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martes, 22 de enero de 2013

Suiza, Bárcenas y Aute


Luis Bárcenas ha vuelto a poner a Suiza de actualidad. Este país transalpino es, desde hace décadas, hogar de los dineros de defraudadores y delincuentes de todos los lugares del mundo.

El cantautor Luis Eduardo Aute lo sabía ya desde 1976, cuando dedicó una versión del "Asturias patria querida" a su "querida" Suiza.

Este es el estribillo:

Ay Suiza patria querida
ay Suiza de mis amores
yo tengo una cuenta en Suiza
con muchísimos millones

Vivan las cuentas en clave
la fuga de capital
el tráfico de divisas
viva la Suiza neutral

Viva la Suiza neutral
refugio de mi chequera
viva la banca extranjera
con capital nacional

Su letra está tan de actualidad, que cuesta creer que no se ha compuesto ad hoc para la ocasión. El caso del extesorero del PP Luis Bárcenas y la amnistía fiscal del Gobierno, pondrán probablemente de moda una vez más, el 'Suiza patria querida'

Leído en: http://noticias.lainformacion.com/espana/como-es-posible-que-una-cancion-de-aute-de-1976-retrate-tan-bien-el-caso-barcenas_AeiZzDqBTF2OCD8YynxWP/

lunes, 21 de enero de 2013

Ausencia de halagos

Después de diecinueve años de trabajo en una multinacional de publicidad, Félix decidió cambiar de aires y fichó por una pequeña agencia local. En sus primeros días de trabajo en la nueva oficina, uno de los directores lo llamó y le pidió si podía preparar una presentación para un cliente. Tenía solo dos días.
 
Félix trabajó con intensidad y a las cuarenta y ocho horas le dejó al director el dosier de la presentación en la mesa. Al poco rato, el director fue a verlo y con la presentación en la mano le dijo:
 
–¡Brillante!
 
Jorge no sabía cómo interpretar aquellas palabras y se apresuró a decirle:
 
–Lo siento, he tenido solo dos días, he trabajado muy rápido, quizá demasiado, y no todo está como me gustaría, pero no he podido hacer más…
 
El director lo miró con extrañeza y le cortó el discurso para decirle:
 
–Félix, parece que no me estás entendiendo, te estoy diciendo que me parece brillante, te estoy dando las gracias.
 
Jorge se disculpó:
 
–Perdona, es que pensaba que lo decías con ironía porque esperabas un trabajo mejor.
 
El director, con expresión contrariada, le dijo:
 
–Amigo, estás fatal. No sé cómo te trataban en tu antiguo trabajo…
 
Somos implacables transmitiendo a los demás nuestras críticas y sin darnos cuenta omitimos los halagos. Cuando algo no nos gusta de otro, cuando ha hecho algo mal, sentimos la necesidad de decírselo. Y si ocupamos una posición de poder, esta necesidad se convierte en una responsabilidad más de nuestro trabajo. Sin embargo, cuando las cosas salen bien, cuando estamos contentos del trabajo de alguien o nos gusta especialmente algo de su manera de hacer las cosas, nos cuesta muchísimo decírselo. Nos parece innecesario y hasta contraproducente. Como le oí decir a un alto ejecutivo a propósito del excelente trabajo de un subordinado, “mejor no decírselo, que se lo cree y se relaja”.
 
Lo cierto es que con mayor o menor consciencia de ello, nos sobrecargamos los unos a los otros de críticas y reproches, y prescindimos de los halagos y los reconocimientos. Recibimos propor­­cionalmente muchos menos halagos que críticas, a pesar de que, como ha demostrado la investigación científica, necesitaríamos para un correcto equilibrio emocional al menos cinco halagos por cada crítica, ya que para la mente humana lo malo es más fuerte que lo bueno.
 
Nadie es inmune a la sobrecarga de juicios negativos. Al mismo tiempo, todos necesitamos una dosis razonable de reconocimiento. La ausencia de halagos deja huella en nuestro estado emocional: la persona que solo recibe crítica en lo que hace acaba creyendo que hace las cosas mal, y que no es bueno en su trabajo. Acaba perdiendo la autoestima.
 
En el caso que he descrito, Félix dudaba de la intención de las palabras de su nuevo director, porque tras años y años de ausencia de reconocimientos y de críticas innecesarias había dejado de creer en sí mismo y no concebía que aquel comentario pudiera ser un halago.
 
La falta de reconocimiento mina la autoestima. No a todos por igual y de la misma manera, pero lo hace. Y si se combina con una sobredosis de crítica, el efecto se multiplica.
 
Sería bueno revisar nuestro comportamiento comunicativo con los demás: ¿cuándo fue la última vez que le reconocí a determinada persona algo bueno?, ¿me cuesta decirle lo que me gusta de él?, ¿me ahorro sistemáticamente los halagos? Y corregir el balance entre críticas y halagos.
 
Es bueno halagar generosamente a los demás cuando lo merecen, como es bueno saber recibir y disfrutar de un halago merecido. Ambos comportamientos son signo de seguridad interna. Lo que no es bueno en absoluto es llegar a depender de los halagos de los demás, ya que ello nos hace terriblemente vulnerables. Cuando dependemos del reconocimiento ajeno para sentirnos bien, acabamos haciendo lo que sea necesario para obtenerlo, prescindiendo, en el límite, de nuestros propios valores.
 
Contaba el desaparecido maestro Oriol Pujol Borotau que nuestra autoestima es como un gran saco que llenamos cada día con todo lo bueno que nos ocurre. Pero este saco tiene un agujero, de manera que por la noche va perdiendo su contenido, y cada mañana necesitamos llenarlo de nuevo. Podemos llenarlo desde fuera –con el reconocimiento y la estima de los demás– o podemos llenarlo desde dentro –con nuestra propia estima y reconocimiento–. Si lo hacemos desde fuera, cada mañana viviremos la angustia de tener que lograr el reconocimiento de los otros, de tener que hacer cosas para que estén contentos y nos lo den. De tener que ganarnos su estima. Y si el reconocimiento no llega, el saco no se llena y nos sentiremos mal. Si, en cambio, nos acostumbramos a llenarlo desde dentro, desde nuestra propia estima, seremos seres independientes y podremos vivir el reconocimiento de los otros –si llega– como un gran regalo, pero no como una necesidad para nuestra subsistencia.
 
Quizá nos toque vivir en un entorno parco en halagos y lleguemos a dudar de nuestras capacidades y aptitudes. No será una situación agradable, sin duda, pero incluso en estos casos hay un trabajo que siempre podemos hacer para no perder la autoestima: tomar consciencia de nuestras virtudes.
 
Para ello ayuda mucho un sencillo ejercicio: escribirlas. Hacer una lista de veinticinco virtudes que consideramos nuestras y, una vez completada, pegarla en el espejo del baño para leerla cada mañana. Si la lista es demasiado corta, pidamos ayuda a los amigos. Que nos ayuden a confeccionarla con todo aquello que ellos experimentan de nosotros en positivo y que quizá nosotros no somos capaces de ver. Si es demasiado larga (ocurre pocas veces), una pequeña dosis de humildad nos ayudará a recortarla saludablemente.
 
Ferrán Ramón-Cortés para El País

domingo, 20 de enero de 2013

¿El uso del móvil es contagioso?


Los seres humanos muchas veces solo somos monitos de repetición. Por ejemplo, cuando estamos con alguien que empieza a bostezar, inconscientemente, lo empezamos a hacer nosotros.
 
Este fenómeno se llama bostezo contagioso y varias teorías han intentado explicar esta reacción instintiva. Una de ellas afirma que sirve para mantener a varios individuos en el mismo estado: si uno tiene sueño, los demás empezarán a tenerlo. Básicamente es una herramienta que genera uniformidad en un grupo.
 
Otros investigadores afirman que su base no es otra que la empatía. Del mismo modo que se contagia la tristeza, la alegría o el aburrimiento, se contagian los bostezos: porque tenemos capacidad de ponernos en la piel de los demás. Y también pasa lo contrario: el bostezo contagioso no se suele observar en persoas que pueden carecer de empatía, como los que sufren trastornos relacionados con el espectro autista.
 
Pues bien, este fenómeno también se observa con los móviles. Así lo asegura un estudio publicado en la revista Human Ethology Bulletin y que ha sido realizado por investigadores de la Universidad de Michigan.
 
Los científicos estudiaron el uso del móvil en sujetos con edades comprendidas entre los 16 y los 25 años a los que observaron en el campus de dicho centro educativo. En concreto, se fijaron en los momentos inmediatamente posteriores a que alguno de los jóvenes sacara su teléfono, para ver si los demás hacían lo mismo a modo de imitación o de contagio.
 
Un 24% de los observados utilizaba el teléfono a la vez que los demás, mientras que un 34,1% lo hacía después que observaba a un compañero usando el móvil. Las mujeres que estaban en presencia de mujeres aumentan el uso de su móvil en un 32% mientras que los hombres en presencia de sujetos del mismo género incrementaban su uso en un 25%.
 
Julia Finkel y Daniel Kruger, los autores del estudio, se atreven a aventurar que esta conducta tiene como origen la necesidad de los jóvenes de no sentirse excluidos del grupo: si ven que los demás hacen algo, les imitan de manera inconsciente. También afirman que puede que esta reacción se deba a una forma de mostrar a los demás miembros del grupo que poseen relaciones sociales fuera del grupo, y que el acto de mirar el móvil es una forma de demostrarlo.
 
El estudio concluye que para llegar a realizar una teoría satisfactoria sobre el fenómeno es necesario investigar a sujetos de otras edades de otros ambientes. Desde aquí les sugerimos que vayan a observar la conducta de los pasajeros del AVE Madrid-Barcelona: se darán cuenta que el uso que hacen del móvil ya no es contagioso, es patológico.

Leído en: http://es.finance.yahoo.com/blogs/fintechnologiayredeses/uso-m-vil-contagioso-134343426.html

sábado, 19 de enero de 2013

Alergias

La incidencia de las alergias ha crecido exponencialmente y continúa en aumento. La aparición de intolerancias a algunos elementos es cada vez más frecuente y aunque hasta hace unos años se detectaba a edades tempranas, ahora se manifiestan cuando eres adulto.

Tener alergia significa desarrollar una hipersensibilidad a una partícula o sustancia que, si se inhala, ingiere o toca, produce unos síntomas y reaccciones concretas. Generalmente es de origen hereditario, pero también puede deberse al exceso de higiene, ya que al mantenerse libre de bacterias el sistema inmunológico se distorsiona.

Son comunes las alergias a ciertos alimentos, al polen, a los ácaros del polvo, las picaduras de insectos y ciertos animales. Sin embargo, hay muchas otras que resultan extrañas y sorprendentes. ¿Las conoces?

1. Urticaria solar o alergia al sol. Una mínima exposición a la luz solar puede provocar ronchas y quemaduras, además de otras reacciones como mareos, ahogo, cefaleas y síncope. No es hereditaria, ni existe un grupo con una tendencia mayor a desarrollarla.

Un primer brote puede ser la aparición de granos en zonas expuestas al sol, como la cara o el escote. Para evitar su aparición se recomienda que la exposición al sol sea muy paulatina y que además se empleen fotoprotectores de índice alto. Según el Dr. Ricardo Ruiz Rodriguez, del departamento de Dermatología de la Clínica Ruber en Madrid, el tratamiento varía según la extensión de los síntomas.

¿Cómo combatir el problema? Utiliza corticoides tópicos de baja o moderada potencia o antihistamínicos orales. También puede resultar útil empezar un mes antes de las primeras exposiciones al sol con la toma diaria de compuestos que contienen sustancias fotoprotectoras con efecto antioxidante, como por ejemplo los carotenos.

En casos más severos o crónicos puede estar indicado un tratamiento "desensibilizante del sol", que consiste en administrar dosis bajas de radiación ultravioleta en una cabina médica, al menos un mes antes de las primeras exposiciones del verano.


2. Urticaria acuagénica o alergia la agua. Es muy poco frecuente, sólo la padecen 30 personas en todo el mundo, es decir, una persona por cada 230 millones. Un breve contacto del agua, a cualquier temperatura  puede generar una importante erupción cutánea, además de ronchas o placas eritematosas y edematosas. Pueden ser transitorias y de diferente tamaño.

Lo más grave es que dificulta la higiene personal e interfiere en la alimentación. Duchas breves (menos de un minuto de duración) y tratamiento con antihistmínicos es lo único que se puede hacer puesto que no se conocen sus causas ni tampoco su cura.

3. Urticaria a frogore o alergia al frío.  Es una reacción ante la exposición a estímulos fríos tales como viento, bajas temperaturas, lavado o inmersión en agua fría, contacto con objetos fríos o ingestión de bebidas o alimentos fríos.

Aunque puede aparecer a cualquier edad, es más frecuente en adultos jóvenes. Se manifiesta con brotes agudos de habones rojizos en la piel que producen picor, fiebre, malestar general, dolor de cabeza, abdominal y de articulaciones, entre otros. 
El uso de antihistamínicos puede aliviar los síntomas pero no previenen futuras reacciones. También se utilizan tratamientos de inducción de tolerancia al frío, en los que gradual y progresivamente se expone al paciente a bajas temperaturas.

4. Alergia al semen. Se desarrolla en el cuello de la matriz de algunas mujeres (afecta al 5 por ciento de ellas), pero no causa síntomas alérgicos comunes, sino que el fenómeno es interno y silencioso. No obstante, algunas mujeres experimentan desde picores hasta un potencialmente mortal choque anafiláctico. Incluso ha habido casos de hombres que también son alérgicos a su propio esperma. Es  difícil de diagnosticar, puede confundirse con infecciones o con otras enfermedades de transmisión sexual.

Tener más sexo para reducir la sensibilidad femenina, podría disminuir esta afección. La frecuencia tendría que ser de al menos dos veces a la semana. Otro tratamiento es aplicar semen diluido en la vagina cada 20 minutos e incrementar la concentración de esperma durante horas.

5. Alergia a las vibraciones. Las vibraciones que producen el movimiento de un barco o un coche provocan alteraciones en el sentido del equilibrio, provocando maneros, náuseas y vómitos. Las de media y alta frecuenca causan daños en columna vertebral y al aparato digestivo, quemaduras por rozamiento y problemas locomotores.

Las vibraciones transmitidas a manos y brazos provocan problemas vaculares, impactos de distinto nivel en huesos o articulaciones, y dolodes nerviosos o musculares. Para evitarlo se debe reducir al máximo la duración e intensidad de la exposición, además de elegir un equipo de protección individual adecuado al trabajo que se esté realizando.

6. Alergia al ejercicio. La produce la actividad física u otro agente que hace reacción con el movimiento del cuerpo. En la mayoría de los casos puede ser desde la comida ingerida, el alcohol o el clima del lugar donde se practique la actividad.

Puede ocurrir durante o después del ejercicio. Los síntomas pueden incluir urticaria, comezón en la piel, dificultad para respirar o una sensación de ahogo, cólicos estomacales, dolor de cabeza e hinchazón de cara, lengua o manos. La mayoría de los síntomas pueden controlarse tomando el medicamento que el médico prescriba y desacelerando o interrumpiendo el ejercicio tan pronto como los síntomas comienzan.

Además, es recomendable hacer ejercicio con un compañero que conozca tu condición y llevar un registro de lo que se come antes de hacer ejercicio para que el médico pueda identificar las cosas que te pueden desencadenar una reacción alérgica.

7. Dermografismo o alergia a la presión. Es un tipo de hipersensibilidad relacionado a cualquier golpe  o presión que se haga sobre la piel, lo que generalmente se manifiesta con manchas o urticaria. También puede provocar una hinchazón exagerada y visible en el cuerpo debido a la vasocontricción.

Se detecta mediante un test en el cual se aplica un peso de 10 kilos sobre los hombros, mientras el paciente camina durante 20 minutos.

Leído en: http://es.tendencias.yahoo.com/blogs/salud-y-bienestar/las-siete-alergias-mas-raras-111016164.html

viernes, 18 de enero de 2013

Estornudar

Allá por 2009, en plena pandemia de la Gripe A, las autoridades sanitarias instaron a los ciudadanos de todo el mundo a tomar medidas adecuadas de higiene para evitar el contagio de este virus: había dispensadores de jabón en los lugares públicos, carteles informativos sobre cómo evitar contagiarnos, e incluso se nos recomendaba no besar ni dar la mano cuando nos reuníamos con alguien: con un simple ‘hola’ bastaba.

Ahora, EEUU sufre la peor epidemia de gripe en 60 años, virus que afecta a 47 estados y que ya se ha cobrado la vida de 20 niños, y pese a todas las recomendaciones que nos han dado, la mayor parte de las personas seguimos adoptando malos hábitos de higiene cuando tenemos la gripe o simplemente estamos resfriados.

Los fomites (pequeñas gotitas de moco) que liberamos en los estornudos son un vehículo para la propagación de virus y bacterias. Un solo estornudo contiene alrededor de 40.000 gotitas de saliva, así que si cuando estornudamos nos cubrimos la boca con la mano, imaginaos la cantidad de virus que luego vamos a traspasar a personas u objetos: comida, el teclado del ordenador, nuestro teléfono móvil, dinero, la barra del metro o autobús y un sinfín de lugares en los que estaremos dejando nuestros pequeños virus.

¿Pero qué pasa si no tenemos un pañuelo cerca para estornudar o no nos da tiempo a sacarlo? La respuesta es rotunda: el codo. Antes que echar nuestros virus en la mano, lo mejor es cubrirnos con el antebrazo.

Así lo recomiendan los expertos, que advierten que nuestras conductas de higiene no son las más adecuadas sobre todo por desconocimiento. Para que nos hagamos una idea, un estornudo puede llegar a viajar a una velocidad promedio de entre 110 y 160 kilómetros por hora, y las gotas de saliva y secreciones nasales expulsadas pueden alcanzar una distancia de hasta metro y medio.

Las reglas básicas de higiene señalan que al estornudar, lo mejor es que nos cubramos con un pañuelo de papel desechable, mejor que con un pañuelo de tela, y que aun así siempre después de estornudar nos lavemos las manos durante al menos 20 segundos. En cualquier caso, si no tenemos a mano un kleenex, lo mejor es cubrirnos la boca con el codo. Así evitaremos propagar nuestros virus por el aire y evitar el contacto de estos con otras personas o con los objetos con los que habitualmente estamos en contacto.

Leído en: http://es.tendencias.yahoo.com/estornudar-mano-mejor-codo-153428683.html

jueves, 17 de enero de 2013

Poniendo los cinco sentidos

“Un homenaje a los cincos sentidos”. Esa es la única frase con la que a día de hoy, me atrevería a definir el sexo. Ni un “pues eso”, ni un “pasar un buen rato en compañía”, ni la penetración, que parece que es en lo que lo resume tristemente mucha gente, sino que, a ciencia cierta, diría que el sexo es aquella experiencia, casi única, en la que nuestros cinco sentidos participan todos juntos, y mejor compenetrados que nunca.
 
Si se piensa bien, cuando uno intenta describir cómo siente el sexo, recuerda el olor de su amante, el sabor de sus besos, el sonido de su respiración alterada, el tacto de su cuerpo sobre el tuyo, y sobre todo, la visión de su mirada mientras compartís todo en ese momento. Si bien eso demuestra que usar  todos los sentidos puede hacer mucho más intensa la experiencia, también funciona el proceso inverso, es decir, privarnos de alguno de ellos puede darle un toque especial al asunto. Un ejemplo claro, es atar o que te aten, la base de toda sesión de bondage, en la que no sólo se priva del sentido del tacto, sino por ende, de toda la capacidad de actuación del otro, dejándolo, o dejándote, totalmente a su merced.
 
TACTO. Me atrevería a decir, que si hay un sentido que prima un poco más sobre los otros en cuestión de sexo, ese es el tacto. Al fin y al cabo, sentir físicamente al otro es el quid de la cuestión, además de utilizar cualquier parte de nuestro cuerpo, para poder estimular cualquier parte del suyo. No sólo la masturbación es momento estupendo para hacer un buen “juego de manos”. No olvidemos que el sexo es todo aquello que nos haga sentir placer, por lo que un buen masaje con aceite, o por qué no, algún tipo de juego sin límite para la imaginación del estilo “tócame mi, con tu”, también puede hacernos sentir mucho, mucho.
 
VISTA. Otro de esos sentidos que dan mucho juego, usándolo o privando del mismo, es la vista. Si bien los hombres son eminentemente visuales, y ese primer vistazo a los pechos de su pareja, o esa mirada constante a la “escena penetrativa” les excita sobremanera, vendarles los ojos para dejarles perdidos, y tomar el control sobre todo lo que vaya a pasar a continuación, puede ser un gran incentivo para nosotras. Igualmente, existen juegos como el del espejo, en sus diferentes variantes, o bien mirándose (¿o quizá grabándose?) en uno para tener una doble perspectiva mucho más visual, o bien cerrar los ojos y acariciarse al ritmo que nos marque el otro como si fuera nuestro propio espejo, para dejarnos llevar.
 
GUSTO. Si hablamos de las caricias para estimular, la boca es otra de las guindas del pastel. El gusto no es menos relevante que los anteriores. Y es que el sabor de un beso o incluso de los genitales de la pareja tienen mucho que ver en cómo disfrutemos (o no) de esa sesión de placer. Los hay que disfrutan de esos sabores, y los hay que prefieren darle un toque más “comestible”, bien con un buen sirope de chocolate que repartir estratégicamente por sus zonas más sensibles, o ahora con una gran variedad de lubricantes, por norma general todos muy frutales, para pedir doble ración de sexo oral siempre que se quiera.
 
OÍDO. Pero sin duda, si tenemos que hacer uso de uno para conocer nuestra pericia como amantes, ese es el sentido del oído. Los sonidos que emite nuestra pareja durante un encuentro son básicos a la hora de guiarnos por su placer. Un gemido o un gruñido pueden estar diciéndonoslo todo sin palabras. De hecho, a veces, no hay nada tan liberador, como poder expresarse a gusto durante el sexo, y es que el “ser ruidosos”, tiene sus ventajas y sus desventajas, como que los ruidos que te acompañen sean los escobazos del vecino.  Siempre se puede optar por música de ambiente un poco alta, para desconectar de todo, y conseguir también buscar un poco de intimidad.
 
OLFATO. Por último, y no menos importante, el olfato. Puede que a veces nos dé desagradables sorpresas, cierto, pero quien no ha querido conquistar alguna vez a través de un buen perfume, que bien se sabe, es la puerta de entrada a una de esas cenas, que como bien decía Venus O’Hara, terminan en desayuno. Un desayuno en el que tras volver a la “habitación del crimen”, una aspira y dice, “aquí, huele a sexo”.
Silvia C. Carpallo para El País