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sábado, 19 de abril de 2014

Gran Hermano en el supermercado

Asociamos la compra en el supermercado a modernidad, autonomía, libre elección, pero hay pocos lugares en el mundo, que formen parte de nuestra vida cotidiana, tan controlados y monitoreados como dichos establecimientos. Tras nuestra adquisición, aunque no lo parezca, hay mucho en juego. De aquí que en un supermercado nada queda al azar. Todo está pensado para que compremos, y cuanto más mejor.
Llegamos al ‘súper’ y unos carteles, en general de colores claros, nos dan la bienvenida animándonos a entrar, a menudo acompañados de ofertas reclamo que anuncian precios muy baratos. Cogemos el carrito de la compra, tan grande que mucho hay que llenarlo para que no parezca vacío, y empezamos la búsqueda de lo que necesitamos por innumerables pasillos con estanterías rebosantes de productos. El carro por más que lo lleves recto siempre gira de cara al estante y allí ves, como quien no quiere la cosa, un nuevo artículo que no esperabas y lo sumas al pedido.
Necesitas leche y yogures y toca atravesar todo el centro comercial para conseguirlos. ¿Por qué pondrán siempre lo que más te hace falta al final del establecimiento? De camino, un hilo de música con ritmo suena de fondo, ni lo escuchas pero allí está animándote a comprar. Miras precios y no entiendes porqué nunca los importes son redondos, siempre acaban con decimales, haciendo muy difícil la comparación entre unos y otros. Suerte que te fijas en todos aquellos que acaban en 9, y así ahorras un poco. Aunque, tal vez, tampoco haya tanta diferencia entre pagar un céntimo más o menos. Eso sí, el producto parece más barato.
Toca pararse, dos carritos con gente comprando en medio. Y me pregunto, ¿por qué harán los pasillos tan estrechos? En fin. Aprovecho para mirar a un estante y a otro y allí está esa bolsa de patatas fritas que no me conviene mirándome de frente. Va, no vendrá de aquí… ¡al carro! Avanzo ahora buscando el paquete de arroz que necesito pero ya lo han cambiado otra vez de lugar. No entiendo por qué cada x tiempo mueven los productos de sitio. Cuando ya me sé la ruta de memoria, me toca, de nuevo, dar mil vueltas antes de encontrar lo que necesito. Eso sí, al reaprender el camino descubro nuevos productos con los que antes ni me había fijado.
Sólo me queda coger el detergente. En la droguería y a la altura de los ojos veo esa marca que dicen por la tele deja la ropa tan limpia. Tomo el envase y, por casualidad, miro el precio… ¡qué caro! Devuelvo la unidad. Observo arriba y abajo en la estantería y allí encuentro otra marca menos conocida pero más económica. Me agacho y la agarro. ¿Por qué la pondrán en un lugar más difícil de coger? Llega el momento de pasar por caja. En la cola y aburrida por la espera veo esos chocolates, caramelos, golosinas… y a solo un palmo. Imposible decir “no”. Venga, un día es un día, a la cesta.
Analizando mi “recorrido”, me planteo ¿cuántas cosas he comprado que no necesitaba? ¿He adquirido los productos que me interesaban? Se calcula que entre un 25% y un 55% de nuestra compra es compulsiva, fruto de estímulos externos. Lo metemos en el carro aunque no nos haga falta. Y al pasar ante una estantería, un 20% compramos antes la marca que se encuentra a la altura de los ojos que otra cualquiera, sólo por comodidad, aunque esas otras sean más baratas. Sin ser conscientes, somos conejillos de indias en un gran laboratorio llamado ‘súper’.
Nuestros movimientos en un supermercado nunca pasan desapercibidos, una cámara u otra, colocada aquí o allá, lo registra. Pero, ¿qué se hace con esas imágenes? ¿Sabemos cuándo nos están grabando? ¿Podemos acceder a esas filmaciones? El profesor Andrew Clement de la Universidad de Toronto y fundador del Instituto de Identidad, Privacidad y Seguridad señala nuestra indefensión ante estas prácticas. Según un estudio llevado a cabo por su equipo en Canadá, ninguna de las cámaras colocadas en los mayores centros comerciales canadienses cumplía los requisitos de señalización a los que obligaba la Ley. Aquí, en Europa, la polémica, también, está servida. No tenemos ni idea de qué ni cómo ni cuándo graban ni qué hacen con las imágenes.
La cadena de supermercados Lidl protagonizó uno de los mayores escándalos cuando, en marzo del 2008, se descubrió que espiaba sistemáticamente a sus trabajadores en varios establecimientos de Alemania mediante mini-cámaras colocadas en lugares estratégicos. Cada lunes, según destapó el semanario alemán Stern, un equipo de detectives instalaba entre cinco y diez cámaras a petición de su dirección con el pretexto de evitar robos. Sin embargo, dichas cámaras servían para controlar a los trabajadores, grabar sus conversaciones y elaborar detallados perfiles personales. No se trata de un caso aislado. Su competidora Aldi fue acusada, en marzo del 2013, de espiar a sus empleados en varios supermercados de Alemania y Suiza mediante cámaras ocultas, según filtró la revista alemana Spiegel.
Aquí, la Agencia Española de Protección de Datos abrió un proceso sancionador a Alcampo por espiar a sus trabajadores. A finales del 2007, Alcampo instaló en secreto en un hipermercado de Ferrol tres cámaras ocultas en espacios reservados al personal. Semanas después, utilizó el contenido de dichas cintas para  despedir a un empleado y sancionar a otros once.
Los consumidores somos, también, objeto de voyeurismo. Lo último, lo estrenó la cadena de supermercados Tesco, a finales del 2013, en Gran Bretaña. La empresa instaló en 450 gasolineras pequeñas cámaras con el objetivo de escanear el rostro de sus clientes en la cola del establecimiento a fin de detectar su edad y sexo y ofrecerles la publicidad más acorde a sus perfiles. La película de ciencia ficción ‘Minority Report’ de Steven Spielberg hecha realidad, aunque los anuncios personalizados a partir de la lectura de la retina, como salía en el film, parece no tendrán que esperar al 2054.
“¿Tiene tarjeta cliente?”, ya es un ritual que nos lo pregunten al pasar por caja. Y si no la tienes, nos ofrecen un mar de ventajas, descuentos y recompensas tras la misma. De este modo, corremos a rellenar el formulario, apuntando todos nuestros datos, sin apenas leer lo que firmamos, para poder acceder cuanto antes a tan fantásticas promociones. Sin embargo, ¿qué sucede con la información que damos? ¿Quién la usa? ¿Para qué fines? Esto es algo que no nos cuentan al registrarnos.
Los supermercados son los reyes de las tarjetas de fidelización. Nos ofrecen regalos, descuentos, puntos… si una vez y otra y otra y otra pasamos por su caja. Más allá de contar con nuestra fidelidad, las empresas de la gran distribución buscan, mediante estas tarjetas cliente, conocerlo todo o casi todo de nuestra vida privada: quiénes somos, qué edad tenemos, estado civil, preferencias, hobbies. Al margen de lo que dice la ficha que rellenamos, las compras periódicas que realizamos quedan, a partir de entonces, registradas para siempre en nuestro archivo: si nos gusta o no el chocolate, si preferimos la carne al pescado, qué café, pastas, bebidas, conservas, verduras… tomamos. Lo saben todo.
Las compañías almacenan estos datos y los utilizan vía marketing para mejorar sus ventas. Así, conocen quién consume qué y cuándo, pudiendo realizar exhaustivos perfiles de sus compradores. A partir de ese momento, nos ofrecen todo aquello que “necesitamos” y lo compramos encantados. Nuestra vida privada en manos de las empresas se convierte en una nueva fuente de negocio. Nosotros, ni nos enteramos.
Dicen que comprar en el supermercado del futuro será más práctico, cómodo, ágil, rápido y no tendremos que hacer colas ni pasar por caja. Todo, gracias, entre otros, a la tecnología de identificación por radiofrecuencia o etiquetas RFID. Unas etiquetas que contienen un microchip y que registran información detallada sobre la “vida” del producto en el que se encuentran. Son como un número de serie único que almacena y emite, a través de una antena, datos específicos sobre ese artículo.
Así, en un futuro no tan lejano, parece, podremos entrar en un supermercado, coger un carrito de la compra “inteligente”, cargarle en su base de datos la lista de la compra, dejar que nos guie al encuentro de dichos productos, darnos información sobre los mismos e ir calculando el total que llevamos gastado. Y al salir, no será necesario pasar por caja, al llevar cada producto una de estas etiquetas incorporadas, una antena receptora los identificará y el total nos será cargado directamente en nuestra cuenta… y sin hacer colas. ¿Qué más podemos pedir?
El problema reside, como han señalado grupos de consumidores en Estados Unidos, como CASPIAN (Consumidores contra la Invasión de la Privacidad de los Supermercados) y EPIC (Centro de Información sobre Privacidad Electrónica), en el control que estos sistemas ejercen sobre las personas. Nadie evita, por ejemplo, que dichas etiquetas puedan continuar acumulando información una vez fuera del supermercado, siguiendo cada uno de los pasos de los productos y de nosotros como consumidores.
Hoy, encontramos estas etiquetas RFID en algunos productos de los supermercados, las cuales conviven con los tradicionales códigos de barras. Su coste, sin embargo, limita de momento y en parte una mayor generalización. Aunque, según el Instituto Nacional de Tecnologías de la Comunicación y la Agencia Española de Protección de Datos cada vez es más frecuente encontrarlas en el etiquetado de prendas de ropa y calzado así como en sistemas para la identificación de mascotas, tarjetas de transporte, pago automático en peajes, pasaportes, entre otros, poniendo en riesgo nuestra privacidad.
Nos quieren hacer creer que los centros comerciales son sinónimo de libertad. Ahora, Caprabo apela, en su publicidad, al “librecomprador” que llevamos dentro. “Te lo damos todo para que seas libre de escoger lo que más te gusta”, dice. Sin embargo, la libertad de escoger no está en el supermercado sino fuera de él.
Esther Vivas (Se cuecen habas) en Público.es

viernes, 18 de abril de 2014

Las diez frutas que más beneficios pueden proporcionar a tu salud


Una pastilla para la bajar tensión, otra para contralar el colesterol, otra para reducir el ácido úrico, otra para  el dolor de cabeza… y como no, un protector gástrico siempre a mano. La sobremedicación es cada vez más común. Aunque no siempre es evitable, sobre todo si no se previene mediante hábitos de vida saludable, sí es posible, en muchas situaciones, reducir el exceso de fármacos que ingerimos. La fruta es uno de esos alimentos con propiedades curativas que pueden ayudarnos tanto en la fase preventiva como en la de tratamiento de ciertas dolencias. Cada una cuenta con sus propias características y beneficios medicinales, que es preciso conocer para variar la alimentación en función de nuestro estado de salud.
 
1. Cerezas: ácido úrico
 
Esta pequeña fruta rica en vitaminas A, B, C, E, K, además de ser una fuente de hierro, calcio, magnesio, potasio y azufre reporta numerosos beneficios para la salud. Contiene nutrientes esenciales que combaten las inflamaciones, las infecciones y hasta el cáncer. Esto último se debe a que, según recientes estudios, el ácido elágico y las quercetina que contienen las cerezas ayudan a frenar el crecimiento y la propagación de los tumores sin causar daños a las células sanas.
 
Su consumo regular permite reducir de manera significativa los niveles de ácido úrico, gracias a su alto contenido en antocianinas, por lo que previene la gota. Además, se han demostrado también sus beneficios para el corazón, el colon y otros órganos del cuerpo.
 
2. Kiwi: problemas respiratorios y colesterol
 
La mezcla de minerales, vitaminas y, sobre todo, fitonutrientes, hace de los kiwis un alimento protector contra las enfermedades respiratorias, además de las patologías cardiacas. Sus propiedades también son beneficiosas para mejorar la salud cardiovascular, regular la presión arterial y reducir los niveles de colesterol.
 
El kiwi está considerado un superalimento debido a su alto contenido en vitamina C, fibra, potasio y antioxidantes. Por tanto, para maximizar sus beneficios es recomendable consumirlo maduro, ya que así contará con mayores cantidades de antioxidantes, que mejoran sus efectos saludables.
 
3. Fresas: tensión
 
La ingesta de unas cinco o seis fresas al día es suficiente para cubrir la dosis diaria recomendada de vitamina C, lo que reducirá enormemente el riesgo de desarrollar distintos tipos de cáncer, como el de mama y estómago. Otro de sus beneficios es que ayudan a reducir la tensión arterial y garantizan la salud cardiovascular.
 
4. Arándanos: infecciones y diarreas
 
Estos saludables frutos representan una fuente inagotable de nutrientes esenciales y compuestos como los ácidos fenólicos y los flavonoides que estimulan el sistema inmune. Diversos estudios han señalado su capacidad para mejorar la resistencia contra los microorganismos que causan infecciones bacterianas o fúngicas. Debido a sus taninos, tiene propiedades antidiarréicas.
 
5. Granada: quemaduras solares y envejecimiento de la piel
 
Las semillas de esta fruta ayudan a proteger la dermis y la epidermis, mediante la regeneración de las células de la piel, por lo que están indicadas para tratar quemaduras solares e incluso para acelerar el ritmo de curación de una herida. Las granadas son muy nutritivas por lo que su consumo diario también ralentiza el envejecimiento de la piel, protegiendo contra las arrugas, las manchas causadas por el sol o los nocivos efectos de los rayos uva.
 
6. Sandía: accidentes cerebrovascualares
 
Refrescantes y nutritivas, las sandías también ofrecen beneficios para el cuidado de la piel, al igual que las granadas. Además, contiene un tipo de aminoácido que favorece la dilatación de los vasos sanguíneos, ayudando a reducir la tensión y previniendo los accidentes cerebrovasculares y ataques al corazón. Por otra parte, hay que señalar que son una excelente fuente de licopeno, un beneficioso antioxidante.
 
7. Pomelo: cáncer de pulmón
 
Una rica fuente de vitaminas, antioxidantes y flavonoides que ofrecen una protección natural contra el cáncer de pulmón, además de proteger la vista y la piel. El pomelo también es un alimento estrella en las dietas que permite reducir el peso de forma eficaz y sin castigar el organismo.
 
8. Papaya: molestias estomacales
 
Esta fruta tropical contiene papaína, un tipo de enzima proteolítica que ayuda a la buena digestión. Su alta cantidad de enzimas digestivas, la hace recomendable para las personas con trastornos pancreáticos y fibrosis quística, pues protege de las dolencias estomacales. Sus proteínas, tales como la papaína, reducen la inflamación y aceleran la curación de quemaduras y heridas.
 
9.Bayas de saúco: cogestión nasal, tos y gripe
 
Sus propiedades ofrecen beneficios para la salud en general, aunque particularmente son muy buenas para cuidar el sistema respiratorio. Desde hace siglos, las bayas de saúco han sido utilizadas para tratar la gripe, la tos o la congestión nasal. Por otra parte, sus efectos diuréticos ayudan a controlar el peso.
 
10. Piña: diversos tipos de cáncer
 
Cuenta con un alto contenido en bromelina, una enzima que ayuda a combatir las células cancerígenas y diversos tipos de infecciones. Asimismo, ayuda a metabolizar los alimentos, por lo que tiene propiedades diuréticas.

Leído en El Confidencial
http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2014-03-31/las-diez-frutas-que-mas-beneficios-pueden-proporcionar-a-tu-salud_108011/?utm_source=dlvr.it&utm_medium=facebook

jueves, 17 de abril de 2014

Carta a mí mismo

Estimado Amigo:
Me llamo amigo, porque eso es lo que quiero ser conmigo mismo ahora. Por mucho tiempo yo fui mi peor enemigo, de hecho, fui mi... único enemigo. Fui yo el que permitió que el miedo dominará mi vida. Fui yo el que se aferro a las penas del pasado para llenar mi presente de sufrimiento. Era mi propia voz la que escuchaba en mi cabeza y que me convencía de no merecer lo bueno y que me hacia sentir menos que los demás.
Fui yo mismo el que me llene de inseguridades y dudas, de celos y resentimientos. Fui yo mismo el que me juzgue y me critique en todo lo que hacia. Yo mismo afecte mi salud y mi bienestar y fui yo mismo el responsable de los problemas en mi vida. En mi estaba la solución y en mi estaban todas las respuestas.
Fui yo mismo el acusado, el juez y el verdugo de mi propia vida. Yo mismo dicte las sentencias y yo mismo me impuse castigos. Y, sin embargo…
HOY ME PERDONO TODO, porque me doy cuenta que siempre hice lo mejor que pude. Comprendí que fui un ser sensible y vulnerable y como yo son todos los seres humanos y que las experiencias de mi vida moldearon mi personalidad, hoy rechazo la culpa que siento por mis errores ya que en nada ayuda y nada soluciona.
Aprendí tarde, que era yo capaz de cambiar mi vida a pesar de mis heridas y de las situaciones que me rodearon. Tarde comprendí que era yo mi propio dueño, que mis pensamientos moldearon mi existencia, que no era un esclavo de las circunstancias y que en mi estaba el poder de mejorar, de cambiar y de vivir en armonía.
Puedo ver ahora que mi vida fue maravillosa a pesar de las perdidas y heridas que todos compartimos. Agradezco la oportunidad que tuve de ver, de oír , de sentir, de saborear, la oportunidad de compartir con otros mi vida y la oportunidad de amar a mis semejantes.
Hoy me deshago de viejos resentimientos hacia otros y hacia mi mismo.
Hoy rompo las cadenas con las que yo mismo me ate.
Hoy me libero del miedo y de la culpa.
Hoy me perdono por todos mis errores.
Hoy admito que nadie tiene control sobre mis pensamientos.
Hoy admito que nadie tiene control sobre mis sentimientos.
Hoy me libero de todas mis heridas.
Hoy es un buen día para …. VIVIR.
Me quiero… Atentamente La persona más importante de mi vida
YO.

miércoles, 16 de abril de 2014

Leyenda urbana


Se está hablando tanto del libro de Pilar Urbano antes incluso de que lo publiquen que corre el riesgo de que le pase lo mismo que al Quijote después de publicado: que han transcurrido cuatro siglos, todo el mundo lo conoce y todavía no se lo ha leído ni Cristo. Le he pedido a la editorial Planeta que me haga una campaña de promoción similar con mi novela y me han respondido que no tienen potestad para resucitar a Gila y luego fusilarlo bien. Según la versión que corre libremente por los mentideros, del golpe de estado del 23F estaban enterados el rey, Felipe González, Carrillo, los bedeles, prácticamente España entera excepto Tejero, que llegó al Congreso igual que Woody Allen el día aquel en que suspendieron la fuga general y se quedó solo en el patio vacilando a los guardias con una pistola de jabón.

Por primera vez en muchos años un libro de periodismo logra agitar el patio sin que le haya hecho falta ni un prólogo de Belén Esteban ni un epílogo de Marhuenda. Y eso que la teoría que maneja la conoce toda la profesión prácticamente desde el momento en que Tejero se desabrochó la cartuchera y la guardia civil se puso a alicatar el techo del parlamento. En el bar cercano al Congreso donde Escudier me lleva de vez en cuando a practicar la barra libre (el mismo donde tapean todos los periodistas, políticos, ujieres y camareros metidos en el ajo), la Leyenda Urbana ya la rebozaban el mismo 23F por la noche junto a las croquetas. Durante estas cuatro décadas la historia ha corrido de boca en boca más rápido aun que el perro de Ricky Martin.

Sin embargo, la distancia entre la letra escrita y la literatura oral sigue siendo enorme. La primera reacción de la crítica al libro sobre Suárez ha sido unánime: antes (o después) de leerlo, el teniente general Andrés Casinello ha dicho que el libro está escrito por una histérica con afán de protagonismo y que es infame y nauseabundo. Lo cual, teniendo en cuenta que quien habla fue jefe de inteligencia de la Guardia Civil por aquel entonces, debería ir como recomendación en la faja de sucesivas ediciones. Algo parecido ocurre con otro de los secundarios de La gran desmemoria, Felipe González, que llama a Pilar Urbano “periodista desprestigiada con credibilidad bajo cero”, otra frase de faja que, cambiando el oficio de periodista por el de peluquero de bonsais, también podía servir de autorretrato.

Con todo, el gran espaldarazo al libro ha venido impulsado por Gallardón, que se ha apresurado a aforar a la Familia Real en bloque, un golpe reflejo que nos ha dejado estupefactos a todos, especialmente a los jueces, que creían que éstos ya venían aforados de fábrica. Gracias a la Leyenda Urbana nos hemos enterado de que hay en España lo menos diez mil aforados, no necesariamente borbones, y todavía nos extraña que Esperanza Aguirre en lugar de derribar una moto, no atracase un banco. Le he preguntado a mi amigo, el abogado Ricardo Ruiz, si podrían aforarme también a mí pero me ha dicho que ya han cerrado el cupo.

David Torres (Punto de Fisión)
en Público.es

martes, 15 de abril de 2014

Dieta basada en jamón ibérico y vino tinto

Con la llegada del mes de abril y el buen tiempo, también llega el momento de empezar con la conocida «operación bikini» y buscar la dieta perfecta para ponernos en forma y poder lucir «tipo» de cara al verano. Y dieta siempre ha sido sinónimo de pasar hambre y sufrimiento. Lo primero de lo que podíamos olvidarnos era de las bebidas alcohólicas y los productos derivados del cerdo. Hasta ahora.
 
El doctor Rubén Bravo, naturópata experto en Nutrición del Instituto Médico Europeo de la Obesidad, ha elaborado una dieta basada en el jamón ibérico y el vino tinto «buena para el paladar y buena para el corazón», que permite perder entre 4 y 6 kilos en 4 semanas, dependiendo de la composición corporal, sexo y la actividad física de la persona pero lo más importante es «que van a comer variado y que todos los días van a tomar vino y jamón».
 
La idea surgió porque, con el día a día de ver pacientes «te das cuenta de que muchos de ellos y, sobre todo, en nuestra sociedad que se sale a comer o a tomar algo para celebrar cualquier cosa», la gente necesita una dieta con la que no tenga «la sensación de estar a dieta» y procedió a desarrollar una dieta que «no fuera estricta, que se pudiera hacer tanto fuera como dentro de casa, que estuviera llena de platos deliciosos y que, a la vez, permitiera bajar de peso, fuera equilibrada y buena para la salud».
Las bondades del vino tinto y el jamón ibérico
 
Tomados con moderación y dentro de una tabla de alimentos compatibles, el jamón ibérico y el vino tinto son dos productos que, más allá de su sabor, tienen otras muchas cualidades beneficiosas para el corazón por su efecto cardiovascular «previenen enfermedades y favorecen que los factores de medición de algunas enfermedades mejores», destaca Rubén Bravo.
 
El vino tinto «puede reducir considerablemente el riesgo de enfermedad coronaria, arterioesclerosis, Alzheimer o demencia senil», además de su «capacidad de retrasar el envejecimiento celular del organismo», por lo que durante miles de años se le ha atribuido los efectos de elixir de larga vida. El consumo moderado de vino junto con alimentos produce una «ligera disminución de la presión arterial y del sistema nervioso central» lo que acaba produciendo cierta sensación de somnolencia y relajación, «muy indicada en aquellas personas con insomnio o exceso de estrés».
 
Además el vino favorece que comamos más despacio porque «normalmente se degusta más que, por ejemplo, una cerveza que se bebe más rápido y no se saborea tanto».
 
El tinto es mejor que el vino blanco porque «sus propiedades saludables son superiores» y que le son conferidas al utilizar la piel en el proceso de elaboración del tinto, donde se encuentran los taninos y los antioxidantes.
 
Según algunos estudios, 9 de cada 10 españoles acostumbran a comer jamón ibérico en el hogar. Los momentos de consumo más habituales para este producto son el aperitivo y la cena, ya que suele asociarse a un entorno distendido. Unas cuantas lonchas al día de este producto son la «fuente perfecta de hierro y vitaminas del grupo B», tan necesarias para el «correcto funcionamiento del sistema nervioso, el cerebro y para mantener la masa muscular».
 
Según los estudios del profesor José E. Campillo de la Facultad de Medicina de la Universidad de Extremadura, comer diariamente 120 gramos de jamón diariamente «disminuye significativamente el colesterol y los triglicéridos» gracias a su bajo contenido en grasas saturadas, un alto contenido en ácidos grasos monoinsaturados y una tasa de colesterol inferior a la de carnes magras como la del pollo o el pavo o la de algunos pescados como la merluza o el bacalao.
 
El jamón de bellota es la mejor opción entre los ibéricos, ya que es un alimento bajo en grasas insaludables, con un complejo vitamínico muy elevado y con un 50% más de proteínas de alta biodisponibilidad que el resto de carnes frescas.
 
Una dieta que se adapta al estilo de vida actual
 
Según la Federación Española del Vino y un estudio monográfico sobre carne y embutidos del Ministerio de Medio Ambiente, un español consume una media de 3,2 kilogramos y de jamón y 21 litros de vino al año por lo que prohibir la ingesta de estos alimentos, tan presentes en los actos sociales, acaba llevando al «rechazo de la dieta», a dejarla antes de tiempo o, incluso, a un posterior -y nada deseado- «efecto rebote».
 
En cambio, asegura el doctor Bravo, «si se sigue un régimen que gusta y no aburre donde la comida es variada y destaca por su sabor, textura, aspecto, olor» y, sobre todo, que nos permite «disfrutar de nuestra vida social, es mucho más probable que ésta se lleve a cabo con éxito». Según el doctor, la intención era adaptar la dieta al «estilo de vida actual en la ciudad», donde se sale mucho a comer fuera, se llega con pocas ganar de cocinar por la noche a casa o se come demasiado rápido «por eso son pequeños platitos por la noche pero muy variados y con muchas opciones».
 
Cada alimento está elegido y puesto en diferentes momentos del día para «corregir determinados comportamientos que hemos detectado en los habitantes de las ciudades que les generan problemas de peso, de sueño, estrés, humor...».
 
¿En qué consiste?
 
Pero lo más importante ¿en qué consiste esta dieta «delicatessen»? «Lo rico no tiene porqué engordar», desvela el doctor Bravo a ABC.es.
 
Lo que intentan demostrar con esta dieta es que todos los días incluye vino tinto y jamón ibérico, junto a una gran variedad de alimentos nacionales preparados en su mayoría de manera tradicional. Además, se hace diferenciación entre los menús de los días de la semana y los fines de semana porque «los pacientes nos piden platos más sabrosos y más ricos para poder disfrutar el fin de semana».
 
El doctor Bravo recomienda seguir ese refrán español que tan bien se adapta a las últimas tendencias de la bionutrición: «desayunar como un rey, comer como un príncipe y cenar como un méndigo». Esto se explica porque el «metabolismo empieza a activarse a partir de las 5 o 6 de la mañana» y a partir de las 5-6 de la tarde el cuerpo empieza a «desactivarse» por eso concentran los alimentos que «aportan más energía -hidratos de carbono y ciertas grasas- en el primer periodo del día» y alimentos que aportan menos energía pero que tienen un «mayor poder estructural en cuanto el sistema inmunitario» por la noche lo que da vitalidad por el día y el descanso por la noche.
 
El desayuno incluye pan y jamón (hasta dos lonchas), fruta (excepto el plátano, el mango y el melón porque son las que tiene más calorias). El café se debe tomar sólo o con leche desnatada. Aunque los deportistas pueden añadir una tortilla francesa de un huevo y las claras de otros dos.
 
En la comida destacan las verduras cocinadas de forma variada acompañadas de un plato principal consistente en pescado o carne de ave o de ternera o incluso carne magra de cerdo al horno o a la plancha. Una vez a la semana, se puede disfrutar de un guiso como el cocido o la fabada pero desgrasada.
 
En la cena no puede faltar un tazón de caldo de pollo, de verduras o de puchero y dos lonchas de jamón ibérico además de un poco de carne o pescado, entre 80 y 150 gramos y de postre una onza de chocolate negro puro. ¿Qué mejor forma de terminar la primera semana de la dieta con un platito de pulpo a la gallega, acompañado de jamón y un tazón de caldo de verduras?
 
No conviene olvidarse de tomar un tentempié a media mañana y media tarde. A media mañana basta con una pieza de fruta y un par de nueces mientras que, por la tarde, se puede incluir un café descafeinado (solo o con leche desnatada) o una infusión, un yogur desnatado y un par de nueces. Sin embargo, los deportistas deben realizar una merienda más consistente en la que incluyan un yogur desnatado, un biscote integral con tomate triturado y dos lonchas de jamón, además de un par de nueces.
 
El pan queda limitado al desayuno y se puede beber agua sin límite. El patrón de consumo de vino tinto en esta dieta -hipocalórica, rica en frutas, verduras y proteínas saludables- es de una copa de 150 ml. en el caso de las mujeres y 2 copas en el caso de los hombres repartidas en dos comidas. Si bien advierte que «al tratarse de una bebida alcohólica», su consumo queda «expresamente prohibido» si hay que conducir o manejar maquinaria pesada» así como para las mujeres embarazadas o en periodo de lactancia y menores de 18 años.
 
Finalmente el doctor Bravo señala que, a la hora de elegir una dieta u otra hay que fijarse en «más factores que la perdida de peso» y «que no excluyan ningún grupo de alimentos», como la dieta Dukan con la que se pierde peso muy rápido al principio -luego no tanto- pero es «poco social porque no puedes tomar muchas cosas, produce dolores de cabeza, estreñimiento y tiene un enorme efecto rebote...». A largo plazo se puede llegar a perder «lo mismo o más y de forma más estable» con una «dieta equilibrada, social y saludable que con una dieta desequilibrada que, a largo plazo, va a empeorar nuestra analítica».
Ana Verónica García en ABC

lunes, 14 de abril de 2014

La felicidad comienza a los 50


A más edad, más felicidad. Tal afirmación se sustenta en recientes investigaciones que acaban con el mito de que la vejez es sinónimo de decadencia. No obstante, es cierto, tal y como asegura Laura Carstensen, del Centro de Longevidad de Stanford, que la vejez conlleva la aparición de algunas dificultades: descenso de estatus, menos ingresos económicos, enfermedades… Pero no todo son pérdidas, también hay ganancias: disfrutamos de los aprendizajes de la experiencia y del conocimiento adquirido, al tiempo que mejoramos en los aspectos emocionales.
Una encuesta de Gallup demuestra cómo a partir de los 50 la felicidad suele estar más al alcance de la mano. Arthur A. Stone, de la Universidad Estatal de Nueva York, en 2008 dirigió el estudio, para el que entrevistó a más de 340 mil personas en Estados Unidos, entre 18 y 85 años. Las preguntas tocaban temas, como situación económica, salud, sexo y bienestar general, entre otros.
Al final de la encuesta se incluía una pregunta en la que tenían que decir, si habían experimentado el día anterior alguno de estos sentimientos: felicidad, estrés, preocupación, enfado, tristeza y satisfacción. Lo que la investigación encontró fue que a los 18 años las personas nos sentimos muy bien, pero a medida que vamos cumpliendo años empiezan a aparecer dificultades en el camino que atacan a nuestro estado de ánimo. Y esta es la tónica general hasta que cumplimos los 50 años, momento en el que comienza a verse la vida de otra manera y elevarse el ánimo.  A los 85 años, las personas entrevistadas mostraron una plenitud y satisfacción consigo mismas que superaba con diferencia la de los 18 años. A partir de los 50 son menos los momentos en los que aparece la ira, aprendemos a llevar mejor las preocupaciones y ganamos en disfrute y felicidad.
Son muchas y muy diversas las investigaciones sobre cómo nos afecta el hecho de cumplir años. Los Centros de Control y Prevención de Enfermedades preguntaron en una encuesta en 2003, si habían sentido algún tipo de malestar psicológico durante la semana anterior, y las personas que estaban entre 45 y 64 años respondieron de manera afirmativa muy por encima de los que eran mayores de 65 años.
El equipo de Carstensen hizo una investigación en la que estudiaban la evolución de un grupo de 184 personas que iban desde los 18 a los 94 años, durante 10 años. Lo que pretendían ver es cómo cambiaban sus experiencias emocionales a medida que envejecían, estudiando su frecuencia, estabilidad y complejidad en la vida diaria. Para ello las personas recibían llamadas de los investigadores de manera aleatoria y en cada llamada debían valorar en una escala de 1 a 7 su estado de felicidad, tristeza y frustración. A medida que envejecían las personas informaban de experiencias más positivas y los sentimientos negativos se iban reduciendo. En conclusión, el envejecimiento se asocia con un bienestar general emocional más positivo y con mayor estabilidad emocional. Y no solo eso, sino que además vieron cómo las personas que informaron de más emociones positivas que negativas en su vida cotidiana, vivieron más años.
Estas investigaciones aportan evidencias que derriban los estereotipos asociados al envejecimiento, como una etapa negativa y gris marcada por la tristeza y la pérdida. Pero si ganar años nos hace más felices, ¿qué hacemos con las limitaciones típicas de la vejez para no sentirnos frustrados? Diferentes autores como el psicólogo alemán Paul B. Baltes apuntan al hecho de que aprendemos a optimizar los recursos de manera selectiva mediante la compensación. De esta manera envejecer de forma exitosa implica invertir en las metas y en las diferentes situaciones, aprovechando la experiencia acumulada para compensar las limitaciones.
Cartensen y su equipo apuntan también a que el hecho de saber que el tiempo que nos queda es poco, nos ayuda a poner el esfuerzo en lo verdaderamente importante y en relaciones que consideramos significativas, por lo que cada vez nos sentimos más satisfechos. Reconocer que nos queda poco tiempo hace que adoptemos una perspectiva más positiva ante la vida, cambia nuestros objetivos, nos vuelve más reflexivos, estamos más dispuestos a adoptar posturas conciliadoras ante los conflictos. En definitiva, amamos más y mejor nuestra vida.
En síntesis, los años pueden ayudarnos a tomar las decisiones acertadas y poner la energía en lo verdaderamente importante, como decidir ser felices, lo que a su vez repercute en las diferentes dimensiones de nuestra personalidad y alarga nuestra vida.
En España entre 1992 y 2011, según el Instituto Nacional de Estadística, la esperanza de vida de los hombres ha pasado de 73,9 a 79,2 años y de las mujeres de 81,2 a 85,0 años. En 2021, de mantenerse los ritmos actuales de reducción de la mortalidad por edad, la esperanza de vida alcanzaría 81,2 años en los varones y 86,5 años en las mujeres. En 2051 estos valores serían 86,8 años para los varones y de 90,8 años para las mujeres. Así que si la estadística no falla, tendremos mucho más tiempo para disfrutar de la ansiada felicidad.