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jueves, 23 de enero de 2014

Pablo Neruda: Puedo escribir los versos más tristes esta noche

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo "La noche está estrellada,
Y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".
 
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
 
En noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
 
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
 
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
 
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Cómo antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
 
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
Y éstos sean los últimos versos que yo le escribo
Pablo Neruda

miércoles, 22 de enero de 2014

El señorito español

Escribía Ortega en La rebelión de las masas que “la forma más contradictoria de la vida humana es el señorito satisfecho. Por eso, cuando se hace figura predominante, es preciso dar la voz de alarma y anunciar que la vida se halla amenazada de degeneración”. España ha vivido en las últimas décadas instalada en su señorío satisfecho, con una clase media muy conformista que, en lugar de ser motor de la historia, se contentaba con presumir de jugar al pádel en el mismo gimnasio que Aznar. Ahora aquellas palas de pádel dormitan polvorientas en una casa de empeños, y Aznar ya juega al pádel en su propia pista privada.
 
Al señorito satisfecho –que éramos todos– se le ha despertado ahora la conciencia social, parece ser, pero el problema es que no sabe qué hacer con ella. Nunca había practicado con semejante artilugio, y desconoce si la conciencia social es un arma arrojadiza, un voto o un buen argumento para un reality show. Era más fácil jugar al pádel.
 
Nuestra ex burguesía y nuestro ex proletariado aburguesado se encuentran ahora en un desierto tan sin brújulas que ni siquiera son capaces de atisbar espejismos. O sea, esperanzas. Tras el zapaterazo, ya ahogado por la crisis provocada por Lehman Brothers y secuaces, el señorito satisfecho votó en mogollón al único español con huevos para nombrar ministro de Economía, precisamente, a un Lehman Brothers. Haciendo balance de aquella elección, el señorito satisfecho se da cuenta hoy de que lo único bueno que Rajoy ha hecho por él, en estos dos años de gobierno, es ir a ver a Barak Obama y no volver con una invasión militar debajo del brazo, cual hizo su antecesor. Es de agradecer, señor presidente (de los EEUU).
 
Con su conciencia social recién adquirida como pesado fardo, el señorito satisfecho se atribula. Tener conciencia social es cosa de pobres. Ergo, ahora yo soy pobre. Pero tampoco sabe cómo se usa la pobreza. Desconoce, igualmente, si es un arma arrojadiza, un voto o un buen argumento para un reality show. La última idea le entristece, pues acaba de vender su preciosa televisión HD en una tienda de gangas.
 
Lo que descubre entonces el señorito satisfecho es que el pobre, el parado, el cesante, es el único ciudadano honrado que tiene tiempo para hacer política en España. Acabáramos. Como pronosticó Ortega, en tiempos de desastre el señorito satisfecho es mayoritario. Y sabe que su voto decide quién obtendrá el poder. Y esa es su tragedia hamletiana. Ser dueño del poder y de la duda al mismo tiempo. Por primera vez desde la Transición, se ve impelido a hacer política real. Y ya no recuerda muy bien de qué iba eso.
 
En este punto, el señorito satisfecho analiza sus barreras mentales. Antes no podía votar a IU porque los comunistas y adláteres perdieron primero la guerra y después la Transición, y él siempre ha huido de los perdedores. Ahora es un perdedor.
 
Cuando arrancó el 15-M, se quejaba de lo que ensuciaban los perroflautas. Ahora, mientras fuma en un banco del parque, daría lo que fuera por tener al lado a su perro. Pero Trotsky ahora vive con su mujer y con el portero de la discoteca a la que solían ir los sábados.
 
El señorito satisfecho se ha convertido en un antisistema a contracorazón. Él había nacido para ser puro sistema, se sacrificó con fe para el sistema trabajando como un galeote, cumplió todas las reglas del sistema, incluso corrompiéndose un poco, y ahora el sistema lo ha expulsado. No le queda más remedio que convertirse en antisistema hacia la derecha o hacia la izquierda. Qué miedo da un señorito en tan proceloso trance. Un señorito español.
 
La cosa está tan que arde que ayer un periodista le preguntó a un político si el conflicto catalán podría derivar en otra guerra civil española. El sólido tabú erigido en España tras el 23-F era derribado: hablar de otra guerra civil. ¿Al señorito español se le está yendo la olla con tanta cortina de humo? Pues quizá sí.
 
Tengo ganas de que lleguen las elecciones europeas para ver a qué juega el señorito español venido a menos. Para ver si vota o si no vota, para ver a quién vota. Solo por eso, estas serán las primeras elecciones europeas trascendentes de nuestra historia. Cómo será de importante este señorito español, que hasta a mí, que soy algo macarra, me ha puesto grandilocuente.
Leído en: http://blogs.publico.es/rosa-espinas/2014/01/18/el-senorito-espanol/

martes, 21 de enero de 2014

Ángeles Caso: Lo que quiero ahora

Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.
Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.
Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.
Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.
También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada. O todo.


lunes, 20 de enero de 2014

Amor o codicia

De aquí a que la infanta Cristina haga el paseíllo, exterior o intrauterino, lo habremos dicho todo. Habremos dicho tanto y tan confuso que cuando esto acabe, los opinadores recordaremos que teníamos razón aunque no sepamos muy bien lo que habíamos defendido. Cuando el pastel se descubra y sepamos lo que va a ser de uno y lo que será de la otra, los hay que dirán: “no, si yo ya…”, o los que añadirán: “no, si ya yo…”. De aquí a que la Infanta se vea en ese trance que jamás ella imaginó para sí, la institución monárquica habrá estado en boca del pueblo soberano: en bares y mercados, en tertulias televisivas, que vienen a ser lo mismo; en taxis y en peluquerías, y en tertulias televisivas, que para el caso vienen a ser lo mismo. Así que antes de que este asunto llegue a cualquiera que sea su final, quiero dejar aquí mi particular visión de los hechos. Las cosas, por escrito.

La clave es que en España siempre acabamos discutiendo sobre lo accesorio y tendemos a obviar lo fundamental. Ahora andamos a vueltas con el paseíllo de la Infanta. Una España dividida: los que quieren evitárselo y los que se toman como algo personal el que esta señora vaya por la calle para que se la pueda increpar. Yo no he entendido jamás a los que acuden a los juzgados para insultar a los imputados o a los acusados. Si por mí fuera, le evitaría a cualquiera el trago. No me gusta ese espectáculo medieval que nos remite a un pueblo brutal celebrando la pena del otro. Pero lo que es terrible es que dediquemos tanta energía a un detalle que nos aleja del asunto fundamental.

Da la impresión  de que en la Casa Real se educó a los descendientes de una manera desigual. Aquí lo que ha habido es un problema de educación, lo cual, lo sé, podría parecer una obviedad hablando de España, pero no lo es tanto si las protagonistas son mujeres que han tenido la posibilidad y también la obligación de adquirir una cultura excelsa. Da la impresión de que en esa casa, que es la Casa Real, se educó a los descendientes de una manera desigual, siguiendo criterios contradictorios y rancios: por un lado, hubo un esmero en la educación del Príncipe, que por varón era el que estaba destinado a reinar; por otro, se descuidó la formación de las dos chicas, que en mayor o menor medida también tendrían que representar a su país en actos institucionales. Obtuvieron sus privilegios como princesas, pero no hasta el punto de saber elegir maridos que no fueran rapaces y aprovecharan su nueva situación para beneficiarse de la manera más marrullera posible. Les faltaron lecciones de ética, algo más allá de vestir un traje largo en fiestas de la aristocracia europea o de presidir actos de caridad. Tenían que haber sabido que su posición estaba condicionada por el servicio a su país y que si ese servicio fallaba o se vulneraba, no habría pueblo que aprobara una institución basada en los vínculos de sangre. Quien más necesitaba la asignatura de Educación para la Ciudadanía eran ellas, amén de otros representantes públicos.

Como nunca hablo en tertulias y similares, hace un tiempo que en los pasillos de mi casa me oyen rumiar la siguiente teoría: la única manera que tenía esta señora de cumplir con la patria que le paga, con la institución a la que representa, y de demostrar su inocencia (no hablo de inocencia penal, sino ética) era haberse separado de su señor esposo desde el primer momento y haber renunciado a su título de Infanta. ¿Cómo ha podido seguir apoyando a quien se supone que puede echar por tierra una institución a la que ella debía lealtad desde la misma cuna? El amor no es compatible con eso. Y un abogado aduciendo las razones del corazón, en este caso en particular, es patético. Quien tuvo el derecho a paralizar una ciudad como Barcelona para que la vitorearan el día de su boda ha de tener después la decencia de renunciar a sus privilegios cuando se hace público que ese señor que eligió para pasear de su brazo era un farsante que se dedicaría a transformar el presunto amor en pingües beneficios.

Alguien debería explicarle a la Infanta que, más allá de sus responsabilidades ante la justicia, está la falta de ejemplaridad en su comportamiento. Alguien debería reprocharle a sus educadores, fueran quienes fueran los que se encargaron de una formación tan coja, que a las mujeres, por muy alta que sea su cuna, ya no se nos educa como a señoritas del XIX, cuyo encanto estaba basado en la ignorancia de esos burdos asuntos con los que las demás nos manchamos las manos todos los días, apechugando por fortuna con las consecuencias de nuestros actos. Ya no hay lugar para la mujer que se hace la tonta, menos aún para aquellas a quienes la vida les proporcionó tantas posibilidades de conocimiento.

Permanecer junto a un hombre que timó al Estado, gracias a que algunos miembros de la clase política perdieron el culo por meterle dinero en el bolsillo, es aprobar su falta de decencia. ¿No hay nadie en todo ese equipo de asesores, viejos profesores o jefe de la Casa que tenga el coraje de explicarle que esto no es una conspiración contra ella, sino que es la consecuencia de un mal comportamiento? ¿Se lo han dicho sus padres?

Porque ahí radica todo. Nunca es tarde para corregir a quien fue educada de manera tan arcaica que aún no sabe distinguir en la mirada de un hombre lo que es amor y lo que es codicia.
Elvira Lindo para elpaís.com

domingo, 19 de enero de 2014

Les hemos estafado

«A menudo los hijos se nos parecen, así nos dan la primera satisfacción». Lo cantaba Serrat y es desgraciadamente cierto en algunos aspectos. Los políticos, los bancos y también los padres hemos estafado a cientos de miles de jóvenes a los que educamos, sin distinción de clase y formación, para ser propietarios de un piso. Podemos repartir culpas para dormir más tranquilos, pero es hora de asumir que no hemos estado a la altura de nuestra responsabilidad. Desde pequeños les hemos contaminado con nuestra experiencia sin hacernos ni una sola pregunta crítica sobre qué parte de ella se convertiría en un lastre para su futuro.
 
Miles de jóvenes, la generación que hoy está entre los 30 y los 40, están atrapados entre paredes por las que pagarán, en el mejor de los casos, el doble de lo que valen. Compraron pisos infames a precio de oro con la expectativa de la provisionalidad y la esperanza de una especulación que a sus padres les salió tan bien. Durante tres décadas, infinidad de familias prosperaron no tanto por el aumento de sus sueldos como por el incremento constante del precio de su vivienda. Adquirieron en los 80 o 90, por pocos millones de pesetas, un piso que vendieron por el triple una década después. Se nos hizo creer la milonga de que estábamos instalados en un tesoro que, llegado el caso, cualquiera nos sacaría de las manos por el precio que pusiéramos.
 
Prosperar en España era básicamente cambiar de casa especulando con el precio de la que vendíamos a cambio de pagar lo que no valía una nueva. Los que hacían negocio nos invitaban a no apearse de la espiral, y nosotros, como hámsters en la rueda, aceptamos que nuestro piso en copropiedad con el banco era la mejor inversión de nuestra vida. «Cómprate algo, hijo, no tires el dinero en un alquiler», les dijimos cuando quisieron marchar. Y nos hicieron caso y se metieron en cuchitriles infames de 40 o 50 metros cuadrados, de los que no podrán salir porque nadie les dará por ellos ni la mitad de lo que deben seguir pagando sí o sí. Lo provisional se les convirtió en definitivo y eterno. Como su deuda. Y como además se les pasa ya el arroz, están teniendo hijos cuyos cochecitos ocupan medio salón, el que deja libre el tendedero de la ropa, que ocupa el otro medio. Un segundo hijo es una temeridad salvo si es del mismo sexo y ambos pueden compartir litera en un cuarto de 15 metros cuadrados.
Una estafa de la que no solo no hemos prevenido a nuestros hijos sino de la que hemos sido cooperadores necesarios. Les hemos arruinado con nuestros consejos. No levantarán cabeza hasta que muramos y puedan heredar el tesoro en el que vivimos, que, por cierto también vale ya la mitad. Previo pago del impuesto de sucesiones, claro. Eso si no les dejamos aún un pellizco de nuestra hipoteca.
Julia Otero (Al contrataque) para Elperiodico.com

sábado, 18 de enero de 2014

Kennedy, Gallardón y Wert

No, no trato de adicionar un capítulo a las Vidas Paralelas de Plutarco. Y si hubiera que hacerlo, quizás sería en el sentido más matemático; esto es, la línea política del primero solo podría llegar a unirse con las de los otros dos eventualmente en el infinito.
 
Estas Navidades he podido leer una auténtica delicia, un libro que está siendo best seller en el mundo anglosajón The Letters of John F. Kennedy (Las cartas de JFK, desconozco si hay edición española). Y es que en el recién finalizado 2013 se cumplían 50 años desde la muerte de John F. Kennedy, cuya gigantesca figura sigue resaltando en la historia contemporánea, a pesar de los poco más de tres años que estuvo en el poder.
 
El pasado año también se cumplieron cincuenta años de un hito fundamental: el 28 de febrero de 1963, el presidente estadounidense enviaba un mensaje al Congreso de los Estados Unidos que contenía una verdadera revolución legislativa sobre derechos civiles que, en sus efectos, tendría una magnitud similar a la abolición de la esclavitud por Abraham Lincoln. Ambos presidentes fueron asesinados posteriormente.
 
Lo comprendido en el texto es de tal clarividencia, emoción y actualidad que estremece todavía en nuestros días. Los mismos principios que se proclamaban en referencia a la población negra de los EEUU son de aplicación a cualquier tiempo, espacio y país democrático en el que cualquier colectivo se halle en situación de discriminación estructural.
 
Decía Kennedy en su carta, después de describir profusamente la iniquidad en la que la población negra se encontraba que "ningún americano que crea en la básica verdad de que los hombres son creados con ciertos derechos inalienables, puede excusar, explicar o defender el panorama que nos muestran las estadísticas. La discriminación racial entorpece nuestro crecimiento económico al impedir el pleno desarrollo y utilización de nuestros recursos humanos. Entorpece nuestro liderazgo mundial, al contradecir en casa, aquello que predicamos en el exterior. Incrementa los costes sociales, el crimen, la delincuencia y el desorden. Y por encima de todo, la discriminación está mal".
 
"Nuestra Corte Suprema ha declarado que las leyes que permiten las escuelas segregadas violan nuestra Constitución. Esa resolución representa tanto el buen derecho como la buena justicia, es tanto legal como moralmente correcta. Es obvio que el inconstitucional y desfasado concepto de 'separados pero iguales' no pertenece a nuestra cultura legal".
 
Tantos años después, obviamente, la desigualdad sigue existiendo en América y también en otros países democráticos, en mayor o en menor medida. En algunos casos, el devenir histórico ha ido corrigiendo, paliando los grados de desigualdad, como sin ir más lejos ha ocurrido en nuestro país durante los últimos años respecto a la mujer como colectivo, de la diversidad sexual o de las minorías.
 
A pesar de los avances en derechos que se han conseguido mediante la acción política y civil, todavía hoy la mujer en España se halla en clara desigualdad frente al hombre.
 
Sigue siendo objeto de discriminación en muchos aspectos de la vida social: violencia, asesinatos por cuestión de género, mayor índice de desempleo, de cobertura social, más temporalidad laboral, peores sueldos, más exigencias en el ámbito familiar, peores posibilidades de conciliación... y ahora sufriendo una terrible ofensiva legislativa por parte de la extrema derecha incardinada en el partido gobernante.
 
Cincuenta años después de la carta de Kennedy, ministros como Wert o Gallardón todavía siguen defendiendo y promocionando modelos de educación segregada por sexos, eliminando derechos civiles como el aborto, o desmontando las políticas estatales para combatir la discriminación, puestas en marcha por gobiernos socialistas. Aún antes de ser elegido presidente de los EEUU, en diferentes declaraciones y escritos, el norteamericano prevenía sobre los riesgos de no respetar la separación Estado-Iglesia. Es curioso observar cómo un católico de los años 60, puede estar más avanzado que un ministro conservador europeo de 2014.
 
Me reservo para el final el deseo que Kennedy expresaba en la parte final de su mensaje dirigido al Congreso: "Es mi esperanza que este mensaje envíe fuerza a aquellos gobernantes estatales o locales - y a organizaciones privadas, corporaciones o individuos- que comparten mi preocupación acerca de esta diferencia entre nuestros principios y lo que realmente practicamos. Hay un esfuerzo para el que cada persona que se pregunte qué puede hacer por su país, debe ser capaz y estar preparada para tomar parte en él".
 
En estos días de tanta zozobra en la lucha por la igualdad en nuestro país, estas palabras cobran más sentido todavía. Cada persona, cada organización que crea en una sociedad más justa, debe -y debemos- tomar parte activa en la defensa de nuestros principios.
 
Ibán García del Blanco (Senador PSOE)