombres, resulta difícil encontrar a más de cuatro descendientes directos. La demografía islandesa sufrió un golpe durísimo entre los siglos XVIII y XIX. Muchos huyeron de la isla debido a los colapsos en sus cultivos después de que en 1783 el volcán ‘Laki’ entrara en erupción.
Sus efectos fueron devastadores durante varios años que se conocieron como “Las Penurias de la Niebla”: más de la mitad de los animales murió y, como consecuencia de las posteriores hambrunas, un cuarto de la población aproximadamente falleció por inanición. A raíz del desastre, muchos supervivientes cruzaron el charco rumbo Estados Unidos y Canadá, mientras que otros se asentaron en países europeos vecinos.
La docente Margrét Hugadóttir explica que, efectivamente, la población más joven utiliza el Íslendingabók para encontrar a parientes desconocidos. “Yo tengo muchos familiares que se fueron a Canadá y al volver a su tierra natal las posteriores generaciones, nos encontramos gracias al libro”, cuenta a este diario.
Según la información de deCODE, la mayoría de los islandeses están relacionados en su 6ª y 8ª generación. No es de extrañar entrar a un bar en Reikiavik y ver cómo los jóvenes consultan en su smartphone el nombre de la persona con la que quieren ligar. Hugadóttir cuenta que muchos lo hacen por diversión, pero que es habitual mirarlo antes de tener un encuentro más íntimo con alguien.
 
Además de ver la relación directa entre familiares, el Íslendingabók contiene datos estadísticos de cada familia como su tamaño, los nombres más comunes o cuál es la persona más longeva. Una forma única de conocer realmente bien sus orígenes.
 
Paloma Esteban para El Confidencial

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Me voy al Faro...


— Eh. Que me voy a dar una vuelta.
— ¿A dónde?
— Por ahí.
 
Del que se va solo sabemos que vive en Santander y que coge la puerta sin idea de a qué lugar le llevarán sus pasos. Si resulta que es reincidente en esto de dar vueltas, casi seguro que se encaminará a la construcción blanca, esa que marca el fin de la tierra y el comienzo del azul profundo del Cantábrico; el faro de Cabo Mayor, la torre que corona uno de los salientes de la laberíntica península de la capital cántabra.
 
Aunque para llegar hay opciones motorizadas -el autobús 13 tiene parada cerca del pie del montículo sobre el que descansa el faro y existe un aparcamiento para los que decidan usar el coche-, lo suyo es llegar a la torre vigía caminando. Basta con empezar recorriendo la playa del Sardinero, el Sardi, para después emprender la magnífica subida al faro. A medio camino, sorprende una playa recortada entre los acantilados; Mataleñas. De apenas cien metros de arena y recogida, es una ventana al mar, esculpida en la roca año a año, una escalinata de piedra conduce a este menudo arenal, protegido del viento y cuya agua "está buenísima, ¡métete!", animan los conocedores del sitio.
 
Dependiendo del tiempo que toque, la torre tiene el poder de cambiar el ánimo del espectador. Con el cielo despejado, el faro parece un monolito de casi 90 metros salido de la campiña inglesa, alegre y prometedor. En esas ocasiones solo queda sentarse en las rocas que lo rodean y dejarse hipnotizar por el mar. Luego, mejor entre semana, hay que subirse a la cafetería del faro, la única que hay, y esperar a la puesta de sol. Si estamos solos nos podemos consolar con la compañía de unos sabrosísimos chipirones y enjugarlos con una cerveza. En compañía, claro está, son inevitables las fotos.
 
Si al subir la colina nos encontramos con las amenazantes nubes santanderinas, fieles vigilantes de la ciudad, la torre se nos mostrará oscura y cargada de magnetismo e historias. Una cuenta que durante la Guerra Civil, los republicanos despeñaron a algunos soldados golpistas por el acantilado. La atracción, por su parte, aumenta al acercarse a la base de la construcción. Ahí estaba la casa del farero que hoy en día se ha reconvertido en un centro de arte. Una muestra de obras del pintor Eduardo Sanz, acompañada de objetos recolectados durante años, todos relacionados con el mar y los faros entretendrán al visitante (abierto todos los días; entrada gratuita). Durante el paseo de vuelta uno piensa que podría haberse dado una vuelta por cualquier otra parte de la ciudad, pero que realmente el faro era el único destino posible.
 
Busca (y trata de acercarte ya que la maleza no lo pone fácil) una cabaña en la ladera de la colina del faro. En ella vive todo el año, o eso dicen, un amistoso grupo de hippies. (Yo eso nunca lo vi)