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Previsión del tiempo

miércoles, 18 de junio de 2014

Cuando vives en otro país

A punto de preparar nuestra tercera mudanza en pocos años, miro hacia atrás y sé que apretujar nuestra vida en una maleta y mudarnos a otro país fue una de las mejores decisiones que hemos tomado jamás. Porque cuando te marchas, cuando conviertes tu vida en viaje e incertidumbre, creces.
 
Te enfrentas a nuevos retos, descubres en ti facetas que desconocías, te sorprendes y te dejas sorprender por el mundo. Aprendes y amplías tus perspectivas. Desaprendes y, a base de algún golpe y unas cuantas lecciones, creces en humildad. Evolucionas. Añoras… y creas recuerdos que ya no te abandonarán. Si alguna vez has vivido o viajado durante una temporada lejos de casa, seguro que te sientes identificado con estas 17 cosas que cambian cuando vives en otro país.
 
1. La adrenalina no te abandona.
 
Desde el momento en el que decides marcharte, tu vida se convierte en un vaivén de emociones, de lo inesperado, de aprendizaje e improvisación. Los sentidos nunca duermen, y durante un tiempo destierras la palabra rutina de tu vocabulario para dejar paso a la adrenalina. Nuevos lugares, nuevas costumbres, nuevos retos, nuevas personas… La sensación de comenzar de cero debería asustarte, pero resulta adictiva.
 
2. Pero, a la vuelta… todo sigue igual.
 
Así que, cuando vuelves unos días al hogar, te sorprende que todo siga igual. Tu vida ha cambiado a un ritmo frenético, y llegas cargado de vivencias y con unos días de vacaciones por delante. Pero en casa todo transcurre a su ritmo habitual. Los demás siguen haciendo malabarismos con las obligaciones cotidianas, y comprendes… que la vida no se detiene para ti.
 
3. Te faltan, y te sobran, las palabras.
 
Cuando te preguntan cómo va todo, te cuesta encontrar palabras adecuadas. Luego, sin embargo, tienes que morderte la lengua porque a mitad de cada conversación te acuerdas de mil y una anécdotas y no quieres parecer pretencioso o agobiar a los demás con batallitas de «tu otro país».
 
4. Comprendes que la valentía está sobrevalorada.
 
Muchas personas te dirán que eres valiente, que también querrían marcharse, pero no se atreven. Y tú, aunque también tuviste miedo, sabes mejor que nunca que la valentía constituye, quizás, un 10% de las grandes decisiones. El 90% restante son las ganas. ¿Te apetece? Hazlo. Cuando damos el salto, ya no hay valientes ni cobardes: pase lo que pase, te enfrentas a ello.
 
5. Y, de repente, eres más libre.
 
Es probable que seas tan libre como antes, pero la sensación de libertad, ahora, es distinta. Si has escapado de la comodidad y has logrado que todo funcione a cientos de kilómetros de tu hogar, sientes que puedes hacer cualquier cosa.
 
6. Dejas de hablar un idioma en concreto.
 
Unas veces se te escapa una palabra en otro idioma; otras solo se te ocurre una manera de describir algo… con aquella expresión perfecta que no está en el idioma adecuado. Cuando convives con una lengua extranjera, aprendes y desaprendes a la vez. Mientras interiorizas referentes culturales e insultos en tu segunda lengua, te sorprendes esforzándote en leer en tu lengua materna para que no se oxide. Como cuando Homer fue a una cata de vinos y se le olvidó cómo conducir.
 
7. Aprendes a despedirte… y a disfrutar.
 
Pronto te das cuenta de que, ahora, muchas cosas y personas son de paso, y el valor de la mayoría de situaciones se relativiza. Perfeccionas el equilibro entre crear lazos y saber desprenderte de objetos y recuerdos: una lucha perpetua entre nostalgia y pragmatismo.
 
8. Vives con dos de todo.
 
Con dos tarjetas SIM (una de ellas repleta de teléfonos de todos los rincones del mundo), con dos carnés de la biblioteca, con dos cuentas bancarias, con dos tipos de moneda que siempre, no sabes cómo, acaban mezclándose cuando vas a pagar algo.
 
9. ¿Normal? ¿Qué es normal?
 
Vivir en otro país, como viajar, te enseña que «normal» significa social o culturalmente aceptado. Así que, cuando te sumerges en otra cultura y en otra sociedad, tu concepto de normalidad se resquebraja. Aprendes que hay otras formas de hacer las cosas y, al cabo de un tiempo, tú también adoptas aquella costumbre antes impensable. También te conoces mejor a ti mismo, porque descubres cuáles son las cosas en las que de verdad crees y cuáles, en cambio, son aprendidas.
 
10. Te conviertes en un turista en tu propia ciudad.
 
Aquella atracción turística que tal vez no hubieras visitado en tu país se suma a la lista de lugares que ver en tu nuevo hogar, y pronto te conviertes en un experto en la ciudad. Pero, cuando alguien viene de visita unos días y te pide recomendación, te cuesta escoger unas pocas actividades: si fuera por ti, ¡les recomendarías visitarlo todo!
 
11. Aprendes a ser paciente y a pedir ayuda.
 
En otro país, la tarea más sencilla puede convertirse en un reto. Tramitar papeles, encontrar la palabra adecuada, saber qué autobús tomar. Siempre hay momentos de desesperación, pero pronto te armas con más paciencia de la que nunca tuviste, y aceptas que pedir ayuda (en el autobús, en la calle, a tus conocidos) no solo es inevitable, sino muy sano.
 
12. El tiempo se mide en pequeños momentos.
 
Como si mirases desde la ventanilla de un coche en marcha, a lo lejos el tiempo parece transcurrir muy lento, mientras que de cerca los detalles pasan a velocidad de vértigo. Desde la distancia, te llegan noticias de cómo sigue la vida en casa: cumpleaños, personas que se van, fechas señaladas que te perderás… En cambio, en tu nuevo hogar, el día a día va muy deprisa. El concepto de tiempo se deforma tanto que aprendes a medirlo en pequeños momentos, ya sea en un Skype con los de siempre o en una cerveza con los nuevos.
 
13. La nostalgia te invade en el momento más inesperado.
 
Un alimento, una canción, un olor. Cualquier pequeñez basta para que, de repente, te inunde la añoranza. Echas de menos detalles que nunca imaginaste (que levante la mano quien haya atesorado un bote de tomate frito como si fuese el Anillo único), y darías lo que fuera para poder transportarte, un instante, a aquel lugar. O para poder compartir la sensación con alguien que te entienda…
 
14. Pero sabes que no es dónde, sino cuándo y cómo.
 
Aunque, en el fondo, sabes que no echas de menos un sitio, sino una extraña y mágica conjugación del lugar, el momento y las personas adecuadas. Aquel año en el que viajaste, compartiste tu vida con personas especiales, fuiste tan feliz. En cada lugar donde has vivido queda un pedacito de quien fuiste, pero a veces no basta con regresar a una ciudad para dejar de echarla de menos.
 
15. Cambias.
 
Leerás a menudo que hay viajes que cambian la vida. Y, a pesar de los clichés, vivir en otro país es un viaje que te cambiará profundamente. Sacudirá tus raíces, tus certezas y tus miedos. Vivir en Edimburgo nos cambió para siempre, en muchos sentidos, y si no fuera por aquel tiempo, hoy no estaríamos a punto de dar el siguiente paso en nuestras vidas. Quizás no lo creas antes, o no te des cuenta durante. Pero algún día, lo verás con una claridad pasmosa. Has evolucionado, tienes cicatrices, has vivido. Has cambiado.
 
16. El hogar cabe en una maleta.
 
Desde el momento en el que tu vida cabe en una maleta (o, si tienes suerte con tu aerolínea, en dos), lo que entendías por hogar deja de existir. Casi todo lo que puedes tocar con las manos es reemplazable; viajes adonde viajes, acumularás nueva ropa, nuevos libros, nuevas tazas. Pero llegará el día en el que, en tu nueva ciudad, te invada la sensación de estar en casa. El hogar es quien te acompaña, quien dejas atrás, son las calles donde transcurre tu vida. El hogar también son los objetos al azar que pueblan tu nuevo piso, aquellos de los que te desprenderás sin remordimientos cuando llegue el momento de marcharte. El hogar son los recuerdos, las conversaciones en la distancia con familia y amigos, un puñado de fotografías. Home is where the heart is.
 
17. Y… no hay vuelta atrás.
 
Ahora ya sabes lo que significa renunciar a la comodidad, comenzar desde el principio y maravillarte todos los días. Y el mundo es tan grande… ¿que cómo renunciar a seguir descubriéndolo?

martes, 17 de junio de 2014

¿Por qué somos infieles?


¿Por qué somos infieles? ¡Qué tremenda pregunta! Poetas, filósofos, psicólogos, antropólogos, sociólogos y hasta neurólogos se han dado a la tarea de intentar darle una respuesta.

Desde el punto de vista evolutivo, se suele explicar que los hombres están más predispuestos a la infidelidad porque ellos intentan dejar su semilla en la mayor cantidad de hembras posibles, para así transmitir su ADN; mientras que ellas una vez que quedan embarazadas no tienen necesidad de seguir buscando, ya que se han asegurado su descendencia. Con esta teoría también se intenta explicar que la mujer es menos proclive a tener affaires, ya que se queda en la cueva cuidando de la prole. Quizás esto nos permita entender el comportamiento de nuestros ancestros cavernícolas, pero no parece una explicación muy convincente para los hombres y mujeres del siglo XXI.

Entonces, ¿por qué somos infieles? Más allá de las respuestas evolutivas y biológicas, a continuación destaco las causas más comunes.

1) Para escapar de los problemas.

2) Por aburrimiento.

3) Porque estamos desencontrados sexualmente.

4) Porque nos sentimos desatendidos.

5) Porque ya no nos sentimos compatibles.

6) Porque nos enamoramos de otro, sin darnos cuenta…

7) Para evitar el divorcio.

8) Para sostener la actual pareja.

9) Para aumentar nuestro ego.

10) Por la crisis de la mediana edad.

11) Por venganza: “si él lo hizo, yo lo hago”.

12) Por adicción sexual.

Leído en: http://www.tipsmujer.com/12-razones-por-las-que-somos-infieles/

lunes, 16 de junio de 2014

Cinco actitudes inteligentes para encarar la vida

¿En qué piensas cuando escuchas que alguien es "inteligente?" ¿Evocas la imagen de una persona capaz de responder todos los cuestionarios de trivial y de obtener notas muy altas en los exámenes? Pues luego de los muchos descubrimientos que la ciencia ha realizado sobre el funcionamiento del cerebro y las capacidades cognitivas, han surgido nuevas e interesantes teorías sobre la inteligencia, sobre qué es realmente y sobre cómo la usamos.
 
Hoy podemos afirmar que la inteligencia no se encuentra ligada exclusiva y necesariamente con el hecho de ser intelectualmente “brillante”. Debemos aprender a ver a la inteligencia desde un punto de vista más integral, por lo cual ser realmente inteligente también implicaría aspectos tales como ser creativo, reflexivo, sensible e incluso humilde. Teniendo en cuenta este concepto bastante diferente al tradicional, podemos reflexionar sobre algunos rasgos comunes en la mayoría de estas personas, o por decirlo de otro modo, de qué manera encaran su existencia quienes se destacan del resto.
¿Cómo enfrentan la vida las personas inteligentes?
Primero: Aceptan que el fracaso es necesario para crecer, pero no permiten que un error les impida llegar a los logros que se han fijado. Los hábitos de las personas listas tienen mucho que ver con enfocarse en el presente. Aquellos que ponen la inteligencia a trabajar en su favor evitan repasar innecesariamente sus tropiezos pasados.
 
Segundo: Creen en el poder de la mente; conocen la necesidad de evitar los pensamientos negativos, pues saben que la negatividad atrae consecuencias desfavorables. No quiere decir que, por ello, no tengan problemas. La diferencia entre los más inteligentes y el resto es que los primeros enfrentan las dificultades, las resuelven y pasan a lo que sigue.
 
Tercero: No se preocupan por la opinión de los demás. Para llevar un estilo de vida así es necesario evitar prestar demasiada atención a lo que otros piensen de nosotros. La verdad es que nunca le daremos el gusto a todo el mundo, así que es mejor vivir adecuados a nuestras propias normas, ajustándonos a nuestra propia definición de éxito.
 
Cuarto: No pierden el tiempo. Las personas consideradas inteligentes han logrado establecer hábitos que les ayudan a trabajar de forma más eficaz sin tener que trabajar más. Un detalle muy importante: saben que cuando la mente está cansada, es inútil forzarla a lograr más. Toman un descanso cuando se sienten rebasados, lo que les ayuda a volver a su tarea con más fuerza y claridad.
 
Quinto: Evitan la soberbia y la ingratitud. Las personas verdaderamente inteligentes saben que tienen capacidades limitadas, al igual que todos los seres humanos. Consideran que su valor está en lo que son y no en lo que tienen y son conscientes de que solos no lograrían nada, lo cual los pone en sintonía con el resto de la humanidad. Las personas inteligentes colaboran con los demás y, a su vez, agradecen la colaboración, una pauta clave para la felicidad.
 
Una persona inteligente sabe lo poco que sabe, se ve a sí mismo como una pequeña pieza de un vasto mundo, pero también comprende que tiene un enorme potencial para hacer cosas grandiosas, pues su corazón y su mente no tienen límites.
Leído en:  http://lamenteesmaravillosa.com/cinco-actitudes-inteligentes-para-encarar-la-vida#sthash.ceBiEBZV.FSK2RFhk.dpuf

sábado, 14 de junio de 2014

La edad en una entrevista de trabajo

Las personas que buscan activamente empleo cada vez preparan más las entrevistas de trabajo para no desaprovechar las escasas oportunidades que en el actual contexto ofrece el mercado laboral. Muchas de las preguntas que utilizan los responsables de recursos humanos suelen repetirse, por lo que si las preparamos y se conoce bien la identidad corporativa de la empresa a la que optamos para un puesto de trabajo partiremos con una gran ventaja sobre los demás. Sin embargo, hay una pregunta que cada se realiza más, sencilla, pero determinante: la edad.
 
Preguntarnos cuántos años tenemos puede ser una intromisión casi discriminatoria que puede tener un impacto significativo en la decisión de la empresa, sobre todo cuando se trata de personas mayores de 40 o 50 años, un sector de la población con tantas dificultades para encontrar empleo. Asimismo, también tiene implicaciones para los más jóvenes, pues los empleadores pueden verse tentados a reducir el salario al futuro trabajador por una cuestión de edad.
 
Para evitar quedarnos en una respuesta superficial, la coach laboral especializada en búsqueda de empleo Lynn Taylor, autora de Tame Your Terrible Office Tyrant, ofrece una serie de claves que nos ayudarán a completar nuestro discurso y convencer al entrevistador independientemente de que “pequemos” de ser recién licenciados o estar al borde de la jubilación.
 
Respuestas para los mayores de 45
 
-“He estado trabajando durante x años, pero tengo la intención de seguir trabajando muchos más. En la mayoría de empresas por las que he pasado la diversidad de edades entre los trabajadores ha sido aprovechada como una ventaja, por lo que espero que aquí pueda aportar esa experiencia que he adquirido gracias a la interacción tanto con gente joven como mayor".
 
Ya sea por ser demasiado jóvenes o por ser demasiado mayores, decir nuestra edad en una entrevista de trabajo puede tener implicaciones negativas-“Obtuve mi título en el año x, pero desde entonces no he parado de ganar experiencia y de seguir formándome. Me entusiasma seguir aprendiendo día a día y contribuir con mis conocimientos al resto del equipo del que me rodee”.
 
-“Ciertamente tengo una edad que va en relación con mi experiencia. ¿Me pregunta mis años por una razón en particular que debería tener en cuenta? Me gustaría cumplir todos los requisitos exigidos para este trabajo".
 
-“¿Me pregunta esto porque le interesa saber cómo voy a aplicar mis habilidades y conocimientos? Le comento que tengo la confianza de que seré un gran activo para participar en los proyectos que usted ha mencionado. Mi logro más reciente es x y creo que beneficiarse a su empresa por x”.
 
Para los menores de 30
 
-“Si le preocupa mi nivel de experiencia, puede comprobar que desde el inicio de mi carrera universitaria me he centrado en este campo de especialización. Me gustaría exponerle algunos de los proyectos a los que he contribuido, con excelentes resultados, y que están directamente relacionados con este puesto de trabajo".
 
-“Hasta ahora mi juventud no ha sido ningún problema para los proyectos que venido desarrollando. Sin embargo, le aseguro que tengo confianza en mí mismo y en todo lo que puedo aportar a esta empresa. Quizá pueda orientarme mejor para que le explique cómo podría encajar mejor y satisfacer sus necesidades”.
 
Los diferentes tipos de respuesta que ofrece la coach tienen como denominador común la exaltación de las habilidades y las capacidades con las que pueden contribuir a la empresa. De este modo se sortean las posibles malas intenciones del entrevistador llevándolo al campo que más le interesa tanto al empleador como al potencial empleado. Como insiste Taylor, lo principal es mantener la calma y estar preparados para asumir este tipo de preguntas de la mejor forma posible.
 
Leído en: http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2014-05-19/las-respuestas-perfectas-si-en-una-entrevista-de-trabajo-te-preguntan-la-edad_130173/?utm_source=dlvr.it&utm_medium=facebook#

jueves, 12 de junio de 2014

Guía para ser bueno en el amor (para ellas)

“Los hombres son como el parchís, se comen una y cuentan veinte”, reza el popular y extendido dicho. Parece ser, a tenor de las quejas que muchas mujeres manifiestan sobre el desempeño de los hombres en el dormitorio, que apenas les ha cundido tan amplia experiencia. En un artículo publicado en Psychology Today, el profesor de la Escuela David Geffen de Medicina de la UCLA Billi Gordon asegura que, tras haber pedido su opinión a más de 200 mujeres, los hombres no terminan de entender lo que sus compañeras femeninas necesitan en la cama.
 
¿Cuáles son las quejas más habituales? Gordon las enumera: que terminan demasiado rápido, que no se preocupan lo suficiente por los juegos previos, tienen problemas de higiene (ay) y no son demasiado creativos. Pero, en general, todas las cuitas de las mujeres apuntan a una concepción bastante diferente de lo que realmente implica el acto sexual. Mientras que los hombres son más directos y prefieren ir al grano (y lo que no es el grano), por lo que son el público objetivo de la pornografía, las mujeres tienen una visión más erótica de las relaciones sexuales.
 
Ello implica que el guion del cortejo, seducción y posterior consumación tiene mucha más importancia para las mujeres que para los hombres. “No es una competición”, recuerda el autor de este blog. “Es su enfoque sobre el cumplimiento lo que, paradójicamente, pone nerviosos a los hombres. Son muy competitivos y, desgraciadamente, esta competitividad se lleva por delante sus vidas sexuales”. A continuación presentamos algunos detalles que todo hombre debería recordar antes de meterse en la cama (con una mujer, claro).
 
Haz que se sientan deseadas
 
La confianza es esencial en el sexo, y no únicamente la que tienen los miembros de la pareja entre sí, sino también la que una persona mantiene hacia sí misma (y eso puede aplicarse tanto a hombres como a mujeres). Según Debby Herbenick, una de las sexólogas más importantes de EEUU y autora de Great in Bed (Dorling Kindersley) junto a Grant Stoodard, sus estudios habían demostrado que “las mujeres que se sienten más a gusto con sus genitales lo disfrutan más, tienen más orgasmos y mantienen una actitud más positiva hacia el sexo”. En otras palabras, sentirse deseada (bella, atractiva y reconocida), y no un mero objeto al que se recurre para calmar los instintos más primarios, es esencial para mantener una vida sexual saludable.
 
Ve más allá de los puntos básicos
 
Los pezones, el clítoris o la vagina son los puntos fuertes de la sexualidad femenina y, conscientes de ello, los hombres se abalanzan sobre dichos puntos como si fuesen la llave que abre la puerta de la satisfacción de sus parejas. En realidad, no se trata de nada más que de atajos que exigen poco esfuerzo y que, a la larga, no dejan contento a nadie. Los muslos, el contorno de los pechos, el cuello, la espalda (u otras zonas inexploradas) también deberían ser objeto de las caricias del hombre.
 
No te apresures
 
Como toda buena historia, el coito debe tener un planteamiento, un nudo y un desenlace. Si dedicamos dos minutos a poner en marcha la acción, otros dos a desarrollarla y cinco minutos a terminar no estaremos contando más que una anécdota. La sexualidad femenina es menos física y más psicológica que la masculina, por lo que ir in crescendo, preocupándose por cada uno de los pasos que se dan, es esencial para garantizar el éxito amatorio.
 
No es un sprint, pero tampoco un maratón
 
Tan perjudicial puede ser darse demasiada prisa como ir lento, tan lento que terminemos provocando el sueño o el desinterés de la pareja. Como recuerda Madison Moore, algunos hombres se empeñan en mantener el carrusel de sensaciones durante tanto tiempo que el coito parece no terminarse nunca. Pongamos fin en algún momento, ya habrá tiempo para más. Lo poco agrada y lo mucho cansa (física y mentalmente).
 
No seas un cobarde
 
Durante el encuentro sexual, tanto hombres como mujeres adoptan diferentes roles, tanto de comportamiento como de dominación/sumisión, aunque no haya esposas ni látigos implicados en el asunto. Es decir, quién da el primer paso, quién dice a la otra persona qué hacer, etc. Aunque no debemos traspasar ciertos límites sin el beneplácito de nuestra pareja, una excesiva cortesía puede acabar con todo el morbo de la situación. Es decir, nada de “¿le importa que le desabroche el sujetador? Gracias”.
El sexo no es un proceso que sólo tiene como fin el orgasmo
 
Los hombres, en muchos casos, consideran que el sexo consiste en una sucesión de gestos y comportamientos que, bien ejecutados, nos llevarán a un único objetivo: el orgasmo. Pero se trata de una concepción anticuada, muy occidental, del acto sexual –ahí está el sexo tántrico para demostrarlo–. En realidad, cada paso tiene su importancia, y aunque el orgasmo sea el clímax del encuentro sexual, si no somos capaces de extraer placer de cada uno de los momentos del proceso, fracasaremos en nuestro intento.
 
Hay que mancharse las manos
 
Figurada y literalmente. O, en otras palabras, hay que currárselo un poco. El sexo es algo que cansa, que te hace sudar, que requiere cierto esfuerzo físico y confianza entre las dos personas para manifestar sus preferencias. Si no nos sentimos con ganas de hacer todo eso, es porque seguramente nuestro deseo no es lo suficientemente fuerte como para proporcionar una buena experiencia sexual a la otra persona, y lo notará.
 
Mantén la mente abierta
 
Cada persona tiene sus preferencias, así como una lista de cosas que no está dispuesta a hacer. Cuantas más abundantes sean estas últimas, más estrecho será el abanico de posibilidades que la cama nos ofrezca, por lo que es conveniente mantener la mente abierta, aprender continuamente y dejarse aconsejar. Un “no” como respuesta en el dormitorio puede dar lugar a una situación violenta. Mejor responder con un “quizá, ¿cómo lo hacemos?”
 
Aprende nuevas posiciones
 
Si te has quedado sin ideas, el Kamasutra te proporcionará unas cuantas decenas de posiciones alternativas, eso sí, no aptas para todos los cuerpos. Repetir las mismas costumbres sólo nos lleva a los mismos resultados, y si queremos escapar de la monotonía, se puede empezar por lo meramente físico y probar otras combinaciones. Quizá no quieras repetir, pero al menos, te acostarás –perdón, te dormirás– sabiendo una cosa más.
 
Aprende las palabras correctas
 
Debido a que la sexualidad femenina es más sugerente que explícita, la palabra ocupa un interesante lugar en la cosmogonía de elementos que configuran la fantasía sexual de una mujer. No se trata de repetir esos lugares comunes que muchos hombres han aprendido de la pornografía, sino de pronunciar las palabras correctas que pueden disparar la excitación femenina, y que sólo conoceremos si entendemos lo suficiente a la otra persona. Sin embargo, si no somos muy duchos con el lenguaje, es preferible callar antes de pifiarla.

miércoles, 11 de junio de 2014

El club de la uniceja

Con oportunismo cortesano y un gusto más que discutible, un grupo de músicos, cineastas, actores e intelectuales de izquierdas apoyó la campaña de Rodríguez Zapatero enarbolando un gesto de marketing que consistía en calibrar un catalejo de mentirijillas, como el que guiña falsamente un ojo, mira para otro lado o hace la vista gorda. Tres acciones que, por otra parte, definen muy bien la acción de gobierno del señor Rodríguez.
Estaban, entre otros, Víctor Manuel, Ana Belén, Almodóvar, Joaquín Sabina, Miguel Ríos, en fin, buena parte de la gente que me hizo amar la música clásica europea, el rock sinfónico inglés y el cine clásico estadounidense, maniobra por la cual les estaré eternamente agradecido. A lo mejor fue por eso, aparte de por las diferencias ideológicas, que la derecha rancia (disculpen el pleonasmo, porque en España no hay otra) y la feroz prensa de la caverna se lanzó contra ellos ladrando insultos tan modernos e imaginativos como “artistas” o “titiriteros”.
En un derroche de ingenio, hasta se les ocurrió etiquetarlos en un tarro que los englobaba a todos: “el club de la ceja”.  Al autor, este esfuerzo bautismal probablemente le costara una apoplejía. Para no repetir semejante coro de aduladores, el PP siempre se ha distinguido por nutrir sus filas de auténticas estrellas de la alta cultura: Bertín Osborne, Francisco, Norma Duval, Cristina Tárrega, Arturo Fernández, Julio Iglesias o José Luis Moreno. Faltan, en efecto, algunos nombres esenciales que, por una u otra razón, no pudieron acudir a festejar sus mitines. Paco Martínez Soria porque ya no estaba disponible o Fernando Esteso, cuyo humor resulta demasiado fino para los cánones chanantes de Cospedal, Wert y Montoro.
A pesar del éxodo de cerebros que desertiza las aulas y tabernas españolas, la viga maestra del pensamiento patrio sigue fiel a los valores tradicionales. Leticia Sabater, una de sus intelectuales de referencia, protagonizó hace poco un debate donde creyó que estaba invitada a un festival en Corea del Norte porque confundió al auténtico Kim Jong-un con su doble en twitter. Más o menos por las mismas fechas, el gran filósofo católico Rouco Varela aprovechó el funeral de Suárez para expectorar una conferencia sobre el riesgo inminente de guerra civil donde, más que sentar cátedra de historia, la puso firmes.
Sin embargo, todas esas eminencias del arte y el pensamiento palidecen ante la reciente incorporación a las filas peperas de Kiko Rivera, alias Paquirrín, quien nunca tuvo el menor empacho en confesar sus simpatías políticas: “Voto al PP no por nada, sino porque no me gusta lo que ha hecho el PSOE”. Una declaración de principios que podrían suscribir punto por punto la práctica totalidad de los simpatizantes del PP salvo, quizá, Monchito, Macario, Marhuenda y el cuervo Rockefeller. A partir de ahora, siempre que surja el misterio de dónde reside el caladero de votos de la derecha, habrá que recordar esta sentencia de Paquirrín, un hombre que, según confesión propia, no lee periódicos ni libros, pero que seguramente pronto nos deleitará con uno. La culpa, como siempre, es de Zapatero.
David Torres en Punto de Fisión para Público.es